El Sabor de la Traición en la Cocina
8 minEl Sabor de la Traición en la Cocina
La lluvia golpeaba las ventanas como un pedazo de mundo que no quería entrar, y yo, con el pelo medio suelto y la camiseta humedecida en los hombros por el vapor del mate que no dejé de preparar, lo escuché antes de verlo. El sonido de la llave en la cerradura, ese giro lento y seguro que solo conocía porque lo había oído mil veces en mi propia casa… pero nunca con esa anticipación en la sangre.
—¿Vos seguís acá? —dijo él, quitándose la campera con una mano, la otra colgada de la cremallera como si fuera un acto de teatro que ya sabía de memoria.
—Sí, gordo —le respondí, sin bajar los ojos del vaso de agua que secaba con la toalla—. Te dije que iba a esperarte.
Y era cierto. Había esperado. No por obligación, ni por costumbre, pero tampoco por engaño. Había esperado porque, entre el silencio del departamento y el eco de mis propios pasos, algo se había vuelto insostenible. Algo que no era falta de amor, ni de cariño, ni siquiera de deseo… era que todo se había convertido en rutina, en un movimiento automático: beso en la mejilla, café, noticiero, dormir.
Y luego, vos.
No te conocía desde hacía mucho. Sólo unas semanas. Te vi en el supermercado, con esa camiseta que parecía hecha a la medida de tus hombros anchos y tu risa fácil, esa que hacía que hasta los cajeros se animaran a decir algo más. Me miraste dos veces: la primera por accidente, la segunda con una pausa que no fue casual. Y cuando pasaste a mi lado en la fila, dejaste caer una manzana y te agachaste rápido. Yo también me agaché. Nuestros dedos se rozaron al buscarla. Tú dijiste: “Perdón, soy un desastre”. Yo le respondí: “No, yo también soy un desastre. Pero vos tenés los ojos de alguien que no se disculpa por eso”.
Después, encontramos una excusa: la cafetería de enfrente. Una charla de quince minutos que se volvió dos horas. Hablaste de tu taller de cerámica, de cómo aprendiste a hacer tazas torcidas que, por alguna razón, se sentían más cálidas en la mano. Yo te hablé de mis noches con libros viejos, de los versos que escribía en el celular y que nunca envié, de cómo cada vez que abrazaba a mi marido sentía una punta de tristeza que no sabía nombrar.
—¿Y vos qué hacés cuando no estás con él? —me preguntaste, y no fue una pregunta incómoda. Fue una pregunta sincera, como si quisieras llenar un vacío que yo misma no sabía que existía.
—A veces cocino.
—¿Y qué cocinás?
—Cualquier cosa que tenga sabor fuerte. Ajo, pimienta, vino tinto. Cosas que dejan huella.
—Yo garcho con vino —dijiste, y vos no supiste qué tanto de mí se paró en ese instante.
No era mi marido quien me hacía sentir así. No era la culpa, ni la pasión ciega. Era la claridad. Era saber que, en ese momento, en ese silencio de tu mirada entreabierta, yo elegía. No por impulso, sino por necesidad. Porque el cuerpo no miente, y yo había estado mintiendo con él durante meses.
Dos semanas después, cuando vos viniste a mi casa por primera vez, yo ya tenía todo preparado: una botella de Malbec, dos copas, aceite de oliva, sal gruesa, un puchero con lomo al piemontese que humeaba en la cocina. Y vos, con tus zapatillas arrastradas sobre el piso, sin pedir permiso, sin disculparte, como si ya pertenecieras a ese lugar.
—Huele bien —dijiste, acercándote por detrás de mí, las manos apoyadas en mis caderas. No me sobresaltaste. Yo ya sentía tu aliento antes de que llegaras.
—Es para vos. Lo preparé pensando en vos.
—¿Y qué pasa si ya comí?
—Te lo vuelvo a hacer.
—Me gusta esa idea —susurraste, y vos no dijiste “te quiero”, ni “te deseo”, ni nada que suene a promesa. Diujiste “me gusta esa idea”, como si el deseo fuera una puerta abierta y vos solo esperaras que yo diera el primer paso.
Me giré. Te miré fijo, sin disimulos. Te vi la barba recién afeitada, el vaho de la cerveza en el aliento, la grieta que tenés en el labio superior cuando te ponés tenso. Te vi y entendí que no era un error. Era una necesidad.
—¿Querés que te quites la remera? —te pregunté.
—Sí —dijiste, y vos no sonreíste. Solo asentiste, como si ya supieras que esto iba a pasar.
Me acerqué. Desabotonaste la mía primero. Cada botón era una decisión. Cada tirón, un acto de confianza. Cuando quedamos apenas con la ropa íntima, vos no me tocaste de inmediato. Te quedaste quieto, con las manos colgadas a los costados, y me miraste como si estuvieras aprendiendo un idioma nuevo.
—Estás hermosa —dijiste, y vos no dijiste “bella”, ni “dulce”. Diujiste “hermosa”, como quien dice “suya”.
