El sábado que mi vieja y yo lo cogimos juntos al vecino
7 minEl sábado que mi vieja y yo lo cogimos juntos al vecino
El sábado empezó como cualquiera: sol tibio entrando por la ventana del living, el olor a café recién hecho en la cocina, y Mariana sentada en el sofá, con una revista en las manos pero la mirada perdida en la calle. Tenía treinta y siete, piel morena clara, tetas medias pero bien firmes, con pezones que se le ponían duros si le tocaba el cuello. Yo, en cambio, seguía siendo el mismo tipo flaco de siempre, con barriga baja y un pene que no era grande, pero sí resistente, de esos que se erizan apenas le ponés la mano encima.
—¿Viste lo que me pasó hoy en el supermercado? —me dijo Mariana, sin levantar la vista—. El vecino, ese del número 14, me preguntó si necesitaba ayuda con las bolsas. Me miró la bata de ducha por debajo de la camiseta, claro. Me dijo que era un placer ayudar a una vecina tan… bonita.
Me di cuenta de que me estaba mirando a los ojos, con una sonrisa que no era del todo inocente. Me gustaba cuando hablaba así, con esa mezcla de coqueteo y provocación que le subía el pulso al alma.
—¿Y qué le dijiste? —pregunté, acercándome y sentándome a su lado. La palmeé en la muslo, por encima del pantalón.
—Nada —se encogió de hombros, pero se estremeció cuando le apreté un poco más—. Solo le sonreí. Pero me gustó que me mirara. Me gustó que supiera que lo estaba mirando a mí, no a la bata.
Esa noche, cuando el sol ya se había ido y la ciudad empezaba a respirar con calma, sonó el timbre. Mariana y yo nos miramos, porque sabíamos quién era: Lucas, el vecino del 14, alto, moreno, de those ojos claros que parecen de perra vieja, con un pene grande, lo sabíamos porque lo habíamos visto en la ducha del edificio una vez, por casualidad, cuando íbamos al baño de visitas.
—¿Lo abro? —pregunté, pero ya me había parado y me dirigía a la puerta.
—Abrí, pibe —dijo Mariana, con una voz que me puso el pelo de punta.
Lucas estaba parado en el umbral, con una botella de vino en una mano y una sonrisa torcida. No usaba camiseta, y se le veía el vello del pecho, oscuro y bien distribuido. Tenía un tatuaje en el antebrazo: una serpiente enrollada en una espada.
—Hola, chicos —dijo, entrando sin esperar respuesta—. Perdón por molestar, pero me acordé de que les dije que les traería un vino y… me pareció que era buen momento.
—Sos un ángel —dijo Mariana, acercándose y besándolo en la mejilla. Lucas le rozó la cintura con la mano, apenas, pero lo suficiente para que ella se estremeciera.
Nos sentamos en el living, con las botellas vacías y el vino corriendo por la sangre. Hablamos de todo y de nada: del trabajo, de la lluvia que venía, de una fiesta de cumpleaños que habían hecho los vecinos del quinto. Pero entre frase y frase, se formaba un calor distinto en el aire. Mariana se sentaba con las piernas cruzadas, pero las deshacía cada dos por tres, como si se le enfriaran. Lucas se sacaba la corbata aunque no la tenía puesta, se desabrochaba el primer botón de la camisa, y cada vez que se movía, el vello del pecho se movía con él, como si tuviera vida propia.
—¿Sabés qué me pasó hoy? —dijo Lucas, mirando fijamente a Mariana—. Estaba en la pileta, lavándome el pelo, y me acordé de vos. Me puse en esa posición, con el agua corriendo por el cuello… y pensaba en cómo sería tenerte encima, con las manos en mis hombros, y el pelo mojado.
Mariana se mordió el labio. Yo, sentado a un costado, sentí cómo me empezaba a poner duro. No por celos. Por deseo. Porque sabía que lo que venía era lo que habíamos planeado con calma, en voz baja, en la cama, después de que él nos había enviado esa foto de su pene, un día que nos equivocamos de mensaje.
—Y vos, ¿qué hacés cuando te acordás de mí? —preguntó Mariana, acercándose un poco más.
