El sabor de la lluvia en el Cerro

El sabor de la lluvia en el Cerro

@adriana_v ·17 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (14) · 98 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia comenzó a las cinco y veinte de la tarde, justo cuando Camila cerraba la puerta del taller de costura donde trabajaba. No era una lluvia intensa, esa que desborda veredas y ahoga autos, sino una de esas lloviznas suaves de junio en Medellín, fresca y persistente, que se mete por las mangas y humedece el pelo sin prisa. Ella caminaba hacia el metro, pero antes de dar tres pasos, ya se había quitado la blazer de algodón y se la había envuelto alrededor de la cabeza como capucha. Apenas notó la sombra que se acercaba a su lado —un par de botas negras, pantalón oscuro, una mochila colgada torcidamente en un hombro— supo que no era alguien de paso. Era Lucía.

—¿Otra vez te olvidaste el paraguas? —dijo Lucía, con una sonrisa que le iluminó medio rostro, aunque la lluvia le empapaba las cejas.

—Joya, sí, se me olvida más seguido que la contraseña del Wi-Fi —respondió Camila, y se rió, pero no era una risa cualquiera: era la de quienes ya saben que el encuentro no es casual.

Se quedaron paradas bajo el toldo de una tienda de telas, ondeando la ropa al sol del día anterior. El aire olía a tierra mojada y a jabón de palo. Lucía tenía el pelo rubio, un poco descolorido por el sol, recogido en un moño torcido. Usaba un top ajustado que dejaba entrever la curva suave de sus brazos, y en la muñeca llevaba una pulsera de cuentas verdes, regalo de su abuela. Pero lo que más llamaba a Camila, lo que siempre la hacía detenerse en seco cuando la veía entrar al taller, era el modo en que Lucía se movía: con una calma que no era tibieza, sino seguridad. Como si el mundo no tuviera prisa, como si ella misma fuera el reloj.

—Vamos a mi casa —dijo Lucía, sin esperar respuesta—. Tengo café recién hecho, y si te portas bien, hasta galletitas de avena.

—¿Y si no me porto bien? —preguntó Camila, acercando su rostro lo suficiente para que Lucía sintiera su aliento, cálido y con sabor a menta.

—Entonces te mando a bañar con el regador del jardín —dijo Lucía, y le dio un ligero pellizco en el antebrazo.

Subieron la loma del Cerro de la Cruz en silencio, aunque no era un silencio incómodo: era el de quienes ya se conocen hasta en los espacios en blanco. El camino empedrado estaba resbaladizo, y Lucía, de vez en cuando, le tomaba la mano a Camila —no para sostenerla, sino como un recordatorio: *estoy aquí, y tú también*. Al llegar, la casa era pequeña, con paredes de ladrillo visto y una puerta verde que crujía al abrir. Dentro, olía a canela y a papel viejo. En la sala, una lámpara de pie iluminaba un sofá desgastado, pero cómodo, y en la cocina, el café hervía suavemente en una tetera de aluminio.

—Siéntate —dijo Lucía—. Yo termino de desvestirme.

Camila se dejó caer en el sofá, con los pies cruzados, y miró cómo Lucía se quitaba los calcetines empapados, luego el top, dejando al descubierto una camiseta blanca, ya un poco transparente por la humedad. No había apuro, ni coquetería forzada: era un acto natural, como encender una vela. Lucía se sentó frente a ella, en el borde del sofá, con las rodillas separadas apenas, y tomó la taza de café que le extendió.

—¿Te acuerdas cuando nos conocimos en el grupo de apoyo? —preguntó Camila—. Tú hablabas de querer sentir el peso de un hombre sobre tu pecho, pero no sabías cómo decírmelo.

—Sí —dijo Lucía, bajando la vista un instante—. Y tú me miraste como si ya lo hubieras sentido.

—Porque lo había sentido. En sueños. En pensamientos. En el eco de tu voz cuando dijiste que tu cuerpo no era una prisión, sino una casa en construcción.

Lucía dejó la taza sobre la mesa, y se inclinó hacia adelante, lentamente. Sus ojos, de color miel, se fijaron en los de Camila, sin temor, sin duda.

—¿Quieres ver algo que no he mostrado nunca? —preguntó.

