El sabor de la lluvia en la ventana
4 minEl sabor de la lluvia en la ventana
La primera vez que te vi, llovía como si el cielo se desbordara desde el alba, y vos estabas parada frente a la vidriera del café, con el pelo empapado pegado a las orejas, el abrigo mojado pegado a la cintura y una taza de té humeante entre las manos. No era por tu belleza —aunque después supe que la tenés—, era por la forma en que mirabas la calle, como si cada gota fuera una palabra que tenés que descifrar. Yo estaba sentado en el rincón, escribiendo en mi cuaderno, pero no escribía nada que mereciera保留. Solo esperaba que la lluvia se detuviera. O mejor aún, que vos te acercaras.
Y vos viniste.
Te acercaste sin pedir permiso, como si ya lo hubiéramos soñado juntos. Te paraste justo a mi lado, no tanto como para tocar, pero sí lo suficiente para que yo sintiera el calor que desprendías, ese calor que no es solo físico, sino de vida, de respiración. Me miraste con una sonrisa pequeña, casi tímida, y me dijiste: —¿Te importa si me senté? Yo no dije nada. Simplemente aparté la silla un poco, como ofreciendo un asiento en un tren que sabía que iba a ir lejos, muy lejos.
Te llamé. Me dijiste que te gustaba cómo decía tu nombre: “Mía”. Que era corto, pero lleno de algo que no sabías nombrar. Yo no te corregí. A mí también me gustaba.
La lluvia siguió cayendo mientras hablábamos. No de nada importante. Del trabajo. De libros que leíste y de canciones que nunca te atreviste a tocar al piano. Te escuché con calma, sin interrumpir, y mientras lo hacía, noté cómo tus dedos se movían sobre la taza, como si estuvieran escribiendo algo que solo vos podés leer.
Cuando por fin la lluvia cesó, vos me dijiste: —¿Te parece si caminamos hasta mi casa? Yo me paré sin dudar. No me importaba el camino. Me importabas vos.
Tu casa era un departamento pequeño, con paredes color mostaza y una ventana enorme que daba al jardín trasero. Al entrar, te quitaste el abrigo y lo dejaste colgado en la silla, como si no quisieras perder el recuerdo del frío. Yo me quedé de pie, mirándote mientras te desabotonabas la camiseta. No apresuraste nada. Cada botón era una pausa, una promesa.
Cuando quedaste con la camiseta abierta, pero aún puesta, me acerqué. No te toqué de inmediato. Solo apoyé las manos sobre tus hombros, sentí la textura de tu piel húmeda por el sudor leve y la humedad del día. Te besé en el cuello, despacio, como si temiera que el más mínimo movimiento te hiciera desaparecer.
—Sí —susurraste—. Quedate conmigo.
Me deshice de mi camisa, y vos me ayudaste con los botones, con tus uñas rozando mi pecho. Cuando quedamos apenas en ropa interior, vos te sentaste en el borde de la cama, y yo me puse de rodillas frente a vos. Te miré los ojos mientras desabrochaba tu shorts, mientras lo bajaba lentamente, mientras dejaba que tu concha apareciera, húmeda ya, brillante bajo la luz tenue de la habitación.
Te toqué con cuidado, primero los muslos, luego el vello suave, y finalmente los labios. Te sentí temblar, pero no de miedo, sino de anticipación. Te separé con los dedos, y cuando vi tu clitóris, pequeño y erguido, me incliné.
No fue rápido. No fue desesperado. Fue lento, profundo, como si cada segundo fuera un versículo de un poema que solo vos y yo conocíamos. Te escuché gimiendo, esas palabras que salen sin pensar, sin filtro: “Sí, sí, sí…”, “Más, más…”, “No pare, por favor, no pare”.
Te cogí después, lentamente, entrando a tu cuerpo como si fuera un templo que aprendía su nombre. Te sentí cerrarse a mí, apretándome, pidiendo más. Te miré mientras te movías conmigo, mientras tus pechos se balanceaban con cada embestida, mientras tu boca se abría en un gemido que no querés contener.
Cuando llegaste, lo hiciste con los ojos cerrados, con la cabeza hacia atrás y la mano agarrando la sábana. Me dijiste “ya no puedo más” como una confesión, como un regalo. Y yo, cuando sentí que me iba a romper, me dejé ir dentro tuyo, con un gemido que salió del fondo, un sonido que no sabía que tenía.
Después, acostados, respirando juntos, vos me decís: —Hoy no llovía por fuera. Llovía por adentro. Y yo, sin moverme, te contesto: —Hoy vos viniste. Y yo te dejé entrar.
Y en ese silencio, con el aroma de tu piel y el sabor de la lluvia en los labios, supe que algo había cambiado. No era solo el cuerpo. Era el tiempo. Era el espacio. Era vos.
¿Qué tanto te calentó?
Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.