El sabor del café y el fuego del ron
7 minEl sabor del café y el fuego del ron
La primera vez que Mateo entró al café *La Esquina*, lucía como un cliente más: camisa blanca arrugada, pantalón oscuro y una sonrisa cansada tras el bigote de tres días. Se sentó en el mostrador, ordenó un espresso doble y esperó a que el barista —un tipo alto, de hombros anchos y brazos cubiertos de tatuajes de flores tropicales— le sirviera con esa mirada tranquila que no pedía permiso, pero tampoco lo negaba.
—¿Otro, jefe? —preguntó Mateo cuando la taza volvió vacía.
—Depende —dijo el barista, limpiando el mostrador con un paño húmedo—. ¿Vas a seguir mirando como si quisieras bebérmelo?
Mateo soltó una risa baja, de esas que nacen en el vientre y se quedan pegadas en la garganta.
—A veces sí me da por chupar café en lugar de tragármelo —respondió, mirando fijamente la taza—. Pero hoy no. Hoy me queda más claro que quiero verte hacer algo más con eso que con leche vaporizada.
El barista —que se llamaba Esteban, según el nombre bordado en su delantal— lo miró de pie, los codos apoyados en la encimera, los ojos oscuros como granos de café tostado.
—¿Y qué es lo que quieres que haga?
—Quiero que me sirvas un ron con hielo… y luego me lo mames.
Esteban no parpadeó. Solo se lamió el labio superior, lento, como si ya lo hubiera saboreado antes.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Y si el viejo Álvaro pasa y nos ve?
—Álvaro ya no ve nada que no tenga al menos tres cafés encima.
Esteban soltó una risita, sacó una botella de ron añejo de debajo del mostrador, vertió dos dedos en un vaso pequeño con hielo recién hecho, y lo empujó hacia Mateo.
—Tomalo.
Mateo lo tomó, lo olió: vainilla, madera quemada, azúcar morena. Lo probó: fuego suave que se deslizaba por la garganta y se quedaba quieto en el estómago.
—Está bueno —dijo.
—Ahora lo vas a meter en la boca de verdad —respondió Esteban, bajándose el cuello de la camisa un par de botones—. Y cuando lo hagas, no vas a tragar. Lo vas a saborear como si fuera la primera gota de lluvia en la frente después de un mes de sequía.
Mateo se levantó. No con prisa. Con esa lentitud que sabe que el tiempo se acelera cuando el cuerpo está listo. Se acercó hasta donde estaba Esteban, entre el mostrador y la pared de ladrillo visto, y se puso frente a él. No lo empujó. No lo obligó. Solo lo miró, con las manos en los bolsillos, los pies juntos, la respiración ya más profunda.
—Decime cuándo —dijo.
Esteban le tomó la muñeca. La presión era firme, sin agresividad, pero con una certeza que no dejaba espacio a la duda. Lo acercó, lo hizo girar hasta que sus espaldas tocaron el mostrador, y entonces, con la otra mano, le abrió la cremallera del pantalón.
Mateo exhaló, lento, como si el aire fuera a faltarle si lo hacía rápido.
—Estás sudando —dijo Esteban, pasando los dedos por el borde del under, ya tirado abajo.
—Sí —admitió Mateo—. Pero no por el calor.
Esteban sacó su pito, ya medio erigido, negro en la punta, ligeramente curvo, con las venas saltándole como raíces bajo la piel. Lo sujetó por la base, lo frotó contra su propio abdomen, un par de veces, lento, hasta que se humedeció con el líquido que ya circulaba por la cabeza.
—Voy a ponerte boca abajo en el mostrador —dijo—. Y cuando te entre, no te voy a pedir que aguantes. Me lo vas a decir, si duele. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Mateo, ya con la camisa por la cintura y el pantalón bajado hasta las rodillas.
Esteban lo colocó de frente, con el pecho contra el mostrador de madera, las manos apoyadas en la encimera, los pies separados. Le separó las nalgas con las palmas, exploró el hueco con el pulgar, rozó el anillo, lo presionó un poco, lento, hasta que Mateo soltó un quejido ahogado.
