El Sabor de la Espera
La luz de la luna se deslizaba por el piso de madera en bandas estrechas y plateadas, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para observar. En el rincón más profundo del balcón cerrado —ventanales de cristal templado que filtraban la brisa nocturna—, los dedos de Lía se movían con lentitud sobre el cuello de Mateo, explorando la línea de su mandíbula, el pulso en la base del cuello, el leve temblor que no lograba ocultar. Él no decía nada. Solo respiraba, hondo y constante, mientras ella le quitaba la corbata con un movimiento casi ceremonial, deshaciendo el nudo con cuidado, como si descorriera una cortina invisible entre lo público y lo íntimo.
—Casi no lo sientes —murmuró ella, sin presión, sin exigencia—. Como si estuvieras a punto de despertarte.
—Estoy despierto —respondió él, voz áspera, pero controlada—. Solo prefiero sentir antes que hablar.
Ella sonrió, pequeña y fugaz, y bajó las manos hasta desabrocharle la camisa, uno a uno, los botones de nácar. La tela se abrió como alas que se rendían, dejando al descubierto pecho ancho, piel cálida, vello oscuro que se arqueaba hacia abajo, hacia la cintura de sus pantalones. Lía no se apresuró. Se inclinó, y con la punta de la lengua trazó un círculo en su esternón. Mateo contuvo el aliento. Una gota de sudor resbaló por su sien.
Ella se levantó, tomó su mano y la llevó consigo hasta el diván, donde el colchón bajo y la manta de lana eran su territorio. Se sentó a horcajadas sobre él, sin romper el contacto visual, y desabrochó su propio blazer —gris carbón—, dejándolo caer al suelo. Luego, con los nudillos rozando suavemente el borde de su sujetador, le preguntó: —¿Te Gusta cómo me siento hoy?
—Me gusta cómo me haces sentir a mí —corrigió él, y por primera vez, su voz tembló.
Ella se inclinó, y esta vez sí, sus labios rozaron el pecho de él, no con ansia, sino con una curiosidad profunda, como si cada centímetro de piel fuera un mapa que necesitaba aprender de memoria. Deslizó las manos por sus costados, bajó las palmas por los músculos tensos del estómago, hasta llegar al borde de su cinturón. Con un solo movimiento, soltó la hebilla y desabrochó la bragueta con una suavidad que prometía más de lo que prometía.
Cuando sus dedos tocaron el calor que ya estaba respondiendo a su presencia, Mateo exhaló un suspiro largo, casi un gemido reprimido. Ella lo miró a los ojos mientras lo tomaba con cuidado, envolviéndolo en su palma, palpando su peso, su textura, la forma en que palpitaba bajo su tacto.
—No corras —dijo—. Yo ya estoy aquí.
Se inclinó, y primero besó la cabeza, con los labios húmedos y cálidos, luego rozó la punta con la lengua, una sola vez, lenta, explorando su sabor: salado, natural, suave. Mateo cerró los ojos. Sus dedos se entrelazaron en el cabello de Lía, pero no la detuvieron. Solo la sostuvieron, como un ancla.
Ella lo tomó más hondo, hasta la mitad, y se relajó, dejando que su garganta se abriera sin forzar. Su boca se movió con un ritmo que no era ni rápido ni lento, sino perfecto: una pausa, una succión leve, una bajada con el pulso de su muñeca, una pausa de nuevo. Cada vez, sus ojos se mantenían clavados en los de él, como si buscaran su aprobación, su entrega, su confianza.
—Sí —susurró Mateo, esta vez sin duda—. Así… sigue.
Ella sonrió, y volvió a bajar, esta vez hasta sentir su mano acariciar su muslo, subir por la curva de su cadera, rozar la base de su cuello. No necesitaba palabras. Solo el sonido de su respiración, cada vez más entrecortada, el leve arqueo de su espalda, la forma en que sus dedos apretaban la tela del diván.
Cuando finalmente su cuerpo se tensó, cuando el gemido que llevaba reprimido se desbordó en un hilo quebrado, Lía no se apartó. Lo mantuvo en su boca un instante más, saboreando el momento, hasta que su pulso se suavizó. Luego, con una sonrisa tímida y sincera, se levantó y se apoyó contra su pecho, recostando su cabeza en el lugar donde antes latía con fuerza.
—Gracias —dijo él, acariciándole el brazo.
Ella no respondió. Solo besó su clavícula, y el silencio que los envolvió fue más íntimo que cualquier palabra.
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