El sábado me cogieron entre tres

El sábado me cogieron entre tres

@lucia_noche ·28 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (11) · 79 lecturas · 7 min de lectura

La luz del sol se había ido hacía rato, dejando atrás un cielo teñido de púrpura y naranja, y la habitación olía a sudor, perfume caro y humedad. Lucía y Facundo estaban en el living, sentados en el sofá, las piernas entrelazadas, besándose con ansiedad, mientras Matías, su novio desde hacía dos años, los miraba desde la puerta del dormitorio, con la camiseta medio sacada y los ojos brillantes.

—¿Venís o no? —preguntó Matías, voz grave, con esa sonrisa que siempre precedía al caos.

Lucía se separó de Facundo, lamiéndose los labios, y le guiñó un ojo. —Vos, pija, siempre con la misma táctica: esperar a que yo esté hecha una mierda de desesperada para aparecer y decir “¿venís o no?”.

Facundo se levantó, estiró los brazos y se acercó, con las manos ya buscando caderas. —Sos vos la que no se cansa de pedirlo, linda. Cada vez que te tomo de las caderas y te garcho despacito, vos me decís: “¿Y si Mati se suma?” —y se volvió hacia su novio—. ¡Bienvenido al infierno que vos mismos construyeron!

Matías entró, cerró la puerta con un clic seco, y se quitó la camiseta. Tenía el pecho ancho, peludo, con una tatuaje en la clavícula que decía *miedo a nada*. Facundo ya tenía las manos bajo la remera de Lucía, desabrochándole el sujetador con movimientos rápidos y seguros. Ella se arqueó, dejando que los pechos le salieran, duros, hinchados, y se los llevó a la boca. Los chupó uno por uno, con suavidad primero, luego más fuerte, hasta que Matías se acercó y le pasó la mano por el pelo, frotándole el cuero cabelludo.

—Decime qué querés, linda —murmuró, voz ronca—. ¿El pene gordo o el que te saca los ojos?

Lucía se separó de los pechos, con la lengua aún jugando en los pezones, y miró a los dos. Facundo tenía el pene ya medio duro en los pantalones, apretado, húmedo, mientras Matías, más alto, más musculoso, lo tenía todo mostrado: grueso, derecho, con la cabeza rosada y hinchada, gotitas de preseminal brillando en el meato.

—Quiero los dos —dijo, voz temblorosa—. Quiero que Facundo me meta la lengua hasta la garganta y que vos, Mati, me garches por atrás, lento, hasta que me desgarrés.

Facundo la levantó sin esfuerzo y la sentó en el borde del sofá, mientras Matías se desabrochaba el cinturón. Ella se deslizó los pantalones por las piernas, dejando expuesta la concha, pelada, húmeda, los labios mayores abiertos, ya palpitando.

Facundo se arrodilló entre sus muslos, le separó los labios con el pulgar y el índice, y se metió la lengua adentro, profundo, rozando el clítoris con el borde de la punta. Ella gritó, se agarra del respaldo, los nudillos blancos.

—¡Mierda, Facu! ¡No me lo estés chupando así que ya me voy!

—Querés que me vaya rápido o querés que te lo saque todo hasta que no te acuerdes de tu nombre? —y sin esperar respuesta, volvió a hundir la lengua, esta vez metiendo dos dedos, curvados, buscando el punto blando del fondo, mientras con el pulgar le daba vueltas al clítoris, apretando, presionando, frotando.

Lucía se arqueó como un arco, los ojos cerrados, la boca entreabierta, jadeando. Matías ya tenía el pene en la mano, lubrificándose con una gota de saliva, y se acercó por atrás, le separó las nalgas con las palmas, le pasó el dedo por el ano, luego por la entrada de la concha, y la empujó con la punta del pene, sin apuro.

—Está muy apretada —dijo, voz tensa—. Como si nunca la hubiera cogido nadie.

—Sí la cogiste, Mati —dijo Lucía, voz quebrada—. La cogiste ayer, antes de que llegara Facu… pero hoy la voy a romper.

