El sábado me cogieron entre tres en la terraza de Camilo
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La cerveza estaba fría, pero el calor de sus cuerpos ya había subido el termómetro del patio. Camilo, con el pecho desnudo y las piernas abiertas sobre la manta de algodón, me miró con esa sonrisa de pendejo que solo pone cuando sabe que va a ganar. “Vas a llorar, carajo”, me dijo, y yo le respondí con un “¡Vete a la mierda, maricón!” pero ya me estaba desabrochando el pantalón, como si ya lo hubiéramos acordado desde la primera copa.
No era la primera vez que me tiraba a Camilo —habíamos hecho dos veces antes, en su cuarto, con la puerta cerrada y el aire acondicionado a full— pero esta vez había más. Había Laura, con su culo redondo y los pechos que se le salían del top de encaje, y había Andrés, el de las manos grandes y el pito largo como un mango maduro, que se había quedado callado todo el rato, mirándonos como si estuviera contando los latidos de nuestro corazón.
Laura se acercó primero. Se sentó sobre mi cara, sin avisar, y me metió el coño en la boca como si fuera un chicle. “Mamalo, perra”, le dije, y ella se rio, bajó la cabeza y me chupó la lengua mientras me chupaba el pito con la boca, sin parar, como si estuviera hambrienta. Yo le agarré las nalgas, las apreté hasta que se quejó, y metí dos dedos dentro de su coño, mojado como río en lluvia. Ella se movía como una serpiente, subiendo y bajando, hasta que se deslizó hacia abajo y me chupó el pito entero, hasta la raíz, con la garganta abierta.
Camilo ya se había quitado los pantalones y estaba sentado en el suelo, con su pito duro y pegado al vientre, mirando cómo Laura me mamaba. “Tú también”, le dijo, y ella se levantó, se puso de rodillas frente a él, y sin dudar, lo metió en la boca. Lo hizo con calma, lenta, como si estuviera probando el sabor. Lo succionó, lo chupó, lo lamió, hasta que él se agarró de su pelo y le gritó: “¡Más, perra, más!”. Ella lo hizo, hasta que él se corrió en su garganta, y ella tragó como si fuera agua.
Andrés no dijo nada. Solo se acercó detrás de mí, me agarró de la cintura, y me metió el pito en el culo sin avisar. Yo grité, pero no por dolor, sino por el choque del calor, del grosor, de la entrada violenta. “¡Joder, Andrés!”, solté, pero él no paró. Me empujó, me metió hasta la mitad, luego hasta el fondo, y empezó a moverse como un trillo. Yo me apoyé en Camilo, que me sujetó los pechos, me chupó los pezones, y me mordió el cuello. Laura se puso detrás de Andrés, le metió la mano en el pito y se lo chupó mientras él me cogía.
El pene de Andrés era grueso, caliente, y me reventaba el culo. Cada empujón me hacía temblar, y yo me dejaba ir, gritando, sudando, con los ojos cerrados. Laura me metió dos dedos en la boca y yo los chupé, mientras Camilo me lamía la oreja y me decía: “Estás rico, joder, estás tan rico que me voy a correr otra vez”.
Entonces, sin que nadie lo pidiera, Laura se acostó boca arriba, y Andrés se bajó de mí, se subió sobre ella, y se metió en su coño con un solo empujón. Ella gritó, “¡Mierda, qué grande!”, y él empezó a moverse con fuerza, como si estuviera luchando contra una marea. Camilo se acercó, se puso detrás de ella, le abrió las nalgas con las manos, y me miró: “¿Quieres verlo?”. Yo asentí, y él me metió el dedo en el culo, mientras yo miraba cómo Andrés le cogía el coño a Laura, con el pene entero dentro, y luego lo sacaba hasta la punta, y lo volvía a meter, con un sonido húmedo, pegajoso, que sonaba como una piel rozándose.
Yo ya estaba a punto, el pene me dolía de tanto querer correr, pero no me atrevía. Camilo lo entendió. Se bajó de Laura, se puso frente a mí, y me tomó el pito con la mano. “Ahora sí, pendejo”, dijo, y me lo chupó con fuerza, con la boca húmeda, con la garganta abierta, y mientras lo hacía, Andrés seguía metiéndose en Laura, y ella gritaba, “¡Sí, sí, sí!”, y yo sentí que el mundo se deshacía, que mis piernas se volvían agua, y que mi pene se disparaba como un cañón.
Me corrí en la boca de Camilo, con un grito que se perdió en el viento de la noche. Él tragó, se levantó, y me besó en los labios, con mi semen en la lengua. Laura ya se había corrido también, con los ojos cerrados, y Andrés, aún dentro de ella, se corrió con un gruñido, como un animal.
Nos quedamos así, tirados, sudando, con los cuerpos pegados, el olor de sexo, sal, y cerveza flotando en el aire. Nadie dijo nada. Solo Camilo, con la cabeza apoyada en mi hombro, murmuró: “¿Otra ronda, carnal?”.
Yo solo le sonreí, y le dije: “¡Vete a la mierda, maricón!”, pero ya tenía la mano en su pito, y él ya me estaba apretando el culo.
La noche no había terminado.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.