Camila no respondió con palabras. Solo asintió, y se levantó, acercándose hasta donde Lucía la esperaba.

Lucía se quitó la camiseta. No había nervios, ni vergüenza: solo la entrega de lo que era suyo, y que por fin se permitía mostrar. Tenía el pecho plano, liso, con una cicatriz casi invisible en el centro, de la cirugía de afiliación que hizo hace dos años. Pero no era una ausencia lo que mostraba: era una presencia. Una línea firme, una curva de fuerza, una belleza hecha de decisión y de tiempo.

Camila se arrodilló frente a ella, y puso las manos sobre su estómago, con ternura. Luego, con los dedos, recorrió la cicatriz, como si leyera una historia escrita en piel. Y cuando levantó la mirada, Lucía ya tenía la entrepierna pegada a su pecho, y el pene, grueso y tieso, asomaba por el elástico de sus calzones.

—Es nuevo —dijo Lucía—. Te lo enseño porque quiero que lo veas como es: mío, tuyo, de nadie más.

Camila le desabrochó el pantalón, sin prisa. Se le humedeció la boca al verlo: negro, grueso, con las venas elevadas, la cabeza hinchada y brillante por el prepucio. Lucía jadeó suavemente, y se apoyó en el respaldo del sofá, con los ojos cerrados.

—Mamá —murmuró, y Camila supo que era una palabra de confianza, no de nostalgia.

Se quitó los calzones. Lucía se estremeció, no por el frío, sino por el aire que tocaba su piel desnuda. Camila le pasó la lengua por el glande, una pasada lenta, como si lo saboreara. Lucía soltó un gemido ahogado, y sus dedos se hundieron en el algodón del sofá.

—Más —dijo—. Quiero sentir tu boca como si fuera mi propia piel.

Camila lo tomó con ambas manos, lo levantó ligeramente, y se lo metió hasta la raíz. Lucía gritó, un grito bajo, casi silencioso, como si temiera que la lluvia lo llevara. Camila comenzó a moverse, con una cadencia que no era mecánica, sino intuitiva: subía, bajaba, giraba la muñeca, mordía suavemente el borde del prepucio. Lucía le tomó la cabeza, no para empujar, sino para sostenerla. Sus dedos se enredaron en el pelo de Camila, y sus caderas comenzaron a arquearse, a buscar más profundidad.

—Estoy… casi —dijo, con voz rota.

Camila lo soltó lentamente, y se levantó. Se quitó la blusa y el sostén, dejando al descubierto sus pechos pequeños, firmes, con pezones rosados y duros por el frío y el deseo. Se sentó sobre las rodillas de Lucía, con la entrepierna pegada a su abdomen, y la guió hasta su entrada. Ya estaba mojada, caliente, tensa, como si su cuerpo hubiera estado esperando este momento desde siempre.

—Tú —dijo Lucía—. Quiero sentirte dentro, como si fueras la primera vez.

Y así fue. Lucía entró, lenta, con cuidado, con la punta de su pene rozando el clítoris de Camila, que jadeaba, que se aferraba a los hombros de Lucía, que cerraba los ojos y dejaba que el mundo se redujera a esa sensación de ser abierta, de ser ocupada, de ser *sabida*. Cada empuje era un latido compartido, una promesa silenciosa. Camila sintió el peso de Lucía sobre ella, el calor de su pecho plano contra su espalda, el olor a sal y café que le subía a la nariz.

—Lucía… —susurró, y esa palabra fue como una llave.

Lucía la besó en el cuello, y luego en la nuca, y luego en la oreja. Sus manos le acariciaron los muslos, le subieron hasta la cadera, y con los pulgares le masajeó los glúteos, presionando suavemente para que Camila se abriera más. Entonces, Lucía se inclinó, y con la boca buscó el clítoris de Camila, que ya estaba hinchado, brillante, pulsando. Lo lamío con la punta de la lengua, una y otra vez, mientras sus dedos seguían empujando, más fuerte, más rápido.

Camila gritó. Un grito largo, gutural, que sonó como una canción olvidada. Lucía la sintió estremecerse, sintió cómo su cuerpo se contrajo, como si se ahogara en su propio deseo. Y en ese instante, Lucía se estremeció también, y su pene se infló dentro de Camila, y un chorro espeso y tibio se vertió en su interior.

Se quedaron así,

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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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