El sabor del café recién hecho

El sabor del café recién hecho

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La luz del sol se colaba por la ventanita del puesto de café, dorando el aire con partículas flotantes mientras Mateo, con el delantal manchado de tinto y las manos fuertes de quien ha manejado la escoba y el martillo, servía el primer espresso del día a Julián. Lo miró fijo cuando le entregó la taza, sin sonreír, con los ojos oscuros y quietos como cuando el café Hierro pasa por el filtro. Julián, alto, de hombros anchos y una sonrisa que parecía hecha a mano, tomó la taza con los dedos largos y la sostuvo un segundo contra el pecho, como si ya la sintiera caliente por dentro.

—Aún no te he cobrado el café de ayer —dijo Mateo, voz baja, arrastrando la ‘s’ como quien deja una semilla en la lengua.

—Cobrádmelo después —respondió Julián, sin soltar la taza, con la mirada pegada a la muñeca de Mateo, donde una cicatriz curva se marcaba entre el vello rubio—. Mientras tanto, ¿qué me dices de una tanda de postre?

Mateo se limpió los dedos en el delantal, se acercó más. El olor a café tostado y jabón de afeitar se mezcló con el sudor salado de la mañana. Julián no se movió, y cuando Mateo puso la mano sobre la mesa, los nudillos rozaron el dorso de la suya. Un flechazo sutil, como el primer giro del molino.

—Después del turno —aceptó Mateo—. Hoy cerramos temprano. Hoy hay lluvia.

Y sí, a las 3:30 p.m., mientras el cielo se abría como una herida oscura, Julián se quedó. Cerraron las persianas, apagaron la máquina de espresso, y Mateo se quitó el delantal con lentitud, mostrando el torso estrecho, la camiseta de algodón pegada al pecho por el calor y el esfuerzo. Julián lo siguió con los ojos, ya sin fingir indiferencia. Se levantó, se acercó, y con la palma abierta, le acarició el cuello, bajó hasta la clavícula, y luego, con firmeza, le desabotonó la camisa. No con prisa, sino con intención, como quien lee una página tras otra sin saltarse ni una coma.

Los pantalones de Mateo cayeron a sus tobillos, y Julián se arrodilló sin pedir permiso ni esperar respuesta. Su boca encontró el pito de Mateo ya medio duro, húmedo en la punta, como un brote que aguarda la primera gota. Lo chupó de golpe, profundo, hasta que Mateo gimió, alto, sin vergüenza, con la mano en la nuca de Julián, empujando, soltando, pidiendo más. Julián lo tomó con la boca y la mano, moviéndose con ritmo de sierra, lento, seguro, hasta que Mateo soltó un gruñido gutural, el que sale cuando el cuerpo ya no es dueyo de sí mismo.

—Cúbrete el culo con la manta —le dijo Julián, sin soltar el pito, con la voz pastosa—. Quiero ver cómo te goes.

Mateo obedeció. Se sentó en la silla de madera, se cubrió la cintura con la manta color café, y cuando Julián volvió a chuparlo, esta vez con más sazón, con la lengua rozando la cabeza, Mateo se abrió de piernas, inclinó la cabeza hacia atrás, y dejó salir todo: el gemido, el sudor, el calor que le subía por la espalda. Cuando sintió que iba a correrse, se tiró del pene con fuerza, sin soltar la silla, y dejó salir la primera corriente caliente, espesa, que cayó sobre su abdomen, seguida de otra, y otra, mientras Julián lo miraba, con los ojos brillantes, con la boca seca.

—Tómatelo todo —le susurró Julián, agarrándole el culo con ambas manos, apretando, masajeando, hasta que Mateo ya no pudo más y se dejó caer hacia adelante, con la frente apoyada en la mesa, jadeando, con el pito aún tieso, con el culo sudado y temblando.

Julián se levantó, se quitó la camisa, y sin decir nada, se sentó sobre las piernas de Mateo, se inclinó hacia atrás, y con la mano izquierda se abrió el culo, con la derecha, se lubricó con la mezcla de pre-cum y espresso que aún manchaba el vientre de Mateo. Se hundió poco a poco, hasta que ambos gritaron al mismo tiempo: uno de placer, otro de sorpresa. Se quedaron quietos, unidos por el calor y la humedad, hasta que Mateo, con un movimiento lento, empezó a empujar hacia atrás, con las uñas clavadas en las caderas de Julián, con la boca abierta, con los ojos cerrados, con el cuerpo entregado.

Llovía fuerte afuera. El café estaba frío. Pero dentro, todo seguía caliente. Tan caliente como el primer sorbo de café recién hecho.

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