El sabor del café sin azúcar

El sabor del café sin azúcar

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

Me llamó con el asunto más inocente del mundo en el mensaje: *“¿Te parece si nos vemos a tomar un café? Traigo unos pasteles que acabo de hornear”*. Era una tarde de viernes, con un sol que se negaba a rendirse y el cielo pintado con nubes perezosas que se arrastraban despacio sobre el barrio. Yo estaba en pijama, con el pelo recogido en un nudo torpe sobre la cabeza, repasando notas para un taller que daría al día siguiente. El celular vibró en la mesa de madera rústica que uso como escritorio, y cuando vi su nombre —*Sofía*—, algo se movió en mi vientre, como si una paloma hubiera aterrizado allí y se estuviera sacudiendo las alas.

No la veía desde marzo. No por distancia ni por desinterés, sino porque, sin saber cómo, las vidas se van entrelazando y desentrelazando sin que uno se dé cuenta. Ella se había ido a vivir una temporada a Medellín, a ayudar en la remodelación de una biblioteca antigua —una historia que me había contado con los ojos brillantes, los dedos moviéndose como si estuviera dibujando en el aire—, y yo había seguido con mis clases, mis largas caminatas por el parque, y mis noches de lectura en el balcón, con una taza de té frío en la mano.

Pero desde que salió, cada vez que pasaba frente a la cafetería de la esquina —esa con las sillas de hierro forjado y el olor a canela que nunca desaparece—, sentía un hueco. Pequeño, sí, pero ahí: como una nota que falta en una melodía que ya conocía.

—¿Te parece si nos vemos a tomar un café? —repetí en voz baja, leyendo el mensaje otra vez, como si por arte de magia la letra cambiara y me revelara algo más.

—Claro —respondí, sin pensar dos veces.

***

La cafetería estaba medio vacía, como siempre a esa hora: pocos clientes, música jazz suave, mesas de madera con manchas de sol que se colaban por las ventanas anchas. Y allí, sentada cerca de la ventana, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas, estaba ella. Llevaba una blusa blanca, algo holgada, con las mangas enrolladas hasta los codos, y el pelo recogido en un chongo bajo, suelto en las sienes. Me miró apenas entré, y sonrió —esa sonrisa suya que antes solo veía en fotos, y ahora, de pronto, era real, tangible.

—Hola —dije, acercando una silla.

—Hola, valen.

No me llamaba así desde hacía mucho. “Valen” era un diminutivo que usaba cuando nos conocimos, cuando aún éramos apenas dos desconocidas que compartían una mesa en el taller de escritura creativa. Se me antojó un cariño antiguo, y me encantó.

—¿Tú estás bien? —preguntó, con una mano extendida hacia una taza que ya tenía humeante.

—Estoy bien. Un poco cansada, pero bien.

—Yo también. El vuelo me dejó hecha un lío, pero bueno… —Se levantó un poco para saludarme con un beso en la mejilla. Su piel tenía el mismo olor a jabón de lavanda y a algo más, algo que no recordaba, pero que me hizo estremecer sin razón aparente.

—¿Y qué traes? —pregunté, señalando una cajita de cartón envuelta con cinta roja.

—Un par de *scones* de arándanos. Los hice esta mañana, antes de salir. —Señaló la cajita—. Son como mis nervios: un poco crujientes por fuera, tiernos por dentro, y si no los comes rápido, se ablandan demasiado.

Me reí. Ella siempre decía cosas así: metáforas de la vida cotidiana, pero con una ternura que las hacía casi peligrosas.

—¿Te pongo café? —me ofreció.

—Sí, si no te molesta.

—Nunca me molesta.

Se levantó con calma, con esa postura suya de quien no corre, sino que avanza. Se acercó a la barra, habló con la cafetera —una máquina antigua, de caída de gravedad, que parecía salir de una película en blanco y negro—, y volvió con dos tazas humeantes.

—Como te gusta: sin azúcar, con un toque de leche. Lo recordé.

Tomé la taza entre las manos. El calor se filtró lentamente por los dedos, subió por la muñeca, y se quedó ahí: una quietud cómoda. La miré bebiendo su café. Noté que tenía una marca pequeña, casi imperceptible, en el labio superior. No era una cicatriz. Algo que debió haberse cortado hace poco, y ahora era solo una línea clara, como una nota al margen.

