El sabor del azúcar quemado

El sabor del azúcar quemado

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, cortando el aire denso de la pieza en tiras doradas y calientes, como cuchillas de metal al rojo vivo. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas abiertas, el camisón de seda negra desabrochado hasta el ombligo, los pechos aún tapados por la tela, pero el vello púbico ya al descubierto, oscuro y húmedo bajo el luz que se arrastraba por su vientre plano. Él se acercó despacio, con los zapatos puestos, y se detuvo frente a ella. No dijo nada. Solo la miró, con los ojos semicerrados, como si estuviera midiendo el peso de lo que iba a hacer. Ella le devolvió la mirada, sin temblar, sin sonreír. Solo dijo: —Andá, pibe, que ya me tenés cansada. Vení a garcharme de una vez.

Él se arrodilló frente a ella, sin soltar la mirada, y con una mano agarró el camisón por los hombros, tiró suavemente hacia abajo hasta que la seda se enredó en sus muslos. Entonces lo soltó, y con la otra mano, lentamente, le separó los labios de la concha. La piel estaba tersa, cálida, con un brillo natural de humedad que ya empezaba a correr por dentro, como miel derretida. Él se inclinó y lamió, no con suavidad, sino con hambre de carne fresca. Una lamida larga, desde el clítoris hinchado hasta la entrada del coño, recorriendo todo el camino mojado, con la lengua plana y firme, como si estuviera sacando el sabor de un dulce recién hecho. Ella soltó un gemido bajo, entrecortado, y apretó los puños contra el colchón.

—¿Ves? —dijo él, sin levantar la cabeza, mientras con el pulgar presionaba el clítoris, ahora más erguido, más sensible—. Venís toda mojada, perra. Ya me sentiste venir, ¿no? Ya me sentiste entrar en la casa.

Ella no respondió. Solo empujó la cabeza de él con una mano, firme, insinuando que siga. Él obedeció. Metió dos dedos dentro de su coño, con un movimiento brusco, húmedo, como clavar un cuchillo en un pan caliente. Ella gritó, un grito corto, ahogado, pero sus caderas se elevaron, buscando más. Él la dejó, retiró los dedos con un sonido de succión y los lamieron, uno por uno, con lenta intención, mientras con la boca pegaba su lengua al clítoris y chupaba, con fuerza, con devoción de sediento que por fin alcanza el río. Ella arqueó la espalda, los ojos cerrados, los dientes apretados, el pelo pegado a la frente por el sudor que ya le corría por las sienes. Él la agarró por las caderas, con los pulgares en los huesos, y la sostuvo así, clavada en su boca, mientras chupaba y lamía y metía y sacaba los dedos, cada vez más rápido, con un ritmo que no era de ternura, sino de necesidad cruda, de hambre animal.

—Dame —le susurró ella, con la voz rota, temblorosa—. Dame el pingo, gordo. Ya no me aguanto.

Él se paró de golpe, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera del jeans y lo bajó hasta las rodillas. Su polla saltó al aire, gruesa, tiesa, con la cabeza morena y brillante de pre-cum, como una uva negra madura. Ella lo miró sin vergüenza, con los ojos entrecerrados, y dijo: —Vení, pibe. Que ya me duele. Que ya me ardo.

Él se subió a la cama, se sentó frente a ella, la agarró por las caderas y la jaloneó hasta que el trasero de ella quedó justo en el borde. Con una mano, separó la concha de nuevo y con la otra, la polla en punta, se frotó contra la entrada, buscando el calor, el mojado, la pulsación. Ella lo ayudó, con una mano bajó su culo hacia adelante, empujando, empujando, hasta que la punta se hundió dentro, lenta, con un sonido seco y húmedo a la vez, como una puerta que se cierra en la noche. Ella soltó un grito, pero no de dolor, sino de alivio, de posesión.

—Sí… sí… más —y ella lo empujó con las piernas, con las uñas clavadas en sus brazos.

Él empezó a moverse. No con suavidad. Con golpes cortos, profundos, secos, como si estuviera clavando un clavo en la pared. Cada embestida lo hacía entrar hasta la raíz, hasta que sus testículos rebotaban contra el pelo rizado del pubis de ella, y salían con un chasquido húmedo, con un ruido que solo se oye cuando el cuerpo se olvida de todo menos del placer. Ella gritaba ahora, sin disimulo, sin vergüenza, con la boca abierta, los ojos al techo, el cuello estirado, como una soga tensa. Él la agarró por el pelo, tiró suavemente hacia atrás, y le mordió la oreja, y le susurró al oído: —Decíme quién te manda, decíme quién te coge, decíme quién es tu pija.

—¡Tú! —gritó ella—. ¡Sos vos, gordo, sos vos! ¡Cogeme, pibe, que me estás matando!

Él aceleró. Ahora no eran embestidas, eran golpes de puño contra una puerta de madera vieja. Cada vez más fuerte, cada vez más rápido, cada vez más hondo. Ella ya no decía nada, solo gemidos, gruñidos, palabras sueltas que caían como ladrillos rotos. Su concha se hinchaba, se cerraba alrededor de su polla, como una boca que no quiere soltar. Él la sentía temblar, sentía cómo su cuerpo se encogía, cómo sus músculos se apretaban, cómo el coño de ella empezaba a contraerse, una, dos, tres veces, y luego una explosión, larga, intensa, como un trueno en la garganta del mundo. Ella gritó, un grito que no era humano, que era puro sonido desbocado, y su cuerpo se tensó como un arco, y luego se desplomó contra la almohada, con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, con el pecho subiendo y bajando como una llama sin aire.

Él no paró. Siguió metiéndose, con más fuerza, con más furia, como si quiso entrar dentro de ella para siempre. Ella lo abrazó, lo jaloneó, le mordió el hombro, le pidió que le diera todo, que le llenara el coño, que la dejará hecha pedazos. Él la agarró por las caderas, la levantó un poco, y la clavó con un último empujón brutal. Ella gritó de nuevo, y él soltó un gruñido profundo, ahogado, y se vació dentro de ella, con fuerza, con enternecimiento y con furia, con todo lo que tenía guardado desde hacía años. El semen le salió en chorros gruesos, calientes, como leche hirviendo, y ella sintió cómo le corría por dentro, cómo le inundaba el vientre, cómo le llenaba el coño hasta los bordes.

Cuando todo terminó, él se desplomó sobre ella, sudado, tembloroso, con la cabeza apoyada en su cuello. Ella lo abrazó, con las piernas aún abiertas, con el coño hinchado, con la concha que aún palpitaba alrededor de su polla blanda. No dijeron nada. Solo se quedaron así, quietos, como dos animales que acaban de cazar y ahora descansan sobre la presa.

Después, él se levantó, se bañó, se vistió, y cuando salió, ella todavía estaba en la cama, con los ojos cerrados, con las piernas abiertas, con el semen que le salía despacio por la entrepierna, como si fuera agua dulce. Y sonrió, porque sabía que iba a volver. Porque sabía que, cuando él volviera, ella lo iba a esperar con el camisón desabrochado, con las piernas abiertas, con el sabor del azúcar quemado en la lengua.

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