El sabor de la lluvia en el cerro
10 minEl sabor de la lluvia en el cerro
La ciudad de Medellín, ese día, respiraba con calma bajo una brisa tibia que arrastraba el aroma del suelo mojado. La lluvia había cesado hacía poco, y las calles empedradas del barrio La Candelaria brillaban con reflejos de luz anaranjada que se colaban entre las nubes rotas. En una terraza semicerrada, con plantas colgantes y luces cálidas que parecían susurrar promesas, estaba Camila. Con los pies descalzos apoyados en el piso de madera, el cabello suelto y una camiseta blanca que se pegaba ligeramente al cuerpo por la humedad del aire, esperaba. No con impaciencia, sino con la calma de quien sabe que lo que viene es inevitable, deseado, necesario.
Había quedado con Lucía a las seis. Nada más. Solo una cita en la terraza de un amigo común, donde el ruido de la ciudad se volvía música de fondo, y el silencio entre frases se llenaba de significado. Lucía llegaría con retraso —siempre lo hacía—, pero Camila no se impacientaba. Le gustaba esa impuntualidad cuidadosa, como si Lucía estuviera preparando cada paso antes de aparecer.
Y entonces, allí estaba: una silueta que se recortaba contra el cielo gris-rosado, con una sombrilla plegada bajo el brazo y una sonrisa que ya se le dibujaba desde la esquina de la calle. Lucía. Llevaba un pantalón gris oscuro ajustado, botas de tacón bajo y una blusa blanca con mangas voladas que se movía con cada paso como si tuviera viento propio. Su cabello, castaño claro con reflejos dorados, estaba recogido en un nudo suelto, y unas hebras se pegaban a su nuca por la humedad residual del día.
—Perdón, nena —dijo Lucía al acercarse, con esa voz grave pero melosa, de esas que se meten directo en los huesos—. El metro se trancó en Niquía, y tuve que caminar como una loca bajo los charcos.
Camila se puso de pie. No hubo beso, ni abrazo forzado. Solo los ojos. Lucía los tenía grandes, verdes, con un brillo que parecía saberse demasiado, pero no dejaba de ser tierno. Camila le acercó una taza de café humeante.
—Me imaginé que llegarías con frío y con ganas de algo dulce —dijo, ofreciéndosela con una sonrisa que no era solo amable, sino íntima.
Lucía tomó la taza con ambas manos, exhalando el vapor. Olfateó, sonrió, y tomó un primer trago. Luego, con la mirada aún en Camila, dijo:
—Sí. Sí, esto es exactamente lo que necesitaba hoy.
Se sentaron juntas, una al lado de la otra, sobre un banco de madera con cojines rojos. El silencio no fue incómodo. Fue un espacio lleno de tensión leve, como el instante antes de que la música empiece. Camila sentía el calor de Lucía, no solo del café, sino del cuerpo, que ya le rozaba ligeramente el brazo.
—¿Te acuerdas del primer día que te vi? —preguntó Lucía, volviendo a mirarla, con los ojos entrecerrados.
—Claro que sí. En la biblioteca del uni. Ese día llovió como si el cielo hubiera roto. Estabas bajo el alero de la entrada, con una mochila negra y los zapatos empapados. Te vi mirando las nubes como si esperaras algo.
—No esperaba nada. Solo me quería secar. Pero tú viniste con una toalla y me dijiste: *‘¿Querés que te la preste o prefieres que me la lleve yo?’* —Lucía se rió suavemente—. Me volví loca. En serio. Me puse roja y no pude hablar.
—Y me dijiste: *‘Eres la primera persona que me ofrece algo sin preguntar si lo necesito’*.
—Exacto —Lucía asintió—. Y desde ese día, cada vez que llueve, pienso en vos.
Camila le tomó la mano, sin prisa, como si estuviera descubriendo una llave que encajaba en una cerradura olvidada. Sus dedos eran largos, con uñas cortas y bien cuidadas, y la piel suave, con un leve olor a vainilla y jabón de manos. Lucía apretó ligeramente, como para confirmar que aquello era real.
—¿Querés subir al cerro? —preguntó Lucía de pronto, con una sonrisa traviesa.
—¿Ahora?