—¿Te cortaste?

Ella se llevó la mano al labio, sonrió con la taza a medio camino.

—Sí. Ayer, al abrir un frasco de vidrio. Me di cuenta cuando me besó mi hermana.

—Ah —dije, y me pareció que mi voz se volvió un poco más suave.

—Fue inocente, pero… —Se encogió de hombros, y bajó los ojos un segundo—. Me dije: *hoy no*.

—¿Por qué?

—No sé. Sentí que no debía. Que tenía que esperar.

—¿Esperar qué?

Me miró directo. No esquivó la pregunta. Y en esos ojos grises —que parecen cambiantes según la luz— vi algo que no había visto antes: una pregunta invertida, como si ella también estuviera esperando que yo dijera algo primero.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué no te casaste?

Me sorprendió. No era una pregunta que hubiéramos tenido antes. Nuestras conversaciones solían ser de libros, de anécdotas de clase, de las locuras de mi perro. Pero no de decisiones personales. No de silencios.

—No supe cómo hacerlo. No por falta de ganas. Por falta de… alguien que lo quisiera tanto como yo lo quería a mí misma.

—¿Y ahora?

—Ahora… —Tomé otro sorbo, dejé la taza—. Ahora creo que lo que quiero no es casarme. Es sentir que puedo amar sin miedo a perderme. Que puedo elegir, y que esa elección no me quita nada.

Ella asintió, despacio. Como si me hubiera escuchado con todo el cuerpo.

—Yo también pensé eso —dijo—. Por mucho tiempo. Pensé que si no amaba a un hombre, estaría condenada a amar mal. Que el amor no heterosexual era una versión incompleta. Que debía demostrarlo, que debía ser más, que debía sufrir más. —Se detuvo, y me sonrió—. Pero no. Es solo amor. Igual que el que sentimos por nuestra madre, por un amigo querido, por el gato del vecino que nos deja acariciarlo solo si le damos el lugar correcto en el sofá. Es solo amor. No necesita disculparse.

Me pareció que el tiempo se detuvo. No fue un momento grandioso, ni con música de fondo ni luces bajas. Fue un instante de silencio entre sorbos de café, con la cajita de *scones* abierta sobre la mesa, y el olor dulce de los arándanos mezclándose con el amargo del café sin azúcar.

—¿Te gustaría que te llevara a casa? —preguntó.

—Sí —dije, sin pensarlo.

***

Su auto era viejo, un Peugeot azul que olía a cuero desgastado y a café recién hecho (seguramente había dejado la taza vacía en el portavasos otra vez). La noche había caído suavemente, y las luces de la ciudad empezaban a brillar como estrellas al revés: no en el cielo, sino en la tierra.

—¿Te parece si vamos por la avenida? —preguntó, poniendo la música baja: algo de jazz brasileño, con piano y voz femenina—. Quiero mostrarte algo.

—Claro.

Pasamos frente al parque, donde las luces de los faroles se reflejaban en el lago. Luego, un tramo de calle que solíamos caminar juntas, cuando aún no conocíamos bien el alcance de lo que estábamos construyendo.

—¿Te acuerdas? —dije, señalando el banco donde habíamos hablado de Virginia Woolf.

—Claro —respondió, y en su voz hubo un susurro de ternura—. Ese día, me dije: *esta mujer me mira como si ya me conociera*.

Me miró un segundo, y luego volvió a la carretera. Pero yo había escuchado eso. Y sentí cómo se me iba el aire del cuerpo, como si algo hubiera dejado de sostenerme.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque me daba miedo que si lo decía en voz alta, dejara de ser verdad.

El coche frenó suavemente frente a mi casa. No era mucho: una calle tranquila, con árboles altos que hacían sombras largas sobre el pavimento. Ella apagó el motor, y por un momento, el silencio fue lo único que existía.

—¿Puedo…? —empecé, sin terminar la frase.

—Sí —dijo ella.

Y yo me incliné hacia adelante, con lentitud. Tanto que tuve tiempo de ver cómo su respiración cambió: más profunda, más cortada. Sus ojos se cerraron apenas, como si estuviera aprendiendo una nueva lengua.

