El sabor de la lluvia en el balcón
7 minEl sabor de la lluvia en el balcón
Recuerdo que aquella tarde el cielo se deshacía en gotas gruesas y lentas, como si el tiempo también se hubiera cansado de correr. Yo estaba en mi balcón, con una camiseta humedecida por el vapor del café y los dedos descalzos apoyados en el frío cemento. Me gustaba así: con el pelo suelto, los hombros al descubierto y el cuerpo despacio. Sentía el frío de la lluvia en la nuca, pero también el calor que aún quedaba en la piel, recién salida de la ducha.
Ella llegó sin avisar. No con un mensaje, ni una llamada, ni siquiera una mirada desde la acera. Solo apareció, empapada, con el pelo pegado a las mejillas y una sonrisa que parecía haber esperado años para abrirse.
—¿Te importa si me refugio un ratito? —preguntó, ya en la puerta, con las manos sobre el marco y los ojos brillantes como si llevase dentro una fogata.
—Claro que no —dije, y abrí más la puerta, como si con cada centímetro que la abría le diera más espacio para entrar en mí.
Marcela siempre había sido así: directa, sin rodeos, pero con una ternura que te hacía querer confesarte. Nos conocíamos desde los veintidós, cuando trabajábamos en la misma revista universitaria. Ella, con sus pantalones anchos y sus libros de poesía francesa mal traducidos; yo, con mis cuadernos de anotaciones rápidas y mis ganas de escribir algo que doliera un poco.
Había habido veces en que nos miramos más de la cuenta. En que me di cuenta de que sus labios, cuando hablaba de algo que le gustaba, se movían como si ya estuvieran besando la palabra antes de soltarla. Pero nunca dijimos nada. Por miedo. Por costumbre. Porque, en Medellín, aún hay muros invisibles que pesan más que el tiempo.
—¿Tienes algo de ropa seca? —preguntó ahora, ya en el balcón, sentada a mi lado, con las piernas flexionadas y las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Sí —respondí—. Pero no sé si te sirve. Es de antes de… —¿De antes de qué? —se inclinó un poco hacia mí, con esa mirada que me hacía sentir que ya sabía la respuesta.
—Nada —me levanté, fui al armario del pasillo y traje una camiseta de algodón gris, un poco grande, que solía usar en casa. Se la lancé sin mirarla. —Espero no sea muy vieja.
—¡Ay, qué rico! —dijo, desdoblando la tela con lentitud—. Me encanta el olor a jabón de lavanda y a lluvia.
Se la puso sin mirar, pero sí sentí el instante en que la tela rozó su piel. Su cuerpo, entreabierta la camiseta, dejaba ver el contorno de sus caderas, la curva de la espalda baja, la suavidad de los hombros. No era un cuerpo joven en el sentido estricto, pero sí joven en movimiento. En gesto. En intención.
—¿Te importa si enciendo el velón? —pregunté, señalando la vela de soja que tenía en la mesa.
—Claro que no —dijo—. Me gusta cómo se ve tu balcón cuando llovizna. Como si el mundo se hubiera detenido solo aquí.
Encendí la vela. La llama tembló un poco, pero luego se asentó, suave, dorada, como una pequeña estrella que había aprendido a respirar.
—¿Te acuerdas cuando estábamos en la feria del libro, ese día que llovió de golpe y corrimos bajo el toldo de la librería de poesía? —me preguntó, con la mirada fija en la llama—. Tú tenías los calcetines mojados, y yo, el pelo pegado a la nuca. Y nos quedamos ahí, quietas, sin decir nada, solo mirándonos como si supiéramos que algo iba a cambiar.
—Sí —susurré—. Pero no nos movimos.
—No —asintió—. Porque teníamos miedo.
Se giró hacia mí. Entonces sí la miré de frente. Sus ojos tenían ese brillo que solo tienen cuando alguien ha estado a punto de decir algo importante y lo ha guardado por lo menos cien veces antes de soltarlo.
—¿Y si ya no lo guardamos? —preguntó, con voz baja, pero firme como el trueno que se escuchaba al fondo.
