El sabor del café con canela

El sabor del café con canela

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 3.8 (5) · 179 lecturas · 7 min de lectura

Llegué a la cafetería El Mirador a las 4:37 de la tarde, exactamente como nos habíamos citado por WhatsApp. El sol de Medellín, ese sol que pega fuerte pero no agobia, entraba por las ventanas anchas del lugar, bañando las mesas de madera clara y los maceteros con geranios rojos que colgaban del balcón. Yo, sentada en una banca del rincón, con una falda de lino color miel y los pies descalzos dentro de unas sandalias de cuña, miraba el tráfico lento de la avenida mientras me tomaba un café solo, humeante, con un chorro de canela en polvo espolvoreado encima. A mí me gusta así: fuerte, amargo, con ese toque dulce que te hace cerrar los ojos al primer sorbo.

La campanita de la puerta sonó. No giré de inmediato. Ya la conocía por el perfume que la precedía: jazmín y un poco de humedad de piel, como si acabara de salir del río. Pero era invierno. Y Mariana no iba al río. Ella iba a mis sueños.

—¿Emilia? —dijo, y esa voz, suave pero con ese matiz grave de quién ha aprendido a hablar bajo para no despertar a nadie, me hizo sentir algo dentro del pecho.

Me giré. Tenía el cabello recogido en un nudo suelto, con algunas hebras sueltas que le acariciaban las mejillas. Llevaba una blusa blanca, abierta sobre un top negro, y unos pantalones anchos de algodón que le marcaban las caderas como si fueran una escultura antigua. Sus ojos, esos ojos café oscuro que parecen tener su propio atardecer, me buscaron desde la puerta hasta donde yo estaba. Y cuando se sentó frente a mí, con la taza de té que acababa de pedir entre sus manos, no dijo nada más. Solo me sonrió, ese medio sonrió que tiene cuando quiere decir *ya te vi, ya te quiero, ya me muero por tocarte*.

—Me encanta cómo lo tomas —dijo, señalando mi café—. Como si fuera una ofrenda.

—¿Y el té? —pregunté, acercándole mi taza de canela—. ¿A qué huele?

—A manzanilla y limón. Y a vergüenza —y me guiñó un ojo—. Porque vine con el pelo mojado, y me costó dos minas que me prestaran una toalla.

—¡Ay, pobre! —me reí, y le pasé mi pañuelo de lino—. Aquí tienes. Es de los buenos.

Y así, entre sorbo y sorbo, entre mirada y mirada, empezamos a deshacer el tiempo. Hablamos de libros que habíamos leído sin decirlo en voz alta, de viajes que soñábamos hacer cuando el dinero lo permitiera —ella quería irse a Cartagena y vivir una temporada en un cuarto con balcones de hierro forjado; yo soñaba con un pueblito en el Tolima, donde las noches fueran tan frías que nos abrazáramos sin vergüenza—. Me contó que trabajaba en un taller de costura en el Barrio las Palmas, que le gustaba coser en silencio, que el sonido de la máquina de pedales era su meditación. Yo le confesé que escribía poemas que nunca mostraba, que los guardaba en una caja de zapatos debajo de la cama, entre calcetines y recuerdos.

—¿Me los muestras? —preguntó, inclinándose un poco, con esa curiosidad que se siente en la piel.

—Solo si me permites… tocarte mientras leo.

Y entonces, algo cambió. No fue un momento ruidoso, ni un gesto fuerte. Fue un silencio más denso, un leve rubor en sus mejillas, una pausa en su respiración. Bajó la mirada a mis labios, y yo sentí cómo el aire se volvía más espeso, como si la cafetería se hubiera quedado sola con nosotras.

—¿Quieres subir? —pregunté, y mi voz salió más grave de lo que pretendía.

Ella asintió, sin despegar los ojos de los míos.

Subimos en el elevador del edificio donde vivo, en el décimo piso. No dijimos nada. Solo escuchábamos el zumbido metálico y el sonido de nuestras respiraciones, que empezaban a sincronizarse. Cuando la puerta se abrió, ella se detuvo en el umbral, como si temiera romper algo. Yo apagué las luces, dejando que entrara la luz del atardecer por la ventana del salón. Las sombras se alargaron, se abrazaron, se confundieron.

