El sábado que intercambiamos a mi mujer con mi mejor amigo
7 minEl sábado que intercambiamos a mi mujer con mi mejor amigo
La primera vez que Daniel me propuso el intercambio, estaba sentado en el sofá de mi casa, con una cerveza fría en la mano y la luz del atardecer entrando por la ventana del comedor. Mi esposa, Lucía, estaba en la cocina, preparando café, con el delantal manchado de chocolate. Él nos miró a los dos, con esa sonrisa de quien ya ha decidido algo y solo espera que lo aceptes. Me miró y dijo, sin rodeos: «¿Y si nos lo montamos juntos, una vez?». Lucía se volvió, se secó las manos en la toalla y soltó una risita corta, como si no creyera que lo decía en serio. Pero yo ya lo había pensado. No con ansia, sino con esa frialdad calculadora que solo nace después de meses de insomnio y miradas de reojo.
Daniel y yo llevábamos veinte años juntos en la misma oficina, veinte años compartiendo cenas, vacaciones y hasta un par de borracheras que terminaron en emergencias hospitalarias. Éramos como hermanos. Y Lucía y él siempre habían tenido esa química silenciosa: una mirada demasiado larga en una reunión, una carcajada que se alargaba más de la cuenta cuando él le decía algo en voz baja. Pero nunca nada dicho. Hasta ahora.
Lucía se acercó, se sentó a mi lado y me susurró: «¿Tú qué quieres?». No era una pregunta retórica. Sabíamos que si decía que sí, todo cambiaría. No era solo sobre sexo. Era sobre confianza. Era sobre demostrarle a Daniel que no era un rival, sino un socio. Y era sobre ver si Lucía realmente quería dejarse llevar.
Aceptamos. No hubo más discusión. Solo una promesa: todo consensuado, todo seguro, todo transparente.
La noche del sábado llegó con una humedad pegajosa que se metía por las ventanas. Daniel llamó al timbre a las 21:15. Vestía un pantalón negro ajustado y una camisa abierta hasta el ombligo. No se disculpó por llegar tarde. Solo entró, besó a Lucía en la mejilla y me dio la mano con fuerza. «Vamos a por esto», dijo. Y eso fue todo lo que necesitamos.
La casa estaba silenciosa. Las luces del salón estaban tenues. En el suelo, una manta azul extendida frente al sofá, con dos cojines grandes y una botella de vino tinto abierta. Lucía ya había cambiado: una falda negra ceñida hasta las rodillas, una blusa blanca semi transparente, y los pechos redondos y firmes que ya no ocultaba desde que cumplió treinta y cinco. Daniel no disimuló. Sus ojos bajaron, se detuvieron en su pecho, y luego volvieron a subir, fijos en sus ojos.
—Me muero por verte así —dijo, con la voz áspera.
Lucía no respondió. Solo se acercó, tomó su vaso y se lo tendió. Él lo tomó con la mano temblorosa. No por nervios. Por ansiedad. La misma que yo sentía en la entrepierna.
Nos sentamos. Primero él. Luego ella. Yo a su izquierda. El vino corrió. Las risas vinieron después. No forzadas. Sino liberadas. Como si hubiéramos estado esperando diez años para soltar la presión.
Fue Lucía quien lo tocó primero. Puso su mano sobre su muslo, subió despacio, con lentitud deliberada, hasta rozar la tela del pantalón. Daniel se estremeció. No disimuló la erección que empezaba a marcar bajo el algodón. Yo la miraba, pero no con envidia. Con curiosidad. Con deseo. Con esa mezcla de control y entrega que solo da la confianza absoluta.
—Dile a él lo que quieres —dijo Lucía, sin apartar la vista de Daniel.
—Que me la meta —respondió él, sin vacilar.
Lucía sonrió. Y me miró. Yo asentí. Fue ese instante. Esa mirada. Esa confirmación muda. Todo empezó a moverse.
Daniel se puso de pie. Desabrochó la camisa, dejando al descubierto su pecho peludo y sus brazos tatuados con nombres y fechas. Se quitó los zapatos y se sentó en medio de la manta. Lucía lo siguió, sentándose a horcajadas sobre sus piernas, con las rodillas apoyadas en el suelo. Yo me puse de rodillas a su lado, con las manos en sus caderas, sintiendo el calor de su piel a través de la falda.