No respondí enseguida. Me puse de pie, lentamente, y caminé hasta ella. No como quien se acerca a algo que podría quemar, sino como quien se acerca a una música que conoce desde siempre y finalmente decide bailar.
—Porque sí —dije—. Porque ya no me asusta.
Me detuve frente a ella. Estaba sentada, y yo me coloqué entre sus piernas, apoyando las manos en sus hombros. No la toqué aún. Solo sentí su respiración subir y bajar, igual que el fuego de la vela.
—¿Te acuerdas de cómo hueles cuando llueve? —me preguntó, llevando una mano a mi nuca—. Es como humo de madera y miel.
—Tú hueles a café y a sal —respondí, inclinándome hasta rozar su frente con la mía—. Y a promesa.
Entonces, su mano subió por mi cuello, despacio, como si temiera romper algo. Y yo la dejé. Le dejé el camino abierto.
Su boca encontró la mía con una suavidad que me cortó el aliento. No fue un golpe, ni un arrebato. Fue como encontrar la llave en el lugar donde siempre estuvo, pero que nunca supiste que tenías perdida.
Sus labios eran húmedos y cálidos, y cuando abrió la boca un poco más, su lengua rozó la mía como si ya nos hubiéramos entrenado para eso. En silencio. En sueños. En el rincón de la mente donde guardamos lo que aún no podemos nombrar.
Me incliné más, y ella se acercó, y entonces fue cuando la sentí: su cuerpo, con la camiseta mojada de lluvia y de mi piel, contra la mía. Sentí el calor que nacía en su vientre, la curva de sus caderas, la suavidad de sus muslos. Sentí su deseo, no como algo urgente, sino como una corriente constante, profunda, que ya llevaba tiempo fluyendo bajo la superficie.
—Ay, cielo… —susurró, despegando su boca por un segundo—. Quiero sentirte. Todo.
Le sonreí. Le puse la mano en la nuca y la tiré hacia atrás, solo un poco, para verla bien. Para grabarme el instante en que sus ojos se abrieron como si acabara de entender que sí, que esto era real.
—Entonces… quédate —dije.
Y así fue como nos fuimos hacia adentro, con el velón iluminando el pasillo, con el sonido de la lluvia en el balcón y con el eco de algo que llevaba años esperando su turno para nacer.
Nos desvestimos lentamente, como si cada tela fuera un capítulo que no queríamos saltar. Ella me quitó el pantalón con cuidado, como si temiera que si me tocaba rápido, me desarmara. Pero yo no me desarmaba. Me sentía entera. Más entera que nunca.
Cuando me vio desnuda, no dijo nada. Solo se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó hasta la cama. No hubo prisa. Solo su cuerpo contra el mío, las piernas entrelazadas, los pechos rozándose con cada movimiento.
—¿Te acuerdas de cuando íbamos al Parque Lleras, y te decía que me contaras algo que solo tú supieras? —me preguntó, mientras me mordía el lóbulo de la oreja—. Hoy quiero que me cuentes lo que más quieres.
—Te quiero a ti —dije, sin dudar—. Aquí, ahora, así. Con la lluvia afuera y tu aliento en mi cuello.
Ella sonrió, y entonces me besó con una intensidad que me hizo temblar. Me besó con hambre, pero no con desesperación. Con hambre de verdad.
Me giró sobre la espalda y se acomodó entre mis piernas. Me abrió las rodillas con una suavidad que me hizo sentir preciosa. Y entonces, con los dedos, comenzó a explorarme. Primero el monte, despacio, como si leyera algo en braille. Luego el clítoris, con un toque ligero, casi tímido. Pero yo la miraba, y le decía: “Sí, así… más fuerte… no pares…”.
No era solo placer. Era reconocimiento. Como si cada caricia fuera una palabra que por fin salía bien pronunciada.
—Ay, cielo… —susurré cuando sus dedos entraron dentro de mí, dos a la vez, con un ritmo que parecía saber exactamente dónde dolía y dónde curaba—. Me estás matando…
Ella se inclinó y me besó el cuello, la clavícula, la punta de los pechos. Y cuando sentí que estaba a punto de estallar, me puso un dedo más, y luego comenzó a mamarme, con su boca húmeda y cálida, como si me estuviera bebiendo, como si yo
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