El sabor del café recién colado

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 4.6 (24) · 19 lecturas · 8 min de lectura

Me lo encontré bajo el árbol de mango que tiene la esquina de la finca, ese que se inclina como si quisiera abrazar la calle. Estaba sentado en el banco de madera agrietada, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en las rodillas, mirando cómo las hormigas subían por la corteza. Llevaba una camiseta blanca pegada al pecho, empapada por el calor de mediodía, y el pelo, negro y ondulado, recogido con una trenza suelta que le caía hasta la clavícula. No era de por aquí. Lo vi de lejos y me dio curiosidad, no más. Pero cuando me acerqué a pedirle agua —yo, con mi botella de plástico y el sudor en la frente—, me sonrió y me dijo: «Oye, ¿tú eres de acá?». Y su voz, profunda como el cauce del río en verano, me hizo detenerme.

Me llamo Andrés. Vivo en ese pueblo pequeño, entre las colinas de Antioquia, donde el tiempo se mueve despacio y los días se miden por el canto de los gallos. Él se llamaba Kofi. Era de Ghana, dijo. Venía de viaje, con una mochila vieja, un mapa doblado y ganas de ver cómo era la montaña colombiana. No sabía bien por qué, pero le dije que pasara la tarde conmigo. Me dijo que sí con la cabeza, sin prisa, como si ya hubiera aprendido que lo bueno no se apresura.

Me guió hasta mi casa, esa de paredes deAdobe y techo de zinc, donde el aire huele a tierra mojada y a yerbabuena. Le mostré el patio trasero, donde tengo un par de sillas de madera y una hamaca que cuelga del ceibo. Le ofrecí un café, recién hecho, colado con la manta de algodón que me tejó mi abuela. Él lo probó, cerró los ojos, y dijo: «Eso es… real». Yo le dije que sí, que aquí el café se hace con paciencia, como todo lo que vale la pena. Y entonces, por primera vez, sentí que algo se movía en mí, lento, como cuando el sol se asoma por las montañas y dora la hierba sin prisa.

Nos sentamos en la hamaca, juntos, aunque no nos tocábamos. Él me hablaba de su tierra, de las fiestas en Accra, de las olas que rompen en Busua, de cómo en Ghana el tiempo se mide por el ritmo del djembe, no por los relojes. Yo le contaba de las fincas, de las vacas que pastan en las laderas, de cómo los días calurosos se hacen más cortos con una buena música y una cerveza bien fría. Nos reíamos de tonterías, de cosas que no tenían gracia, pero que parecían absurdas y hermosas en ese momento. Y cada vez que sus ojos se encontraban con los míos, no había vergüenza, ni apuro, solo una pregunta silenciosa que flotaba en el aire, como el olor del café que aún quedaba en la taza.

—¿Tú qué te sientes cuando el sol te pega así, de frente? —me preguntó, y yo le vi el cuello, la línea de vello que bajaba desde la barba hasta el pecho, donde la camiseta se abría un poco con el movimiento.

—Como si me quisiera secar por dentro —respondí—. Pero con calor.

—Sí —dijo, y me tocó entonces la muñeca, solo un roce, como para probar si la piel mía era tan cálida como él imaginaba—. ¿Te importa si te toco?

No respondí con palabras. Solo le tomé la mano y la apreté un poco contra mi muslo, para que supiera que no me asustaba eso. Él sonrió, y fue como ver el primer trueno del verano: lento, grande, inevitable.

—¿Me dejas darte un baño? —me preguntó después, y yo sentí cómo el aire se volvía más denso, más húmedo, como cuando el cielo se prepara para la lluvia.

—Sí —dije, y no hubo más preguntas.

Fui a la cocina, tomé una botella de plástico grande, la llené de agua tibia, le agregué un chorro de aceite de oliva y una cucharada de miel —algo que aprendí en un libro que me prestó una prima de Medellín—. Volví con Kofi sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, los ojos cerrados, como si estuviera rezando. Le desaté la trenza y le deslicé los dedos por el cuero cabelludo, con cuidado, como si le estuviera hablando en una lengua antigua que solo nosotros sabíamos. Él soltó un suspiro, bajo, profundo, y se inclinó hacia adelante, como para dejarse llevar.

Lo lavé con calma, desde la nuca hasta los hombros, pasando por los brazos, con la palma de la mano, con los dedos, con la agua que se escurría entre sus pliegues. Le limpié las uñas, le froté las plantas de los pies, que eran anchos y fuertes, hechos para caminar mucho. Él no decía nada, solo respiraba, y a veces soltaba un gemido suave cuando le apretaba un poco más la piel, como si estuviera recordando algo.