Ella se inclinó, tomó su pene con la mano, ya medio duro, y lo acarició con movimientos cortos y rápidos, mientras lo miraba fijo. Daniel respiraba pesado, con los ojos cerrados. Ella lo soltó, se levantó un poco, y se quitó la blusa. Los pechos le salieron, pesados y redondos, con los pezones hinchados y oscuros. Daniel los tomó con ambas manos, los apretó, los rodó entre los dedos, y luego se inclinó a lamer uno, con la boca abierta, con fuerza. Ella gimió. No un gemido suave. Un gemido gutural, de puta.
—Me lo quieres meter, ¿verdad? —le preguntó ella, mientras yo le desabotonaba la falda.
—Sí. Que me la meta de una vez.
Yo ya tenía la mano dentro de sus pantalones. Su pene era grueso, con el prepucio apretado y una punta húmeda. Lo sacudí un par de veces, con la mano firme, y luego lo sostuve con el pulgar y el índice, justo antes de la cabeza. Lucía me miró. Me guiñó un ojo. «Tú primero», susurró.
Me puse de pie. Me desabroché el cinturón y el botón. Saqué mi pene, ya duro y palpitante. Me acerqué a ella. Se apartó la falda hacia los lados, se bajó la tanga con una mano y me mostró su vagina, ya húmeda, con los labios abiertos, oscuros y hinchados. La empujé dentro con una sola estocada. Se hinchó todo su cuerpo. Gritó. No de dolor. De placer. Me aferré a sus caderas y empecé a sacar y meter, con golpes cortos y duros, mientras ella se meneaba sobre mí, buscando el punto exacto.
Daniel nos miraba, con los ojos casi negros de tanto deseo. Me agarré de su hombro y le dije, sin soltar el ritmo: «Tú la follas después. Ahora es mía». Ella asintió, con los dientes apretados, con la boca entreabierta, con la lengua fuera. Yo la cogía con fuerza, con ganas, con la rabia acumulada de años de contención. Mis dedos le marcaban la piel de sus caderas. Ella me decía «más fuerte», «sí, así», «no pares», como si fuera un mantra.
Daniel se levantó. Se quitó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento. Su pene estaba ahora fully erecto, grueso y largo, con los testículos bien colgados. Se acercó a Lucía, le puso una mano en la cabeza y le dijo: «Llévame a la boca». Ella lo tomó con ambas manos, lo acercó, y lo chupó con lentitud, con la lengua extendida, pasándosela por el cuerpo, por la cabeza, por el glande. Daniel se retorcía. Gritaba su nombre. «Lucía, mierda, Lucía», decía, con los ojos cerrados.
Yo seguía cogiéndola, con más fuerza, con más velocidad. Ella se inclinó hacia atrás, me puso las manos en los hombros, y empezó a subir y bajar sobre mí, con movimientos circulares, con un ritmo que yo no controlaba. Me miró, me sonrió, y me dijo: «Voy a venir. Tú también». Y así fue. Se le estremeció todo el cuerpo, se le tensó la espalda, y su vagina me apretó como un puño. Yo la seguí cogiendo. Le clavé las uñas en la piel. Y cuando ella se dejó caer sobre mí, con la cara entre mis hombros, yo me corrí dentro de ella, con tres embestidas largas y profundas, hasta que sentí el calor de mi semen en su útero.
Daniel nos miraba, con su pene aún en la mano, con los ojos fijos en Lucía. Me levanté. Me limpié con la camiseta. Me senté al lado. Daniel se acercó, se sentó a su espalda, la abrazó por la cintura, y le metió el pene dentro con una estocada brusca. Ella gritó. No por sorpresa. Por placer. Me miró, con los ojos medio cerrados, y me sonrió. «Ahora es su turno», dijo. Y así fue. Daniel la cogió con fuerza, con las manos en sus caderas, con los dientes apretados. Y la folló, con golpes largos, con embestidas que la hacían rebotar sobre él. Ella se aferraba a mis piernas, con los dedos clavados, con los ojos cerrados, con la boca abierta. Y cuando se corrió, esta vez por él, fue con un grito que se escuchó en todo el barrio.
Fue el mejor sexo de mi vida. No por la intensidad. No por la variedad. Porque lo hicimos juntos. Porque confiamos. Porque no hubo cel
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