El sábado que mi mujer y yo fuimos a ver cómo mi mejor amigo le chupaba los pechos a su esposa
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Yo creí que era una idea genial: invitar a mi mejor amigo, Carlos, y su novia, Lucía, a casa un sábado por la tarde, con cervezas frías, algo de queso, y una charla tranquila sobre “qué tal se veía todo en el mundo del *swinging*”. Carlos y yo nos criamos juntos, jugábamos fútbol en la calle, compartíamos hasta el último par de calcetines cuando estábamos en la universidad. Y Lucía… era todo lo contrario de mi mujer, Paola: rubia, alta, con esas caderas que parecían hechas para bailar cumbia, y una sonrisa que te desarmaba hasta los huesos. Paola, en cambio, era morena, de ojos oscuros y curvas que abrazaban como un abrazo de mamá. Siempre decía que era como ver dos versiones de la misma diosa: una suave, otra intensa.
Todo empezó bien. Nos sentamos en el sofá, con las botellas de *coronita* en la mesa baja. Carlos se reía de mis chistes viejos, Paola le servía más cerveza, y Lucía, sentada en el sillón, se mordía el labio mientras nos miraba con esa mirada que decía: *“Ya sé qué están pensando”*.
—¿Y si probamos algo? —dije, fingiendo casualidad, pero con la boca seca.
Paola me puso la mano en la pierna y sonrió, lenta. —¿Tú crees que Lucía también está pensando en eso?
Lucía se encogió de hombros, jugueteando con la etiqueta de la botella. —Depende… ¿de qué *eso* estén hablando?
Fue como un disparo de trueno en silencio.
Carlos se aclaró la garganta, pero sus ojos no dejaban de mirarle a Paola los pechos, que se veían bien bajo la blusa blanca que llevaba puesta. Paola, sin perder el hilo, se levantó, se sentó al otro lado de Carlos —entre él y Lucía— y le pasó una mano por el brazo.
—¿Te parece si le mostramos a Lucía cómo se chupan los pechos en mi casa? —dijo, con una sonrisa pícara.
Carlos tragó saliva. —¿En serio?
—Claro que en serio —respondió Paola—. Pero primero, Lucía tiene que estar de acuerdo.
Lucía asintió, ya sin temor, con los ojos brillantes. —Si él está de acuerdo…
Carlos no tardó ni un segundo. —Sí. Total, si ya le chupaba los pechos a mi ex… —y se rió, nervioso.
Me puse de pie y me acerqué a Lucía. Le acaricié una pierna, subiendo lentamente hasta el muslo, y le susurré al oído: —¿Te gusta ver?
Ella me besó en la mejilla y asintió. —Me encanta.
Paola se quitó la blusa con calma, dejando al descubierto su sostén de encaje negro. Se volvió hacia Carlos y le dijo: —Tú, agáchate.
Carlos lo hizo sin dudar. Se puso de rodillas frente a ella, con las manos apoyadas en sus muslos. Paola le tomó la cabeza y la empujó suavemente contra su pecho. Él inhaló hondo, luego abrió la boca y comenzó a lamerle el pezón a través del encaje. Paola suspiró, cerró los ojos, y me miró por encima de su hombro: —¿Ves cómo sabe hacerlo?
Lucía se acercó a mí y me desabrochó el cinturón, sin soltar mi mirada. —¿Quieres que te chupe también? —preguntó, con la voz más baja, más cargada.
—Sí —susurré—. Pero primero… quiero verte con él.
Carlos seguía chupando a Paola, con las manos ya en sus caderas, apretándole suave. Lucía se quitó el top y se puso de pie frente a mí, con el busto al descubierto, pechos pequeños pero firmes, pezones rosados y duros. Le acaricié uno, le dije: —Ahora sí, chupame.
Y mientras Carlos tragaba el sabor salado de Paola, Lucía me tomó la verga ya dura y me la metió en la boca, con una suavidad que me hizo temblar. Paola y yo nos miramos: los dos sabíamos que ya no había vuelta atrás. Ese sábado no iba a ser solo una charla.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.