El sabor de la lluvia

El sabor de la lluvia

@valeria_storm ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (9) · 13 lecturas · 7 min de lectura

Llovió sin aviso. Una tormenta de verano que se desbordó sobre la ciudad como un suspiro reprimido. Yo estaba bajo el toldo de la estación de metro, con la camiseta pegada a la espalda y el pelo ya empapado, cuando lo vi aparecer entre la cortina de agua.

No era un extraño cualquiera. Me había visto antes —cada jueves, a las 6:15 p.m., en el banco frente al edificio de vidrio que alquilaba su oficina—. Siempre iba en traje, corbata suelta, la chaqueta colgada del brazo. Tenía las manos grandes, los dedos anchos, y una pequeña cicatriz en la ceja izquierda que parecía una línea de tinta olvidada. Hoy no llevaba corbata. Ni chaqueta. Solo una camisa blanca que, en cuanto la lluvia la tocaron, se volvió casi translúcida.

—¿Crees que parará antes de que nos transformemos en estatuas de sal? —me preguntó, acercándose bajo el pequeño porche que aún ofrecía algo de resguardo.

—No —respondí, y no fue una suposición. Sabía que la lluvia duraría al menos veinte minutos más. Había mirado el pronóstico antes de salir, como siempre. Pero no le dije eso. Solo sonreí, y él devolvió la sonrisa con una mueca cómplice que me hizo sentir que estaba siendo escuchado, de verdad.

—Entonces, mejor esperamos —dijo, y se apoyó en la pared de concreto junto a mí. Estábamos a un metro, no más. El aire olía a mojado, a tierra y a su jabón: cedro y pimienta.

Me miró de soslayo. No con curiosidad forzada, sino con lentitud, como si cada milímetro de mi rostro fuera un párrafo que necesitaba ser leído con calma. Yo hice lo mismo. Vi cómo el agua resbalaba por su mandíbula, se detenía en el hueco de su cuello, y luego bajaba hacia la abertura de su camisa, donde la piel se volvía más oscura, más cálida. Sus pestañas estaban empapadas, pesadas. Cuando parpadeó, el agua se desprendió en gotas pequeñas.

—Me llamo Mateo —dijo.

—Santiago —contesté, y añadí—: Y hoy es jueves.

Él soltó una risa baja, que no pretendía ser una broma, pero que lo hacía parecer relajado. Era falso. Tenía los hombros tensos, los nudillos apretados contra los muslos. Pero su voz, cuando habló de nuevo, era suave.

—¿Tú también haces lo mismo? ¿Venir a la misma hora, al mismo lugar?

—No. Hoy no.

—¿Y por qué estás aquí?

—Porque tú estarías aquí si yo no estuviera —respondí, y en ese momento sentí que el silencio se volvía denso, casi tangible.

Mateo no apartó la mirada. Me acercó la mano derecha, lentamente, como si temiera que me fuera a alejar. Sus dedos rozaron mi muñeca, y fue como una descarga eléctrica suave, que no dolía, pero que me dejó la piel vibrando. Bajó el pulgar por mi pulso, una y otra vez, en círculos diminutos. Yo contuve la respiración.

—¿Sientes esto? —preguntó, y su voz ya no era suave. Había ganado peso, gravedad.

—Sí —admití.

—No es casualidad —dijo, y entonces me tomó la mano, y me puso su palma abierta sobre mi pecho. Sentí su latido, rápido, desbocado. El mío respondió en eco.

La lluvia seguía cayendo, pero parecía haberse alejado. Todo lo que existía era el calor entre nuestros cuerpos, el roce de sus dedos en mi muñeca, y el hecho de que él se había inclinado, apenas, lo suficiente para que su aliento rozara mi oreja.

—Hoy no trabajo —dijo, con voz ronca—. Tengo una reunión cancelada. Por suerte.

—¿Y qué haces si no trabajas? —pregunté, pero ya lo sabía.

—Me quedo contigo un rato. Si tú quieres.

No hubo dudas. No hubo preguntas de más. Solo el gesto de él, que me tomó del codo, con suavidad, pero con firmeza, y me guió hacia una pequeña calle lateral, donde el agua corría por la acera en corrientes oscuras. No caminamos mucho. Solo hasta la puerta de un edificio antiguo, de fachada de ladrillo y ventanas altas. En el interior, olía a café recién hecho, a madera vieja y a humedad controlada.

