El sábado me cogieron entre tres

El sábado me cogieron entre tres

@valeria_storm ·28 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (40) · 101 lecturas · 4 min de lectura

La puerta del loft se abrió con un clic seco, y Valeria entró con los tacones altos clavados en el piso de madera. Llevaba un vestido negro ceñido hasta la cadera que dejaba al descubierto sus muslos firmes, la espalda descubierta y el escote profundo donde se notaba el borde de un sostén de encaje negro. Hacía una hora que había llegado el mensaje: *“Vengan a casa. Hay quien quiere conocerte.”* No supo quién —solo sabía que eran dos: Leo, el amigo de un amigo que siempre sonreía con los dientes muy blancos, y Santiago, su novio actual, que la miraba como si la estuviera desvistiendo desde el umbral.

—Te esperábamos —dijo Leo, sentado en el sofá, con las piernas abiertas y una botella de tequila en la mano. Llevaba una camiseta negra que le quedaba pequeña, y Valeria vio cómo se le marcaba el pecho, los brazos, el vientre plano. No dijo más. Solo la miró y le palmeó el asiento a su lado.

Santiago cerró la puerta detrás de ella, se quitó la chaqueta y se acercó sin prisa. Tenía los ojos oscuros, las manos en los bolsillos, pero Valeria ya sabía lo que eso significaba: quería tocarla. Y no iba a esperar a que ella lo pidiera.

—¿Te gustaría que te quitara el vestido? —preguntó, acercándose hasta que sintió su aliento en la oreja.

Ella asintió, apenas un movimiento, y él ya estaba allí, los dedos bajo el hilo del vestido, deslizándolo por los hombros. Cayó al suelo como una sombra, y Valeria quedó en ropa interior: el encaje negro, las medias de malla, los tacones. Leo se puso de pie entonces, la alcanzó por la cintura y la giró hacia él. Sus dedos, gruesos y seguros, le palparon los muslos, subieron hasta la entrepierna, rozaron el borde de la slip que le cubría la vulva hinchada ya de anticipación.

—Huele rico —dijo, inclinándose y frotando su nariz contra su clítoris, que ya palpitaba bajo el tejido.

Santiago se arrodilló a su espalda, le separó las nalgas con ambas manos y le metió la lengua entre ellas, trazando el camino hacia su ano, rozándolo con suave, luego más fuerte, hasta que ella gimió, arqueando la espalda. Leo, en ese instante, ya le había bajado la slip y se la había deslizado por los talones. Ahora tenía su vulva completamente al descubierto, los labios húmedos, el clítoris tieso y brillante.

—Voy a meterle la lengua ahí adentro —advirtió Leo, y así lo hizo: la empujó contra el sofá, le abrió con los dedos los labios mayores y empezó a lamerla con saña, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua dentro mientras Santiago le chupaba los pechos, tirando de los pezones con los dientes, hasta que Valeria sintió que se le ponía la piel de gallina.

—Quiero su pene dentro —susurró, jadeando.

Leo se levantó, se desabrochó el pantalón, lo bajó hasta las rodillas y sacó su polla: gruesa, tiesa, la punta húmeda, ya visiblemente excitada. Santiago, meanwhile, ya se había quitado la camisa, se desabrochó el cinturón y se sacó el pene también, más delgado pero igual de durísimo. Valeria los miró, uno a uno, y les dijo:

—Empiecen por dentro.

Leo le agarró la cadera y la giró, le pidió que se arrodillara sobre el sofá, con las manos apoyadas, las nalgas en el aire. Le separó los labios con los dedos y empujó su polla con un movimiento rápido y seguro. Valeria gritó, los ojos cerrados, sintiendo cómo el grosor la rellenaba todo, cómo su vientre se contraía al sentir la base del pene, el roce constante contra su clítoris cuando Leo empezó a moverse: entraba, salía, entraba, con una cadencia feroz.

Santiago, entonces, se puso detrás de ella, le abrió las piernas más, le pidió que se inclinara un poco, y con la punta de su polla rozó su ano. Ella sintió el roce áspero, el calor, y luego… la entrada. No esperó a que le pidiera permiso: ella misma empujó su cadera hacia atrás, y Santiago entró, lento, pausado, hasta el fondo. Valeria gimió, los dos hombres dentro de ella: uno por atrás, uno por delante, y ella entre ellos, con las uñas clavadas en el sofá, la boca entreabierta, los ojos vidriosos.

Leo se dejó llevar, aceleró, y cuando sintió que se acercaba, le dio un golpe seco en la cadera para que ella supiera: *ahora*. Santiago, que ya la estaba corriendo con fuerza, se agarró a sus caderas y se corrió dentro de su ano, el calor de su semen golpeando sus paredes internas. Valeria, al mismo tiempo, sintió cómo Leo se corría dentro de su vagina, el chorro caliente, el temblor que le recorrió los muslos.

Se quedaron así un rato, sin hablar, con el aire caliente del loft pegándoles a la piel. Valeria, aún arrodillada, sintió el sudor en la nuca, la polla de Leo aún dentro de ella, la de Santiago que, al retirarse, dejó un rastro húmedo y caliente en su piel.

—¿Otra ronda? —preguntó Leo, sin soltarla.

Ella sonrió, le besó el hombro, y le dijo: —Apenas terminen de respir

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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