Facundo la soltó un segundo y le metió la lengua en la boca mientras Matías se empujaba adentro, un centímetro, otro, hasta que la punta del pene tocó el fondo. Ella gritó, no de dolor, sino de placer puro, una especie de lamento gutural. Matías la cogió con fuerza, con las manos en sus caderas, y empezó a sacar y meter, despacito, con la cabeza gacha, viendo cómo su pene desaparecía en su cuerpo.

—Mirá, Facu —dijo Matías, sin soltarla—. Mirá cómo se le llenan los ojos de agua cuando la jodo fuerte.

Facundo se puso detrás de Lucía, le pasó los brazos por debajo de los hombros, y le metió los dedos en la concha, dos esta vez, mientras Matías aumentaba el ritmo. Lucía se desmayaba entre los dos, los ojos vidriosos, el cuerpo temblando.

—¡Me voy! —gimió, voz ahogada—. ¡Me voy ahora, mierda!

Facundo le apretó el clítoris con dos dedos, mientras Matías le clavaba el pene hasta el fondo y lo sacaba de golpe, girando la cadera, empujando con la punta contra la pared de adelante. Ella se desgarró en un grito agudo, el cuerpo convulsionando, la concha apretándose alrededor del pene, como si lo quisiera tragar.

Matías no lo dudó. La sujetó más fuerte, y con un último empujón brutal, le metió el pene hasta la raíz, y se corrió, con un gruñido gutural, los ojos cerrados, la espalda arqueada.

—¡Vos también, Facu! —le gritó Lucía, sin soltarlo, con la voz rota—. ¡Correte en mi boca!

Facundo se levantó, la tomó de la nuca y le metió el pene en la boca, ya medio blando pero todavía grueso, y ella lo chupó con fuerza, con la lengua, con los labios, hasta que él se corrió con un gemido largo, derramándole el semen en la garganta.

Lucía se apartó, con el labio hinchado, la saliva corriendo por el mentón, y se volvió hacia Matías. Él la tenía abrazada, la cabeza contra su pecho, sudorosos, agotados, pero sus manos seguían moviéndose, acariciando, explorando.

—¿Otra vez? —preguntó Matías, sin siquiera respirar, como si ya supiera la respuesta.

Lucía le sonrió, le pasó la mano por el pelo y le mordió la oreja. —Si vos me volvés a meter ese pene en la concha, Mati… yo te juro que no vas a poder caminar la semana que viene.

Facundo se sentó a su lado, le limpió la boca con el pulgar, y le susurró al oído: —¿Y si ahora me tomo tu culo, linda?

Ella se estremeció, y sin decir una palabra, se puso de rodillas frente al sofá, le dio la espalda a los dos, y se abrió con las manos, mostrando el ano, apretado, rosado, listo para recibir.

Matías se levantó, se frotó el pene contra su muslo, ya medio duro otra vez, y le dijo a Facundo: —¿Te bancás agarrarle las caderas?

Facundo asintió, le tomó las caderas con fuerza, y Matías se puso detrás, le pasó el dedo por el ano, lo estiró con cuidado, y luego se empujó adentro, un centímetro, otro, hasta que su vientre chocó contra el culo de Lucía.

Ella soltó un gemido profundo, casi animal, y se llevó las manos a los pechos, apretándose los pezones, mientras Facundo le chupaba el cuello, le mordía el hombro, y Matías empezó a moverse, con la cabeza gacha, los dientes apretados, con el pene hinchado y sangrando un poco de tanto gozar.

No hubo más palabras. Sólo el sonido del cuerpo chocando, el jadeo entrecortado, el llanto de placer que se iba convirtiendo en un lamento bajo, y el olor a sexo, a sal, a sudor y a semen, que llenaba la habitación como un himno.

Hasta que Lucía, entre los dos, con los ojos cerrados, el cuerpo temblando, gritó: —¡Me lo corpen los dos! ¡Ahora! —y se desgarró otra vez, con los dos pene dentro de ella, uno en la concha, otro en el culo, y ellos, a la vez, se corrieron, como si fuera una sola persona, como si el placer no tuviera dueño.

Y cuando todo terminó, cuando el silencio volvió, y los tres estaban tendidos en el sofá

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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

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