No fue un beso apresurado. Fue un descubrimiento. Mis dedos encontraron su mejilla, su oreja, el pelo detrás de la sien. Su mano subió por mi cuello, y se quedó allí, como una promesa. Su labio rozó el mío, una y otra vez, como si no pudiera creer que no fuera un espejismo.

—Espera —dije, separándome apenas.

—¿Sí?

—Quiero ver tu cara cuando te bese.

—Está bien.

Y lo hice. lentamente. Con las manos en su cuello, con la frente apoyada en la suya mientras me acercaba. Sentí el calor de su piel, el leve temblor en sus párpados, el sabor del café en su boca —amargo, sí, pero con un fondo dulce, como una promesa cumplida.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos abrazamos? —preguntó, con la frente aún apoyada en la mía.

—Claro. Fue después del taller. Estabas llorando, y yo no sabía qué hacer.

—Tú me abrazaste y dijiste: *no estás sola*. Y yo no sabía si era una mentira o una verdad tan grande que me daba miedo.

—Y ahora.

—Ahora… —Se rió, con una risa suave, casi una carcajada contenida—. Ahora ya no me da miedo.

Me besó de nuevo, y esta vez no hubo dudas. Fue un beso que decía: *aquí estoy*. Que decía: *estoy cansada, sí, pero también estoy viva*. Que decía: *estoy aquí, contigo, y no necesito nada más que esto, por ahora*.

Cuando nos separamos, el coche estaba lleno de luz: la de las farolas, la de la luna que se asomaba por entre los árboles, la de la pantalla del celular que seguía encendida en el asiento de atrás.

—¿Puedo entrar? —preguntó.

—Sí —dije, y mientras desbloqueaba la puerta, añadí—: Tengo té. Y galletas. No de arándanos.

—Mejor.

Subimos las escaleras de a dos. En la entrada, dejé las llaves en el plato de cerámica que tiene forma de pescado, y me giré hacia ella. La luz del pasillo iluminaba su perfil: las cejas ligeramente fruncidas, la boca entreabierta, las manos colgando a los lados, como si no supiera si tocarme o apartarse.

—¿Qué esperas? —susurré.

—Nada. Solo… —Se acercó un paso más—. Solo quería asegurarme de que no te arrepientas.

—Nunca me arrepiento de lo que me hace sentir viva.

Y la tomé de la mano. No con urgencia, sino con intención. Como quien toma un libro que ha estado esperando en la estantería por años, y ahora lo abre con cuidado, sabiendo que cada página será un descubrimiento.

En el sofá, nos quedamos así un rato: sentados, con las piernas entrelazadas, la cabeza de ella en mi hombro, mis dedos acariciando su brazo, como si estuviera aprendiendo su mapa.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —dije.

—¿Qué?

—Que cuando te ríes, te temblonean las orejas.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. Y que tus manos se ponen un poco frías cuando estás nerviosa.

—Tengo mala circulación.

—Tienes miedo.

—Tengo esperanza.

Me giré hacia ella, y la miré a los ojos. En la oscuridad, sus pupilas brillaban como dos estrellas nuevas.

—¿Me dejas mostrarte lo que quiero hacer contigo?

—Sí —dijo, sin titubear—. Sí, sí, sí.

***

No hubo prisa. Solo manos que exploraban, labios que probaban, respiraciones que se entrelazaban. Su blanca blusa quedó en el suelo, y yo la toqué con las palmas, con los dedos, con la boca. Sentí el calor de su piel, el latido en su cuello, el leve temblor que no era miedo, sino entrega.

Me quitó la camisa con cuidado, como si fuera un regalo que debía abrirse despacio. Sus dedos rozaron mis costillas, y cuando bajaron, lo hicieron con una lentitud que me dejó sin aire.

—¿Te gusta esto? —me preguntó, con la boca cerca de mi oreja.

—Sí —susurré.

—¿Y esto?

—Sí.

—¿Y esto? —Y sus dedos trazaron un círculo lento sobre mi pecho, con una presión que era más que una pregunta.

—Sí —dije, y esta vez no fue una palabra, fue un gemido.

Nos desvistimos sin prisa, como si el tiempo fuera un regalo que no queríamos desperdiciar. Y

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