El sábado que la concha de mi vecina se puso a garchar con tres tipos a la vez

El sábado que la concha de mi vecina se puso a garchar con tres tipos a la vez

@valentina_ruiz ·25 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (31) · 140 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que Valentina me confesó lo del sábado, me rió en la cara: «¿Viste cómo se te pone la cara cuando digo ‘garchar’?». Y sí, me puse rojo como un tomate, porque desde que nos conocimos en el supermercado —ella con dos bolsas de yerba, yo con un pack de cerveza—, siempre me había parecido una mujer seria, de esas que leen poetry books en el subte y no se ríen con cualquiera. Pero esa tarde, en su depto de Flores, con el sol entrando por la ventana del living y el aire acondicionado chasqueando como un perro aburrido, todo cambió.

—Vos decime si no querés —me dijo, poniéndose de pie y desabrochándose el cuello de la blusa—. Pero si decís que no ahora, después no me vengas con ganas.

Me acerqué. Ella tenía treinta y cinco, pechos chicos pero firmes, cintura fina y una concha que ya me había dado ganas de explorar la semana pasada, cuando me prestó un libro de Cortázar y se agachó a recogerlo. Yo la miré, sí, pero no dije nada. Y ella, como leyéndome la mente, me susurró: «Volvé cuando venga Lucas».

Lucas era su novio, alto, moreno, con manos grandes y una risa que sonaba a trueno lejano. Pero ese sábado, Lucas no iba. «Se fue a Mar del Plata con unos amigos», dijo Valentina, y me pasó una copa de vino tinto. «Sólo vos y yo». Pero cuando terminamos la primera copa, tocaron la puerta.

—¿Quién es? —pregunté, medio asustado.

—Nadie que no sepamos qué hace acá —respondió Valentina, y abrió.

Entra Sofía, la vecina del cuarto piso. Morena, curvilínea, con tetas grandes y una sonrisa que prometía líos. Venía seguida de Matías, un tipo del barrio, alto, tatuado, con una erección que se le marcaba hasta por la camiseta.

—Te dije que venía —le dijo Valentina a Sofía, y le dio un beso en la mejilla—. Él es el que me mira en el ascensor.

Matías me extendió la mano. Lucas se la apretó con fuerza.

—Tranqui, no me voy a enojar —dijo Valentina—. Hasta que no lo conozcan no podés ni acercarte.

Y así empezó: con miradas, con manos que rozaban, con palabras sueltas que se iban armando como un rompecabezas. Valentina se quitó la blusa, dejando ver un sujetador negro de encaje que apenas contaba con lo suyo. Matías se acercó, le pasó los dedos por la espalda, y ella se estremeció.

—Decile a Sofía que te ponga la mano ahí —susurré, y Valentina me miró como si yo fuera el único hombre que le había leído la mente.

Sofía se arrodilló frente a mí, desabrochó mi pantalón y me sacó el pene. Me gustó que no dijo nada, que me lo tomó con naturalidad, como si lo hubiera hecho mil veces. Y Valentina, mientras Matías le chupaba los pezones hasta que se pusieron duros como perlas, me miró y me dijo: «Quiero que me garchés ahora. Acá, sobre la mesa».

La mesa de madera, fría, con un borde desgastado por años de comidas en familia. Valentina se subió, abrió las piernas, y yo, ya duro y sudando, me puse entre ellas. Le aparté los pelos del rostro, le besé el cuello, y cuando me metí, su concha estaba caliente, húmeda, lista.

—Sí, así —gimió—, más profundo.

Matías, detrás de ella, le metía los dedos en la concha mientras Sofía me lamía la base, con su lengua tibia y sabrosa. Valentina se movía conmigo, arriba y abajo, con ese ritmo que solo tienen las mujeres que ya saben lo que quieren.

—Me voy —dijo, y su voz temblaba—. Me voy con los tres.

Matías le agarró la cintura, la apretó contra la mesa, y ella gritó, no de dolor, sino de ganas. Yo la seguí moviendo, con fuerza, y cuando sentí que se le ponía la concha más apretada, la apreté con las manos, le besé el hombro, y me vino la primera corriente.

—¡Ahora! —gritó Valentina.

Matías se metió dos dedos más adentro, Sofía me chupó la cabeza, y Valentina, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, vino con un gemido que sonó a trueno.

Y así, sobre esa mesa, con el vino tinto derramado, las luces bajas y el calor de tres cuerpos pegados, nos quedamos un rato sin decir nada.

—¿Otro sábado? —preguntó Valentina, aún sin bajar de la mesa.

—Si me dejás —respondí, y le besé la frente.

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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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