El sabor del café sin azúcar

El sabor del café sin azúcar

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que noté que algo había cambiado entre ella y yo fue un jueves de junio, cuando el calor ya se metía por las ventanas como un invitado incómodo. Yo estaba sentado en el sofá, con la camisa abierta y el reloj de pared marcando las tres y cuarenta y cinco. Ella llegó con las llaves, la bolsa del mercado colgando del hombro, el pelo suelto y una sonrisa que no llegaba hasta los ojos. Me miró como si me estuviera midiendo, como si buscara algo que yo ya no tenía. No dije nada. Ella tampoco. Solo dejó las bolsas en la cocina y se quitó los zapatos con una lentitud que parecía calculada.

Era mi esposa. O mejor dicho, *mi ex esposa*. Pero esa tarde, en su casa nueva —esa que aún huele a pintura y limpieza profunda—, no era la mujer que había dejado el año pasado. Era otra. Más tersa. Más real.

—¿Te pongo café? —me preguntó, apoyada en el marco de la cocina, los dedos rozando el borde del fregadero.

—Sin azúcar, como siempre —respondí, y me levanté. No con prisa. Con curiosidad.

Caminé hasta ella, sin tocarla. Solo hasta estar cerca. Sentí su respiración. No era la misma que hace un año. Más baja. Más profunda. Como si hubiera aprendido a contener algo que antes soltaba sin pensar.

Ella puso el agua en la licuadora, la fruta congelada, el hielo. Me miró por encima del hombro mientras movía la palanca. El vórtice de la licuadora era como un corazón acelerado. Cuando la apagó, el silencio fue más fuerte que el ruido. Me tendió el vaso. Mis dedos rozaron los suyos. No se apartó. Ni yo tampoco.

—Me llamaste —dije, al fin.

—Sí —respondió, y ese *sí* sonó como una confesión hecha de hielo derretido.

Se volvió hacia la ventana. La luz del atardecer le marcaba los contornos del cuerpo bajo el vestido sencillo, de algodón claro, con pequeños girasoles desgastados por el tiempo. Aún llevaba los aretes que le di en nuestra primera Navidad. Pequeños, redondos, de plata con un nudo en el centro. Me los había olvidado.

—¿Te acuerdas de cómo era eso? —preguntó, sin mirarme—. Cuando nos veíamos en el cuarto de visitas de su casa, en el barrio El Prado. El colchón viejo, el ventilador dando vueltas lento en el techo… y el olor a sudor y jabón de manos.

—Me acuerdo —dije. Y era cierto. Me acordaba de todo. De cómo entraba por la ventana trasera, escalando el muro bajo del jardín como un ladrón sin miedo. De cómo su esposo —mi mejor amigo— estaba en el trabajo, en reuniones interminables que se alargaban hasta que ya no había luz en la ciudad.

—Él no sabía —dijo ella, y esta vez me miró directo—. Y tú tampoco. Pero nos lo dijimos en una noche, después de que todo terminó entre nosotros. Que lo íbamos a hacer de nuevo, si algún día nos volvíamos a encontrar.

—¿Y ahora qué? —pregunté, acercándome más. Tan cerca que sentí el calor de su piel, que no era el mismo calor de antes. Ahora tenía un brillo nuevo, como si hubiera estado expuesta al sol sin miedo.

Ella no respondió con palabras. Sí con gesto. Con la mano que subió, despacio, hasta mi pecho. Me palpo el corazón. Luego bajó, un poco más, hasta donde el pulgar rozó la bragueta de mis jeans. No fue una provocación. Fue una confirmación.

—Ahora que tú ya no estás casado, y yo tampoco… —dijo, y su voz se volvió más gruesa, como si le costara sacar las palabras—. ¿Y si probamos si el sabor sigue igual?

Me tomó de la muñeca y me llevó a su habitación. El cuarto estaba vacío: una cama baja, un armario de madera clara, una lámpara de pie con pantalla de tela beige. En la pared, una foto en blanco y negro de ella, de pie frente al río, con las piernas abiertas, los brazos estirados como si estuviera abrazando el horizonte. No era la misma que había conocido. Era más libre. Más peligrosa.

