El sabor del amanecer
10 minEl sabor del amanecer
La luz del amanecer se colaba por la rendija entre las cortinas de encaje del departamento pequeño, pero aún no había penetrado del todo en la habitación. Estaba todo en penumbra, con esa calma suave que solo tienen los días de lluvia temprana en la Ciudad de México: frescura, silencio, y el olor a humedad de las macetas en el balcón. En la cama, con el cabello negro y lacio extendido sobre la almohada como una ola detenida, descansaba Mateo. Los párpados le temblaban ligeramente, y cada vez que una racha de viento sacudía la ventana, sus pestañas se agitaban como alas de mariposa en una tormenta.
En la puerta, entreabierta, apareció Lía.
No caminaba: flotaba. Llevaba una bata de algodón blanco, desabotonada hasta la cintura, con una camiseta blanca debajo que le subía un poco cuando se movía, mostrando un trozo de piel suave en la espalda baja. Sus caderas, anchas y redondeadas, marcaban una curva que parecía hecha a mano, con cariño, por quien aún no se había decidido a borrar del mapa. No era un cuerpo que negara su historia, sino que la celebraba con cada paso, con cada respiración.
—¿Te desvelaste? —preguntó, sin acusar sorpresa, solo curiosidad, como si hubiera estado esperando encontrarlo así.
Mateo abrió los ojos. No asustado, ni avergonzado. Solo presente. Sus iris eran color miel clara, como el azúcar morena derretida en una taza de café recién hecho.
—No —dijo, voz ronca de sueño, con ese acento que traía de Guadalajara, suave, pero con cierta punta de terquedad—. Estaba esperando que llegaras.
Lía se detuvo al pie de la cama. No necesitó mirar el reloj. Sabía que aún faltaban veinticinco minutos para las siete. El tiempo era un lujo que ya no se permitía, y hoy lo habían guardado como si fuera oro.
—¿Me esperabas o me estabas soñando?
Mateo sonrió, y fue esa sonrisa que no llega a los labios sino que se queda quietecita en el aire, como un suspiro que no sabe si salir o quedarse. Con una mano se pasó por el pelo, despeinándolo aún más, y con la otra señaló el espacio vacío a su lado.
—Ambas cosas. Pero más lo segundo. Soñaba que me dabas besos con sabor a naranja y canela.
Lía se quitó la bata sin apuro, dejándola caer sobre una silla al fondo del cuarto. Debajo, la camiseta era holgada, pero le ajustaba el cuerpo como una segunda piel. Mateo la observó con lentitud, como quien lee un poema en voz alta, palabra por palabra, dejando que las sílabas se asienten.
—¿Y qué más soñaste?
—Que me quitabas la camisa y me tocabas como si supieras exactamente dónde guardo el calor.
—¿Y lo haces?
—Sí —dijo Mateo, y por primera vez, bajó los ojos—. Pero hoy no. Hoy quiero que tú me muestres dónde está el tuyo.
Lía se sentó a su lado, con la espalda recta, las rodillas juntas, las manos apoyadas sobre los muslos. No era una postura de coquetería, sino de calma. De decisión.
—¿Y si te digo que no sé dónde está?
—Entonces lo descubrimos juntos.
Ella inclinó la cabeza, y por un momento, Mateo recordó cómo fue la primera vez que la vio en el café de la esquina, cuando ella le preguntó si podía usar su cargador porque el de ella no funcionaba. Él le había prestado el cable sin preguntar, y ella lo había mirado con una sonrisa que no decía *gracias*, sino *te veo*.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me tocaste? —preguntó Lía.
—¿Cuál? ¿La del hombro? —Mateo movió los dedos en el aire, como si aún sintiera la textura de su piel bajo las yemas—. O la del codo, cuando te ayudé a agarrar el vaso que se te cayó.
—Ninguna de las dos —dijo Lía—. La primera vez que *me miraste* como si no estuviera escondida.
Mateo no respondió de inmediato. Se sentó, se llevó una mano al pecho, sobre el corazón, y luego la bajó lentamente, como si recorriera un mapa invisible.
—Te miré cuando me dijiste que tu nombre real era Lía, no Liliana. Y me di cuenta de que no era un acto. Era un regreso.
