El Sabor de la Lluvia
5 minEl Sabor de la Lluvia
Llovia suave en Medellín, esa lluvia que no moja tanto como humedece, como recordatorio de que el cielo también tiene ganas de algo. Valentina bajaba la calle con los zapatos ya empapados y el pelo pegado a la nuca cuando vio al hombre sentado bajo el techo del kiosko de la esquina, con un libro abierto sobre las piernas y las gafas de sol puestas aunque el cielo estuviera gris.
—¿Te importa que me siente? —preguntó Valentina, secándose el agua de la frente con la manga de la camiseta.
Él levantó la vista. Ojos claros, una sonrisa que le temblaba en los labios como si supiera que iba a ser buena la conversación.
—Claro que no —respondió—. Hasta te esperaba.
—¿De veras? —se burló ella, sentándose al borde del banco mojado—. Si me esperabas, al menos trajo algo para compartir. Yo solo tengo hambre y una lluvia que se está comiendo mis pantalones.
—Si me prometes no reírte cuando te cuente lo que leo… —él cerró el libro con lentitud— Es *El arte de amar*, pero reescrito por un gato furioso. Dice que el amor no es paciencia, es coraje para quedarse cuando el mundo te dice que salgas.
Valentina se inclinó, acercando el rostro hasta que su aliento rozó el de él. Hacía rato que no sentía ese temblor en la piel: el de alguien que ya la había leído, que no se fijaba en el pasado que llevaba pegado al cuerpo como un tatuaje, sino en lo que ahora le temblaba entre los dedos.
—Me llamo Valentina —dijo, sin soltar la mirada.
—Jorge —respondió él, y por primera vez su sonrisa se desbordó completa—. Y si no te importa, me gustaría saber qué hueles cuando lloviendo y mojándote vienes hacia mí.
Valentina rió, baja y cálida. Se levantó, le tendió la mano y lo ayudó a ponerse de pie.
—Vamos —dijo—. Hay un par de calles más arriba donde hay un apartamento con terraza, una cafetera vieja y una botella de aguardiente que me compré para una ocasión… no esperaba que fuera hoy.
***
El apartamento olía a madera antigua, jabón de oliva y algo más: un perfume suave, de jazmín con un fondo dulzón que no le gustó a Valentina al principio… pero que, tras inhalar dos veces, le recordó a la primera vez que se miró desnuda frente al espejo y se dijo: *ahí estás*. No era una revelación, era un reencuentro.
Jorge dejó la mochila en el suelo y se sacó la camiseta sin prisa. Tenía el torso atlético, pero no exagerado: músculos que hablaban de esfuerzo y de placer, de correr y de quedarse quieto. Valentina ya sabía lo que venía: no iba a preguntar nada. No era su estilo.
—¿Puedo tocarte? —preguntó él, los dedos rozando la correa del sostén.
—Claro que sí —respondió ella—, pero si te equivocas de lugar, te mando a lavar los platos.
Él rió, bajó la mano hasta su cintura y la jaló hacia él. Valentina sintió el calor del cuerpo de Jorge contra su vientre, la textura de su piel, el leve vello en los antebrazos que le rozó el cuello cuando inclinó la cabeza. Ella le besó la frente, luego la nariz, y por último los labios, lentamente, como si cada segundo fuera un suspiro que no quería perder.
—Huele a aguardiente y a lluvia —murmuró él.
—Y a ti —añadió Valentina, mientras le desabotonaba el pantalón—. A tabaco dulce y a promesas rotas, pero que aún se pueden arreglar.
Se sentaron en el sofá, uno frente al otro, sin quitar la ropa entera, solo lo justo. Valentina se deslizó la camiseta por encima de la cabeza, dejando al descubierto el pecho ancho, las marcas de los brazos donde había usado tatuajes para esconderse, y ahora ya no los necesitaba. Jorge no miró con curiosidad ni con asombro: simplemente puso las manos sobre su piel, palmo a palmo, como si leyera en braille un poema que ya conocía.
—Eres preciosa —dijo, y Valentina supo que no era un cumplido, era una verdad.
Él se quitó los pantalones y quedó sentado frente a ella con el pito tieso, colgando como una promesa hecha carne. Valentina lo miró sin vergüenza, con curiosidad, con deseo. Le rozó la punta con el dedo y sintió cómo él soltaba un resoplido entre dientes.
—¿Te gusta así? —preguntó ella, bajando la mano hasta sus testículos, suaves y pesados.
—Sí —respondió él, la voz entrecortada—. Pero quiero que me mames.
Valentina sonrió, se levantó y se arrodilló frente a él. Le separó los labios con los dedos y le lamió la cabeza, lento, saboreando el sabor salado, el calor que emanaba de su cuerpo. Jorge le pasó los dedos por el pelo, sin apretar, sin exigir.
—Estás bien —dijo ella, mirándolo a los ojos mientras lo tomaba en su boca hasta la base.
Jorge cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que no intentó contener. Valentina lo mamar con cuidado, sin prisa, con la lengua rozando el glande, con los labios estirándose alrededor de su longitud, con los dedos masajeando su escroto. Él jadeó, se estremeció, y cuando sintió que se venía, la tiró suavemente hacia adelante y se corrió en su boca, fuerte, sin pedir permiso ni disculparse.
Valentina lo tragó todo, con una sonrisa en los labios y el corazón latiendo como si acabara de ganar algo que no sabía que estaba esperando.
Se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó de nuevo junto a él. Jorge la miró, con los ojos brillantes y la respiración aún agitada.
—¿Te acuerdas lo que decía el libro? —le preguntó.
—Que el amor es coraje para quedarse —respondió ella.
—Sí —dijo él, acercándola hacia él—. Pero también dice que el coraje no siempre es grande. A veces es solo quedarse a mamarle a alguien después de llover.
Valentina le besó la boca, esta vez con sabor propio, con sabor a él, con sabor a casa. Fuera seguía lloviendo, pero en ese apartamento, con el aguardiente enfriándose en la mesa y los cuerpos aún calientes, el cielo ya no era un enemigo. Era un testigo.
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