Me senté en el borde de la cama. Ella se quedó de pie frente a mí, con las manos en las caderas. Me desabotonó la camisa, cada botón con cuidado, como si le costara soltarlos. Cuando quedó abierta, me rozó los pezones con el dorso de los dedos. No apretó. Solo pasó, como si estuviera probando la textura del aire.

—Me gusta cómo te pones —dijo—. Que no es por vergüenza, sino por sorpresa. Como si cada vez que te toco, descubres algo nuevo.

Me levanté. Me deshice del pantalón, y después de los calcetines. Ella no se movió. Solo me miró, con los ojos un poco más oscuros, la boca entreabierta. Cuando me quedé en calzoncillos, ella se agachó. No con prisa. Con intención. Desabrochó mi bragueta, y me sacó el pito, ya medio alborotado, como si hubiera estado esperando su llamado desde que entré.

Lo sostuvo en la palma, como algo que le pertenecía. Me lo miró, lo olió, y luego lo pasó por su labio inferior. Lo lamió con lentitud, desde la base hasta la punta, como si estuviera saboreando un chocolate amargo. Luego me lo metió en la boca, sin pedir permiso. Y yo, sin pedirlo, le acaricié el pelo, despacio, como si temiera que se fuera.

No me dio tiempo de pensar. Se puso de pie, se deslizó el vestido por las caderas, y quedó frente a mí, en ropa interior de encaje negro, con el culo redondo, apretado, como dos mitades de melón recién cortado. Me pasé la mano por su espalda, hasta sentir sus omoplatos, y luego bajé, hasta sus nalgas, apretándolas suavemente. Ella gimió. No fue un ruido fuerte. Fue un sonido bajo, gutural, como un susurro de motor antiguo.

—Dime qué quieres —le dije.

—Que me mames —dijo—. Como cuando éramos novios. No con prisa. Con paciencia. Que sientas cómo se me pone dura la piel.

Me puso las manos en los hombros, y me guió hacia la cama. Me acosté de lado, y ella se acomodó sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cabeza. Me separó los labios con los dedos, y me guió hacia su cuerpo. Primero el clítoris, un poco hinchado, como una cereza madura. Lo lamí con suavidad. Ella se estremeció. Me miró con los ojos cerrados.

—Sí… sí… así —dijo.

Y yo seguí. Con la lengua, con los labios, con los dedos que le separaban la vulva, que exploraban su interior. Ella se movía, con una lentitud que parecía una danza. Me empujaba la cabeza contra ella, sin fuerza, pero con seguridad. Me decía *sí*, *sí*, *sí*, como una oración repetida hasta que se volvió un eco.

Cuando me pidió que la tomara, lo hice con cuidado. Me senté, la tomé de la cintura, y la senté sobre mí. Me entró con una calma que me cortó la respiración. No fue una invasión. Fue una llegada. Me abrazó por la espalda, y me apretó contra su cuerpo. Sentí su corazón contra el mío. Sentí el calor de su aliento en el cuello.

—Mamá —susurró, y no supe si lo decía por costumbre o por deseo.

Y entonces, sin más advertencia, se puso en cuclillas sobre mí, con las manos apoyadas en mi pecho, y empezó a subir y bajar. Con los ojos cerrados. Con la boca entreabierta. Con las caderas moviéndose como si estuviera escribiendo una letra que solo ella conocía.

—Te quiero —dijo, en medio de un jadeo—. No como antes. No como un recuerdo. Como una cosa que se puede tocar.

Yo le sujeté las caderas, la empujé más adentro, y sentí cómo se le ponía más apretado el cuerpo, cómo sus músculos se contraían, cómo su respiración se volvía entrecortada. Entonces, sin que yo la tocara, se desbordó. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró. Solo gimió, una vez, larga y profunda, como si estuviera soltando algo que llevaba años guardando.

Después, se desplomó sobre mí, sudada, con el pelo pegado a la frente. Me besó el cuello, despacio. Me mordió un poco, pero no con fuerza. Con cariño.

—¿Volveremos a hacer esto? —preguntó, sin mirarme.

—Si tú quieres —dije.

—Entonces sí —respondió, y me apretó más fuerte.

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