Ella asintió. No con gratitud, sino con reconocimiento. Como si él hubiera entendido algo que ni ella misma sabía que necesitaba que alguien entendiera.
—¿Sabes qué me da miedo? —preguntó Lía, voz baja, casi un susurro, pero sin miedo.
—¿Qué?
—Que alguien me toque como si fuera una casa que nunca se ha habitado. Como si no hubiera habitantes dentro.
—Entonces no te toco así —dijo Mateo, y se acercó hasta que sus frentes se rozaron—. Te toco como una casa que sí se ha habitado. Donde se han encendido velas, donde se han escuchado risas en la cocina, donde se han dejado calcetines en el pasillo, donde se han hecho promesas en voz baja y se han roto otras en silencio. Te toco como quien entra a una casa que ya conoce, y sabe dónde está el botón de la luz, pero le gusta sentir la oscuridad un rato más.
Lía cerró los ojos, y un hilo de luz de amanecer le acarició las pestañas. Cuando los abrió, Mateo ya la estaba desabotonando la camiseta, con movimientos suaves, como si cada botón fuera una promesa que no quería romper.
—¿Y si me pido más? —preguntó, con voz más baja aún.
—Pídelo —dijo Mateo.
—Quiero que me mires mientras me quitas la ropa.
—Ya te estoy mirando.
—No. Quiero que me mires *así*.
—¿Así cómo?
—Como si supieras que detrás de cada cicatriz hay una historia. Como si cada curva me dijera quién soy, y no quién creí que debía ser.
Mateo le quitó la camiseta con cuidado, y ella no se ruborizó, ni bajó la vista. Se quedó sentada frente a él, con el cuerpo al descubierto, con las marcas de una vida que había sido reescrita. Las cicatrices de la cirugía, finas como hilos de plata, se dibujaban en su abdomen. Las caderas, redondeadas por la terapia hormonal, tenían esa curva que no era exactamente natural ni perfecta, sino *suya*. Y las tetas, no grandes, pero firmes, con pezones color miel oscuro, como granos de café tostado.
—Eres preciosa —dijo Mateo, y no fue un cumplido, sino una afirmación, como si lo hubiera estado repitiendo en voz baja cada vez que se miraba en el espejo.
Lía lo miró a los ojos, y por primera vez, no hubo duda en su expresión.
—Ahora… quédate quieto.
Él sonrió, y se recostó, con las manos detrás de la cabeza, como si estuviera aceptando un desafío, no un regalo.
Lía se quitó los pantalones de manera lenta, dejando que el tejido se deslizara por sus piernas hasta el suelo. No se apresuraba. Cada movimiento era una decisión: bajó la cintura de la bragas, primero una pierna, luego la otra, y se las quitó como si fuera quitando una capa de la piel.
—¿Me dejas? —preguntó.
—Sí —dijo Mateo—. Tú decides cuándo entras.
Ella se sentó a horcajadas sobre su cadera izquierda, con las manos apoyadas en su pecho, y bajó el cuerpo hasta que sus pechos rozaron el suyo. No besó su boca. Primero besó su cuello, con la boca húmeda, con los labios templados, y luego con la lengua trazó una línea que iba desde la base de su garganta hasta el hueco entre los pechos.
—¿Sientes eso? —le preguntó.
—Sí —dijo Mateo—. Como una electricidad que no duele.
—Es mía —dijo Lía, y bajó un poco más, hasta rozar con los pezones el vello de su pecho—. Y si me pides más, no te lo negaré. Pero tampoco te lo daré todo de una vez.
—No te pediré más —dijo Mateo—. Te pediré que sigas.
Ella soltó una risa suave, casi una risita de niña, y bajó más hasta que su boca estuvo frente a la entrepierna de Mateo, que ya estaba medio duro, con el pene tieso y brillante de humedad, cubierto de vello suave y oscuro.
—¿Qué sientes cuando te toco así? —preguntó, sin tocarlo aún.
—Como si me hubieras devuelto algo que me habían quitado.
—¿Y qué es?
—El derecho a querer sin pedir permiso.