—¿Tú también me vas a limpiar? —le pregunté al final, y él me miró de nuevo, con esos ojos oscuros que parecían tener fuego dentro.

—Sí —dijo—. Pero quiero hacerlo bien.

Se puso de pie, despacio, como si el mundo no le exigiera nada. Se quitó la camiseta y la dejó sobre la hierba, y allí, bajo el sol que ya se ponía, vi su cuerpo entero: moreno, con la piel suave en algunas partes y un poco áspera en otras, con cicatrices pequeñas que parecían mapas de historias vividas. Tenía los pezones oscuros, como granos de café tostado, y el vello en el pecho, fino y ondulado, que bajaba en una línea que desaparecía bajo el cinturón de los pantalones. Me costó respirar, pero no por el calor. Lo hacía porque me sentía pequeño, pero al mismo tiempo lleno, como cuando el río crece en temporada.

Me quitó la camisa y me besó en el cuello, con los labios abiertos, como si quisiera saborearme. Me mordió un poco la oreja, me lamió el lóbulo, y luego me susurró en inglés, que no entendí del todo, pero que sonó como una canción antigua. Me giró y me puso de rodillas, frente a la hamaca, y se puso detrás de mí. Me tomó de las caderas con las manos grandes, fuertes, y me besó la espalda, bajando poco a poco, hasta que su boca tocó la curva de mis glúteos. Entonces, con la lengua, me abrió como si fuera una fruta madura, y me lamió el agujero suavemente, como si temiera que me fuera a romper.

—Mierda —murmuré, y él se rió, pero no me detuvo.

Me metió un dedo, despacio, con la mano templada, y luego otro, y yo me apoyé en la hamaca, con las uñas clavadas en la madera, sintiendo cómo se estiraba dentro de mí, cómo se abría, cómo me llenaba desde adentro. Me besó la nuca otra vez, y me dijo: «Estás rico», y yo sentí que me temblaban las piernas, como cuando el viento levanta el polvo en la carretera y todo se vuelve nublado.

Me volvió a besar, esta vez en la boca, y yo sentí su sabor, el de la miel, del café, de su piel. Me giré y le tomé la verga, que ya estaba dura, gruesa, negra al final, húmeda en la punta. Le froté el glande con el pulgar, le dije que se moviera despacio, que no tenía prisa, que aquí no se corría, que se vivía. Él me miró, con los ojos cerrados, y empezó a entrar, metro a metro, lento, como si cada centímetro fuera un juramento.

Me llenó todo, desde el vientre hasta las costillas. Sentí su calor, su peso, su respiración en mi cuello. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, pero no como uno hace cuando tiene ganas de salir rápido, sino como quien cava tierra, con paciencia, con intención, como si quisiera encontrar algo que había perdido hace mucho. Yo le dejaba, me dejaba ir, cerraba los ojos y solo sentía su cuerpo contra el mío, sus manos en mi pecho, sus dientes rozando mi hombro. Y cuando me tocó los testículos y me apretó un poco, yo me derrumbé, como cuando el río se desborda y todo lo que tiene dentro se va en una sola ola.

—Kofi —le dije—. Kofi… —y él me dijo algo en su lengua, algo que sonó como una oración, y entonces me tomó la cabeza y me besó de nuevo, profundo, y yo sentí su semilla dentro de mí, caliente, densa, como el café que se deja caer en la taza.

Se derritió sobre mí, con el sudor en la frente y la respiración descontrolada, pero sin soltarme. Me abrazó, con las piernas entrelazadas, y me besó la frente, como si yo fuera algo sagrado. Y allí, en el suelo de tierra, con la hamaca balanceándose suavemente, nos quedamos así un buen rato, sin hablar, solo respirando, como si el mundo hubiera dejado de girar para que nosotros pudieramos recordar quiénes éramos.

Luego, cuando el sol ya se fue y el cielo se puso morado, nos levantamos, nos lavamos con agua fría del balde, y nos sentamos de nuevo en el banco de madera, frente al árbol de mango. Él me dio un cigarro, y yo le dije que no fumaba, pero que en ese momento me lo tomé como un rito. Él me lo encendió, me lo pasó, y yo aspiré despacio, como si estuviera aprendiendo a vivir.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté.

—Lo que quieras —dijo—. Aquí no se corre, se vive.

Y yo le sonreí, porque entendí que tenía razón. Porque allí, en ese pueblo pequeño, entre las colinas de Antioquia, con el olor del café recién colado y el sabor de su piel en la lengua, yo también había aprendido a vivir.

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