—¿Puedo? —susurré, acercándome lentamente.

Ella no respondió con palabras. Solo puso una mano sobre mi nuca, y tiró suavemente, hasta que mis labios encontraron los suyos.

Y Dios mío, qué sabor.

No era solo beso. Era un descubrimiento. Era la suavidad de su labio inferior, un poco más grueso, que se abría bajo el mío como una flor al amanecer. Era el calor de su aliento, ese aroma a manzanilla que ahora sí me invadía por completo. Era el temblor de sus dedos cuando pasaban por la línea de mi mandíbula, bajando hasta el cuello, donde sentí cómo palpitaba su corazón, acelerado pero firme.

La besé como si nunca hubiera besado antes.

Y luego, con la misma lentitud, la empujé contra la pared. Ella no se resistió. Al contrario, encerró sus piernas alrededor de mi cintura, como si me estuviera pidiendo más. Le separé los labios con la lengua, y ella me respondió con un gemido bajo, ahogado, como si temiera que alguien más lo oyera. Pero no había nadie. Solo nosotras. Solo el eco de nuestro deseo.

Le quitó la blusa, y yo la miré con la boca seca. Llevaba un sujetador negro de encaje, con el centro de encaje que le rozaba los pezones, ya duros bajo la tela. Le pasé las manos por la espalda, sentí el calor de su piel, el suave movimiento de su respiración. Y luego, con una paciencia de monja antigua, le desabroché el sujetador. Se lo quité con lentitud, como si fuera un regalo envuelto en seda.

—Tus pechos… —susurré—. Son como dos frutas maduras, listas para ser mordidas.

Ella se sonrojó, pero no apartó la mirada. Me tomó la mano y la puso sobre su seno izquierdo. El pezón se erizó al instante.

—Mámalo —dijo, sin rubor, con esa naturalidad que solo tienen quienes saben lo que quieren y no tienen miedo de decirlo.

Y lo hice.

Lo hice con respeto, con adoración. Con la misma ternura que se le pone a un niño que aprende a caminar. Lamió mi lengua alrededor de su pezón, succioné con suavidad, hasta que ella soltó un quejido que subió por el tono como un canto de pajarito herido. Metí el otro pecho entre mis labios y lo masajeé con la mano, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba hacia mí, pidiendo más, pidiendo que no parara.

Luego me quitó la falda. Me miró los muslos, los ojos bajos, como si estuviera leyendo un poema que había escrito en su piel. Me levantó una pierna y apoyé el talón en su hombro. Me miró entre las piernas, y yo sentí cómo me humedecía al instante, como si el agua de su deseo me inundara desde dentro.

—Tú hueles a mi casa —dije, acercándome—. A café, a canela, a ti.

Y entonces me bajó el pantalón y la ropa interior. Me separó las partes con las yemas de los dedos, y me miró fijamente mientras se lamer los labios.

—Estás mojada —dijo, y no era una pregunta.

—Solo por ti —respondí.

Y se inclinó.

Fue una caricia larga, profunda, que empezó por el clítoris y bajó hasta el fondo, como si estuviera bebiendo de un manantial que solo ella conocía. Me lamía con una técnica de experta, con paciencia, con hambre. Me mordisqueaba suavemente el clítoris, me rozaba con la punta de la lengua, y cuando sentí que me iba, que me subía por las escaleras del placer, ella puso dos dedos dentro de mí, curvados, como si estuvieran buscando algo.

—¿Así? —preguntó, con la boca llena de mí.

—Sí… sí… así —gemí, agarrándome a sus hombros.

Ella me lamía mientras me metía los dedos, y yo le pasaba la lengua por el clítoris, y el mundo se redujo a eso: el sonido de nuestra respiración entrecortada, el olor de su piel, el calor de su boca. Y cuando llegué, cuando el mundo se hizo pedazos y me dejó flotando en un mar de luz dorada, ella no se detuvo. Me sostuvo, me acunó, y me besó la frente mientras me desplomaba contra su pecho.

—Eres hermosa —susurró, acariciándome el cabello—. Como un poema que no quiere terminar.

—Y tú… eres mi canción favorita —le dije, con la voz rota—. Esa que

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