Lía se inclinó y besó la punta de su verga, con los labios templados y húmedos, y luego lo envolvió con la boca, con un movimiento lento, como si lo estuviera acunando. Mateo cerró los ojos y soltó un gruñido bajo, como un perro que sabe que está en casa.
—No te muevas —le dijo Lía.
—No me muevo.
Ella lo tomó con las dos manos, una en la base, otra en el medio, y lo subió lentamente, con la boca cerrada, como si lo estuviera chupando sin necesidad de hacerlo. Mateo sintió el calor, la presión, la suavidad de sus labios contra su piel, y luego la lengua, que trazó un círculo en la cabeza, mojándolo todo con saliva y deseo.
—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Lía.
—Sí —dijo Mateo—. Me gusta que seas tú quien me hace esto.
—Entonces… —ella se separó un poco, con los labios brillantes, con los ojos oscuros—… te voy a hacer un favor.
—¿Cuál?
—Te voy a dejar que me cogas.
Mateo abrió los ojos de golpe, y la miró con intensidad.
—¿Estás segura?
—Estoy segura de que quiero que me tomes como quiero ser tomada.
—¿Y cómo es eso?
—Como si fuera un regalo que me diste, no como algo que me quitaras.
—Entonces no te tomaré —dijo Mateo—. Te voy a escoger.
Ella sonrió, y se apartó un poco, mostrando su cuerpo entero, la vulva redondeada, los labios mayores abiertos, con un pequeño bulto en la parte superior que se erizaba al sentir el aire frío de la habitación.
—Toma tu tiempo.
Mateo se levantó, sin prisa, y se puso de pie frente a ella. Se pasó la mano por la verga, que ya estaba dura como una piedra, con la punta brillante de presemos.
—¿Quieres que te toque aquí? —preguntó, acercando los dedos a su clítoris.
—Sí —dijo Lía—. Pero no como si lo estuvieras buscando. Como si ya lo supieras.
Él acercó los dedos, con lentitud, y los apoyó sobre el bulto, sin presionar. Solo lo rozó, con la punta de los dedos, como si estuviera tocando una flor que no quería marchitar.
—Así —dijo Lía—. Ahora más.
Mateo presionó un poco más, con la yema, y ella se arqueó, soltando un gemido bajo, como un suspiro que se le salió de la garganta.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dijo Lía—. Pero quiero que me lo des.
—¿Cómo?
—Con la boca.
Él se arrodilló frente a ella, con las rodillas en la cama, y separó sus piernas con las manos. Luego, con la lengua, trazó un círculo alrededor de su clítoris, con suavidad, y luego lo chupó con la boca cerrada, como si estuviera chupando un chupetín de frambuesa.
Lía soltó un grito ahogado, con las uñas clavadas en los muslos.
—Mateo…
—¿Te gusta?
—Sí —dijo Lía—. Pero ahora quiero que me pongas tu verga adentro.
Él se levantó, tomó su verga con la mano, y se la colocó en la entrada, en la hendidura húmeda y templada.
—¿Quieres que entre todo?
—Sí —dijo Lía—. Pero no te apresures.
Mateo empujó suavemente, con la punta, y sintió cómo se abría, cómo su cuerpo la aceptaba, con calma, con confianza.
—Estás apretada —dijo Mateo.
—Sí —dijo Lía—. Como si fuera una casa que te está esperando.
Él entró poco a poco, con lentitud, hasta que sus testículos rozaron su vulva, y ella soltó un gemido largo, como si se hubiera desatado una cuerda.
—Ahora… —dijo Lía—. Ahora cógeme.
Mateo empezó a moverse, con un ritmo suave, con la cabeza apoyada en su pecho, con las manos sujetas a sus caderas. Ella se aferraba a él, con los dedos en su espalda, y le mordía el hombro, con fuerza, con necesidad.
—Sí —dijo Lía—. Así. Como si fueras el que me devuelve a mí misma.
Él la cogía con ternura, con respeto, como si cada movimiento fuera un juramento. Y ella lo sentía todo: el peso de su cuerpo, el calor de su verga, el olor a hombre y a salvia que le subía por la nariz.
—Mateo… —dijo Lía, con la voz rota—. Me vas a hacer venir.
—Te lo voy a dar —dijo Mateo
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