Entonces te toqué. Puse una mano en tu pecho, sentí el latido acelerado, el calor que no se disimulaba. Bajé la otra hasta tu cintura, y vos no te resististe. Al contrario, te inclinaste hacia adelante, como si me estuvieras pidiendo permiso para caer.
—Decime si paro —dije.
—No. Vení.
Y vos no dijiste “por favor”, ni “más fuerte”, ni nada que suene a súplica. Diujiste “vení”, como si ya supieras que yo iba, que siempre iba a ir.
Te llevé a la cama. No con prisa, sino con intención. Cada paso era una promesa, no de amor, sino de verdad. Te acosté, tumbado, con los ojos cerrados, como si estuvieras rezando. Yo me subí encima, con las rodillas a los lados de tu cuerpo, y te quité el resto de la ropa lentamente, como si cada prenda fuera un muro que caía.
—Decime qué querés —dije, y vos no respondiste con palabras. Solo abrís los ojos y me miraste como si yo fuera la única persona en el mundo que sabía lo que hacía.
Entonces, con la mano izquierda, tomé tu pija dura y tibia, la apreté suave, con la palma y el pulgar en el glande. Te vi estremecerte, la garganta moverse, el cuello tensarse.
—Garcháme —dijiste.
Y vos no dijiste “entra”, ni “cogeme”. Diujiste “garcháme”, como si eso ya fuera suficiente, como si esa palabra sola encerrara todo lo que necesitábamos.
Me senté sobre vos, con la punta de tu verga rozando mi concha ya húmeda, ya lista, ya mía. Me incliné, te agarré de los hombros, y bajé poco a poco, dejando que vos sintieras cada centímetro que entraba. Te sentí estirar el cuello, apretar los dientes, pero no te quejaste. Te quedaste quieto, con los ojos cerrados, como si estuvieras guardando el momento para después.
—Miráme —le dije.
Abriste los ojos. Y cuando lo hiciste, cuando me viste con los ojos abiertos, sin disimulos, sin máscaras, te dije:
—Sos mío ahora.
Y vos no dijiste “sí”, ni “estoy tuyo”. Diujiste una sola palabra, rota, casi un gemido:
—Sí.
Empezamos a movernos lento, con esa sincronía que solo se logra cuando el cuerpo ya conoce al otro sin haberlo hablado. Yo subía y bajaba, con las uñas clavadas en tu pecho, vos me agarrabas las caderas con fuerza, como si temieras que me fuera. No me fui. Me quedé. Me quedé hasta que sentí el nudo en la panza, hasta que el aire se me cortó, hasta que no pude más que soltar un grito ahogado en tu cuello.
—Estoy —dije—. Estoy, gordo.
Y vos, con la voz rota, me dijiste:
—Yo también. Vení más adentro.
Entonces te empujé con fuerza hacia arriba, y vos me tomaste las piernas, me levantaste un poco más, y me garchaste hasta el fondo. Sentí el golpe en mi útero, sentí el calor que se expandía, sentí que algo dentro de mí se rompía y se rearmaba distinto. No fue un orgasmo fácil. Fue un temblor profundo, una descarga que me hizo llorar sin saber por qué.
—No te tires —te dije, agarrándote el pelo—. No te tires. Quedate adentro.
Y vos cumpliste. Te quedaste quieto, con la frente apoyada en la mía, sudando, jadeando, los ojos cerrados, como si estuvieras aprendiendo a respirar de nuevo.
Después, me bajaste suavemente, me acostaste a tu lado, me tomaste de la mano y me acercaste al pecho, como si yo fuera algo frágil. Yo me quedé quieta, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía. No era vergüenza. Era claridad. Era el momento en que entendés que el cuerpo no miente, y que a veces, el deseo no es un pecado. Es una verdad.
—¿Te arrepentís? —me preguntaste.
—No.
—¿Segura?
—Sí. Estoy. Estoy acá. Estoy con vos.
No dijiste nada más. Solo me besaste, lento, con la lengua y con los ojos cerrados, como si estuvieras guardando un secreto que no querías compartir con nadie.
Y cuando la lluvia dejó de golpear las ventanas, cuando el silencio volvió a instalarse en la casa, vos me dijiste:
—Mañana vine de nuevo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y qué cocinás?
—Cualquier cosa que tenga sabor fuerte. Ajo, pimienta, vino tinto. Cosas que dejan huella.
Y vos no dijiste “te amo”, ni “te juro”, ni nada que suene a eternidad. Diujiste “mañana vine de nuevo”, como si eso ya fuera suficiente, como si el tiempo no importara, como si lo único real fuera este momento, esta cama, esta piel.
Porque el cuerpo no miente. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba contigo sin disimulo. Sin culpa. Sin arrepentimiento. Solo con el sabor de la traición, dulce, amarga, inevitable… como el vino que nos quedamos bebiendo, una gota a una, hasta que se acabó.
¿Te ha gustado? Valóralo