—Me pongo duro —dijo Lucas, sin rodeos—. Me pongo duro y pienso en cómo sería metérmelo adentro de vos, despacio, mirándote a los ojos mientras te agarro de las caderas y te hago gritar.
Mariana se levantó. Se sacó la camiseta, sin apuro, como si fuera lo más natural del mundo. Tenía los pechos pequeños pero firmes, con pezones rosados que se le pusieron duros apenas el aire los rozó. Lucas no apartó la mirada. Ni yo.
—¿Y si te lo muestro? —dije, y me levanté también. Me desabroché el pantalón, bajé la cremallera, y saqué mi verga. No era grande, pero estaba dura, bien dura, y el tipete ya se le ponía húmedo, como una boca que sabe que va a comer.
Lucas se paró. Me miró, luego a Mariana, luego a mí. Y se sacó la camisa.
—Sí —dijo—. Vamos a hacerlo.
Nos sentamos en el piso, con las almohadas del sofá detrás. Lucas se puso de rodillas frente a Mariana, y le abrió las piernas con las manos. Le bajó el pantalón y la brief, y la concha se le mostró, ya mojada, con el clítoris hinchado, como una nuez pequeña y dura. Le metí la lengua entre los labios, y sentí cómo se le encendía la respiración. Se le puso la espalda arqueada, las tetas rechinando contra el pecho. Lucas me reemplazó, y le metió la lengua adentro, con un ritmo que hacía temblar sus muslos.
Yo me puse detrás de Lucas y le froté la verga, que ya estaba dura, gruesa, con el prepucio pegado al corona. Le apreté los testículos, uno por uno, y sentí cómo se le puso más firme. Mariana se giró, me agarró de la cara, y me besó con fuerza, con la lengua metiéndose adentro como si quisiera comerme. Me deslicé hacia abajo, le separó los labios de la concha a Lucas, y le metí la boca entera. Lo lamí, lo chupé, le toqué los cojones con los dedos, y escuché cómo se le aceleraba la respiración.
—No puedo más —dijo Lucas, y se paró. Me empujó suavemente hacia atrás, y se puso frente a Mariana. Me miró y me dijo: —Tenés que ver esto.
Le agarró las caderas, las levantó medio metro, y le metió la verga de un jalón. Mariana gritó, pero no de dolor. De placer. Se le llenaron los ojos de agua, y se le cerró la boca mientras Lucas la cogía con fuerza, con un ritmo que hacía que sus tetas rebotaran. Yo me puse de rodillas frente a ellos, y le froté el clítoris con los dedos, mientras Lucas la cogía, la cogía, la cogía, hasta que Mariana se le vino encima, gritando su nombre como si no tuviera más aire.
—Ahora sí —dijo Lucas, y se sacó la verga, con un sonido húmedo, y se paró frente a mí.
—Me la querés meter? —me preguntó, agarrándome del cuello.
—Sí —dije, y me puse en cuclillas.
Me abrió el pantalón, me sacó la verga, que ya estaba pegada al abdomen, y me puso la mano en la nuca. Me metió la punta entre los glúteos, y cuando se metió, lo hizo todo de una. Se le clavó adentro, hasta el fondo, y yo sentí cómo se me llenaba la vida de calor, de dolor dulce, de placer que no había sentido desde que me había follado a mi primera novia, en el auto de su viejo.
—Sí, sí, sí —le decía, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Más fuerte.
Lucas me cogía, me cogía, con una fuerza que me hacía temblar las piernas, y Mariana se acercó, me agarró de los pelos, y me besó, mientras Lucas me follaba la boca, la boca del culo, hasta que yo me vine, sin querer, con un grito que me salió de lo más hondo.
Cuando todo terminó, nos quedamos en el piso, sudados, con el vino medio vacío y el silencio lleno de respiraciones. Mariana me abrazó por atrás, Lucas se acostó a mi lado, con la mano en mi muslo.
—Esto —dijo— es lo que me gusta de vosotros. No es solo el sexo. Es que lo hacés con el corazón abierto.
—Sí —dije—. Y vos lo hacés bien, pibe.
Y nos reímos, como imbéciles, con el vino en la mano y el cuerpo aún caliente.
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