—¿Por qué no? La lluvia se fue, el sol vuelve a asomarse, y en el cerro de San Pedro la ciudad se ve más linda cuando está así… húmeda y brillante, como si estuviera recién nacida.
—Está cerrado ya —dijo Camila, aunque sabía que no era cierto.
—¿Cerrado? —Lucía se levantó de un salto, con energía juvenil y una seguridad que no era fingida—. Vení. Yo conozco un atajo.
No hubo dudas. Camila la siguió, sin preguntar, sin dudar. Sencillamente, se dejó llevar.
El camino al cerro era estrecho, con escaleras de concreto que se enroscaban como serpientes de piedra. La humedad aún se sentía en el aire, pero el sol había vuelto, y las sombras se movían al ritmo de sus pasos. Camila iba detrás, observando cómo Lucía se movía: con elegancia, con seguridad, sin miedo. Su trasero, bien torneado, se marcaba en la tela del pantalón, y cada paso era una promesa disfrazada de casualidad.
—¿Sabés qué me gusta de vos? —dijo Lucía, deteniéndose en una curva del camino y mirándola por encima del hombro.
—¿Qué?
—No tenés miedo de mirar. De verdad mirar. No como los otros que se fijan primero en lo que no tenés, como si fuera un error.
Camila se detuvo frente a ella. Estaban solas en esa escalera, rodeadas de árboles y de silencio. El viento jugueteaba con las hojas, y una paloma blanca aterrizó cerca de ellas, sin miedo.
—¿Y qué es lo que veés cuando me mirás? —preguntó Camila, con voz baja.
—Veo a una mujer. No una trans. No una ‘chica con pito’. Una mujer. Con risa de ojos cerrados, con manos que saben escuchar, con una mirada que me hace sentir que soy completa. —Lucía le acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Y si te digo la verdad… me gusta tu cuerpo. Me gusta tu cintura, tus caderas, tu pecho… y también me gusta tu pito. No como algo que falta, sino como parte de tu mapa.
Camila sintió un calor en el vientre que le subió hasta la garganta. No era vergüenza. Era reconocimiento. Alguien que la veía, que la nombraba sin miedo, sin disimulo.
—Tú también me mirás —dijo Camila—. Y no es como si estuvieras buscando algo que no está. Es como si… supieras que hay un universo entero ahí adentro.
Lucía sonrió, y esta vez fue más lenta, más profunda. Le tomó la cara entre las manos y la besó.
No fue un beso de prueba, ni de curiosidad. Fue un beso de reconocimiento. De boca húmeda, lengua suave, dientes rozándose con ternura. Su olor —vainilla, jabón, piel— se mezcló con el sabor de Camila, que era dulce, con un toque salado de sudor y calor. Lucía lo mantuvo largo, profundo, como si quisiera guardarlo en los pulmones.
Cuando se separaron, respiraban igual. Las frentes se tocaban.
—¿Querés ir hasta arriba? —preguntó Lucía.
—Sí.
—No me digas que tenés miedo.
—No. Pero sí tengo ganas de que me toques.
Lucía se rió, baja, sensual.
—Entonces andá. Yo te sigo.
Subieron hasta la cima. La ciudad se extendía bajo ellas, iluminada por el sol que ahora sí se deslizaba entre los edificios, pintando de dorado los techos y los balcones. Había un banco vacío, bajo un árbol de mangos, y se sentaron.
Lucía se quitó las botas, se estiró, y se recostó lentamente, como si fuera una gata que se abandona al calor. Camila la siguió. No hubo prisa. Solo manos que exploraban, miradas que se entrelazaban, respiraciones que se sincronizaban.
—Despacio —dijo Lucía, mientras Camila le desabrochaba la blusa.
—¿Por qué?
—Porque me encanta verte. Porque me gusta que sepas lo que hacés. Porque quiero sentir cada movimiento como si fuera el primero.
La blusa cayó al suelo. Luego la camiseta de Camila. Se miraron un rato, sin tocar. Sólo respirando. El pecho de Lucía subía y bajaba, marcado por el sostén de encaje negro. Camila pasó las manos por su cuello, por sus clavículas, por la curva de sus brazos. Y luego, con lentitud, le desabrochó el sostén por la espalda. Lo dejó caer, y Lucía se estremeció.