—Estás apretado como un puño de novato en el primer baile —dijo Esteban, besando la curva de su espalda—. Pero ya te lo voy a aflojar.
Metió un dedo, luego otro, con una lentitud que era tortura y regalo a la vez. Mateo se mordió el labio, cerró los ojos, sintió el calor del cuerpo de Esteban pegado a sus muslos, el olor a café y sudor y ron mezclándose en el aire.
—Está listo —susurró Esteban—. Si no estuviera, no te lo iba a meter.
Soltó los dedos, tomó su pito con la mano, lo colocó en la entrada, empujó un poco, con cuidado, y entonces… se metió todo. De golpe, pero sin brusquedad. Como si hubiera estado ahí antes, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajaba.
Mateo gritó. No fue un grito de dolor. Fue un grito de *sí*, de *ya*, de *por fin*.
Esteban se quedó quieto, la frente contra su espalda, los brazos enrollados alrededor de su torso, la entrepierna pegada a sus nalgas.
—Te siento… apretadito, rico —dijo—. Como si me estuvieras mamiendo desde dentro.
Y empezó a moverse. No rápido. Al principio, apenas un impulso de caderas, como si estuviera probando su sabor, como si quisiera recordar cómo se sentía. Luego, más fuerte. Cada entrada era una palmada de calor, cada salida, un suspiro de fuego. Mateo se aferraba al mostrador, las uñas rozando la madera, los pies deslizándose un poco sobre el piso, y cada vez que Esteban lo golpeaba más adentro, sentía cómo su propia polla se humedecía más, como si quisiera correrse solo con la sensación de ser rellenado, de ser ocupado, de ser *usado*.
—Dime cuánto te gusta —murmuró Esteban, agarrándole una nalga con cada golpe.
—Mucho… mucho, jefe… —respondió Mateo, con la voz rota—. Me estás poniendo histérico…
—Entonces correte, pero no te detengas antes de que yo te diga.
Esteban le apretó la polla con una mano, moviéndose al ritmo de sus propios gemidos, de los chillidos de Mateo, de la música de fondo —una canción de vallenato antigua que sonaba suave, como si también estuviera mirando—.
Entonces, de pronto, Esteban lo tiró hacia atrás, lo giró, lo agarró por las caderas y lo metió de vuelta, esta vez con más fuerza, más rápido, con una entrega que no pedía permiso, solo lo exigía. Mateo le agarró los cabellos, lo tiró hacia adelante, y lo besó. Un beso agresivo, con lengua, con dientes, con ron y saliva y sudor.
—Me vas a correr dentro —dijo Esteban, separándose apenas para mirarlo a los ojos—. Y cuando lo hagas, me lo vas a decir. ¿Entendido?
—Sí —respondió Mateo, ya sin aliento—. Te lo voy a decir.
Esteban le dio un último empujón profundo, se detuvo, y entonces se corrió. Mateo sintió el calor dentro de él, el temblor de sus músculos, el grito que le salió como una descarga eléctrica desde la base de la columna. Se corrió al mismo tiempo, con fuerza, con la polla apretada entre sus abdominales, con la frente contra el hombro de Esteban, con los dientes clavados en su piel.
Se quedaron así, abrazados, con el pito de Esteban aún dentro de él, con la polla de Mateo goteando sobre su ombligo, con el ron seco en el vaso del mostrador y la lluvia empezando a golpear la ventana del café.
—Está bien —dijo Esteban, besándole el cuello—. Ahora vamos a limpiarnos.
—¿Y si alguien entra? —preguntó Mateo, con una sonrisa cansada.
—Si entra alguien, les servimos un café y les decimos que hoy el servicio es extra.
Mateo se rió, le dio un beso en la boca, y se apartó lentamente, sintiendo cómo su cuerpo se vaciaba, cómo su piel ardía, cómo su corazón latía como si aún estuviera corriendo.
—Mañana vuelvo —dijo.
—Ya sabía que sí —respondió Esteban, tomando el paño y limpiando el mostrador, con la mirada baja, con una sonrisa que no se iba.
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