—Es mi casa —dijo, y me abrió la puerta.

Dentro, todo era luz tenue. Un sofá bajo, una mesa de madera con un libro abierto, una ventana que daba a un pequeño balcón con macetas de hierbas. No había prisa. Él se quitó la camisa con lentitud, dejando al descubierto un torso estrecho pero definido, con una ligera curva en la espalda que marcaba la línea de sus riñones. No era un cuerpo de gimnasio. Era un cuerpo de hombre que camina, que carga cosas, que se mueve con naturalidad. Tenía el pecho cubierto de una fina red de pelos oscuros que descendían hacia su ombligo, y luego seguían hacia abajo, desapareciendo en la cintura de sus pantalones.

No me quitó la ropa enseguida. Me pidió que me quitara las zapatillas, y luego la camiseta, y me dije a mí mismo: *sí, déjalo mirar*. Él se acercó, me tocó la cintura con ambas manos, y luego pasó los pulgares por mis costillas, como si estuviera aprendiendo una canción nueva.

—Estás temblando —dijo.

—No es frío —respondí.

Y entonces, por fin, él me besó.

Fue un beso lento, casi tímido al principio, pero con una urgencia oculta tras la calma. Su boca era cálida, húmeda, con el sabor de la lluvia y el café que había tomado antes. Mis manos se perdieron en su cabello, corto y húmedo, y él gimió, apenas, un sonido que no esperaba escuchar de él.

Me empujó suavemente hacia el sofá, y yo no resistí. Él se sentó a mi lado, y entonces me giró hasta que quedamos frente a frente, rodilla contra rodilla, pecho contra pecho. Su pene ya estaba duro contra la tela de sus pantalones, y yo sentí cómo mi propio cuerpo reaccionaba, como si me hubiera olvidado de mí mismo y ahora solo existiera el deseo que crecía entre nosotros.

—¿Quieres que pare? —preguntó, y sus ojos buscaban los míos, con una seriedad que no encajaba con la situación.

—No —susurré.

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro —repetí, y lo besé de nuevo, con más fuerza.

Se levantó, y esta vez fue él quien me ayudó a quitarme la camiseta, y luego los pantalones. Quedamos en ropa interior, uno frente al otro, sin vergüenza, sin prisa. Me miró como si me estuviera descubriendo por primera vez, y eso hizo que me sintiera más deseado de lo que jamás me había sentido.

Se arrodilló frente a mí, y con una mano me tomó la barbilla, y con la otra me abrió el cierre del boxers. Lo dejó caer lentamente, y entonces él me miró el pene, que ya estaba completamente erguido, húmedo en la punta. No se apresuró. Pasó la punta de los dedos por mi glande, con una suavidad que me hizo cerrar los ojos.

—Huele a ti —dijo, y entonces lo besó, con la boca cerrada, sin presión, como una promesa.

Me toqué el pecho con la mano izquierda, y con la derecha lo tomé de la nuca, y lo acerqué. Me puso la lengua en la boca, lenta, segura. Y mientras lo hacía, me deslizó una mano por el muslo, hasta la ingle, y me acarició los testículos, suaves, con cuidado. Luego bajó más, hasta su propia entrepierna, y me mostró su pene, ya totalmente duro, cubierto de vello oscuro, la cabeza rosada y brillante.

—Quiero verte —dije.

Él se levantó, se quitó los pantalones y la ropa interior con una sola mano, y se acercó a mí, con los pies descalzos sobre el sofá, y se sentó frente a mí, con las piernas separadas, y me pidió que lo mirara.

—Mira cómo me quieres —dijo.

Y yo lo hice. Lo vi mientras se acariciaba, con movimientos lentos, desde la base hasta la cabeza, girando ligeramente la muñeca, como si estuviera tocando un instrumento. Sus ojos no se apartaron de los míos. No había vergüenza, solo entrega.

Me incliné, y lo besé en el glande. El sabor fue salado, fresco, con un toque ácido que me hizo estremecer. Lo lamí con cuidado, y luego lo tomé en la boca hasta la mitad, sintiendo su mano en mi cabeza, empujando suavemente, pero no con fuerza. Solo con deseo. Él jadeó, y entonces me dijo, con voz quebrada:

—Santiago…

¿Qué tanto te calentó?

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@valeria_storm

Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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