—Sí —susurró—. Así.
Camila besó cada pecho, lento, con la lengua rozando los pezones, ya endurecidos por la tensión. Lucía gimió, baja, ahogada, y le metió los dedos en el cabello, guiándola sin presión.
—Decime qué querés —dijo Camila.
—Te quiero dentro.
Y sin más, se sentó sobre las piernas de Camila, con las rodillas a los lados, y se desabrochó el pantalón. Se lo bajó con calma, dejando al descubierto un body negro, de encaje, que dejaba entrever la curva de su culo. Camila le pasó una mano por el costado, por la cadera, y luego por la espalda, bajando hasta el borde del body.
—¿Te gusta? —preguntó Lucía.
—Me encanta. Pero quiero más.
Lucía se inclinó y le desabrochó el cinturón. Bajó los pantalones, los calcetines, y luego, con una sonrisa pícara, se arrodilló entre las piernas de Camila.
—Decime si te toco así —dijo, y con una mano le acarició el pene a través del boxers.
Camila cerró los ojos. El tacto era firme, seguro, sin miedo. Lucía lo hacía con naturalidad, como si llevara toda la vida practicando ese movimiento.
—Sí —susurró—. Sí, así.
Lucía le bajó la ropa interior lentamente, dejando al descubierto su sexo, ya húmedo y brillante bajo la luz del atardecer. Lo miró con atención, como si lo estuviera aprendiendo. Luego, con la lengua, lo rozó desde la base hasta la punta, lento, saboreándolo.
—Te gusto —dijo Lucía, sin levantar la cabeza.
—Me mata.
Lucía sonrió, y entonces lo tomó con la boca, hundiendo la mitad, con suavidad, con confianza. Camila gimió, apretando los puños, sin saber si quería que siguiera o que parara.
—No te muevas —le dijo Lucía—. Solo dejate llevar.
Y Camila lo hizo. Se dejó llevar. Se dejó hacer. Se dejó amar con la boca de Lucía, con sus manos que le sujetaban las caderas, con su lengua que jugaba con el glande, con su respiración entrecortada que se mezclaba con el viento.
Cuando Lucía se levantó, Camila ya estaba temblando. Le quitó el body, y se lo tiró lejos. Luego, se subió sobre ella, y se colocó entre sus piernas.
—Quiero verte —dijo—. Quiero verte venir conmigo.
Lucía asintió, y abrió las piernas, sin vergüenza. Camila se inclinó y rozó con el pene el borde de su entrada, ya húmeda, ya lista. La miró a los ojos mientras entraba, un centímetro a la vez, como si estuviera abriendo una puerta que nunca antes había sido abierta.
Lucía exhaló, con los ojos cerrados.
—Estás rico —dijo—. Estás tan rico.
Camila se movió despacio. Cada empuje era una promesa. Cada respiración, una conexión. El cuerpo de Lucía reaccionaba con suavidad: las caderas subían, los pies se apretaban contra el banco, los dedos se clavaban suavemente en el muslo de Camila.
—Más —dijo Lucía—. Dime si me hacés daño.
—Nunca —mintió Camila, porque no era mentira.
Se corrieron juntas. Lucía con la boca entreabierta, los ojos cerrados, la frente pegada a la de Camila. Camila con un grito ahogado en su cuello, sintiendo el calor de su interior, el apretón perfecto, el abrazo final.
Cuando todo terminó, se quedaron abrazadas, sudorosas, con las piernas entrelazadas, con la mirada perdida en el horizonte.
—Hoy me sentí mujer —dijo Lucía, sin mirarla.
—Yo me sentí tuya —respondió Camila.
Lucía le sonrió, con la boca aún entreabierta, con los ojos brillantes.
—Mañana vuelvo a trabajar en el centro comunitario. ¿Te pasa por ahí?
—Sí —dijo Camila—. Y mañana, si llueve, te espero bajo el alero.
—Prometido —dijo Lucía, y besó su frente.
La ciudad seguía brillando abajo, y el viento jugaba con sus cabellos, como si el cielo también estuviera celebrando. No había prisa. No había miedo. Solo el sabor de la lluvia, aún en la piel, y el recuerdo de un cuerpo que se reconoció, por fin,
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