El sábado me cogieron entre tres
10 minEl sábado me cogieron entre tres
La primera vez que vi a Camila fue en la fiesta de cumpleaños de un amigo común. Yo estaba solo, apoyado contra el balcón del penthouse, con un whisky de más que me sabía a poco. Ella entró como una ráfaga de calor: pelo castaño oscuro recogido en un nudo desordenado, blusa blanca abierta hasta el ombligo, shorts ajustados y sandalias de taco fino que hacían vibrar sus tobillos cada vez que caminaba. No me miró de inmediato. Me vió cuando ya estaba con otro par de personas, riéndose con esa risa que no intentaba ser coqueta pero lo era igual. Me miró. No fue un flechazo. Fue algo más lento, más húmedo. Como una brasa que se enciende despacio, sin ruido.
Se llamaba Camila. Tenía treinta y dos años. Casada. Con un marido que, según todos los rumores, ya no la tocaba. Y yo… yo tenía treinta y cinco, soltero, sin historias que contar, con la piel cansada de tanto tacto virtual y los ojos secos de tanto mirar pantallas.
Esa noche, la vi hablar con su marido, Diego. Alto, moreno, mirada de perro guardián. Se le acerqué. Le dije algo de que el hielo se estaba derritiendo en los vasos y que quería saber si me había traído una botella extra. Él asintió, distraído. Ella, entre risas, le dijo: “Diego, este es Joaquín. Dijo que te quería robar un poco de tu tiempo.” Y él, sin mirarme, respondió: “Pues no me la gastes, Camila. Ya has usado la tuya por hoy.” Ella se encogió de hombros, sonrió y me dio una sonrisa que solo yo entendí. Una sonrisa de promesa.
Diego se fue a la cocina. Yo me acerqué a Camila y le ofrecí un dedo de mi whisky. Ella lo tomó con las dos manos, como si fuera un talismán, y me dijo: “Gracias. Me gustan los hombres que saben esperar.” Yo le pregunté si creía en los destinos. Ella se encogió de hombros otra vez y respondió: “Solo en lo que puedo tocar.” Y en ese momento, su dedo índice rozó el dorso de la mía. Justo donde una vena latía más fuerte.
Esa fue la primera vez que sentí el calor de lo que venía. No fue un pensamiento. Fue una sensación física. Como un hilo que se tensa y no se rompe, pero sí, se calienta.
Dos semanas después, Diego me llamó. Le había dicho Camila, obvio. Me invitó a su casa, un departamento pequeño pero con vista al río, en el sur de la ciudad. Me pidió que llevara vino. No dije nada. Llegué con una botella de Malbec y una botella de agua. Camila abrió la puerta con una bata de algodón que le quedaba corta y abierta por la espalda. Diego estaba en el sofá, con una camiseta oscura y los pies descalzos. Me ofreció una cerveza. Le dije que no. Me senté. Camila se sentó al lado de Diego, pero con las piernas abiertas, las plantas de los pies apoyadas en el suelo, como si estuviera preparada para levantarse. Pero no lo hizo.
Diego habló primero.
—Sé que has estado mirando a mi esposa.
No fue una acusación. Fue una afirmación, como si ya lo hubiera resuelto en su cabeza.
—Sí —respondí, sin bajar la vista.
—¿Y qué harías si te dijera que no?
—Entonces no lo haría.
—Pero no lo dije. Dije *si*. Y no lo dije para impedir. Lo dije para saber si lo pensarías.
Silencio. Camila se volvió hacia mí, con los ojos entreabiertos, como si me estuviera midiendo.
—¿Te gustaría estar con nosotras? —preguntó Diego.
—Con vosotros —corregí.
—Con vosotros —repitió.
No hubo duda en mi voz.
—Sí.
—¿Y si es solo con ella?
—También sí.
—¿Y si es los tres?
—También sí.
Diego se levantó. Camila no se movió. Él caminó hasta la cocina, abrió la nevera, sacó otra botella de agua y se la ofreció a Camila. Ella la aceptó, pero no la abrió. Se la pasó a mí.
—Tú abrela —dijo Diego.
Lo hice. Ella bebió de la misma botella, pero no me la devolvió. Se la pasó a Diego. Él bebió también. Y luego me la devolvió. Me miró a los ojos y dijo:
—El viernes, a las ocho. Tú vendrás. Camila ya estará aquí. Te esperarás en la sala. No toques nada. No hables. Solo espera. Si ella te llama, vas. Si no, esperas. ¿Entendido?
—Sí.
—Y si Camila te dice que no, te vas. Sin discusiones. Sin preguntas. Sin vergüenza. ¿Entendido?
—Sí.
Diego se sentó de nuevo. Camila se puso de pie. Se quitó la bata. No era una provocación. Era una entrega. Se puso de cara a mí, con las manos a los lados, como si me estuviera presentando. Me miré los pies. Me miré las manos. Me miré la respiración. Y luego la miré. Ella tenía las tetas firmes, los pezones oscuros, los pezones que se endurecieron apenas sentí su mirada. Tuve que tragar. Porque no era solo la carne. Era la confianza. Era la seguridad. Era el hecho de que Diego estaba ahí, sentado, viendo, decidiendo.
—¿Te gustan mis tetas? —preguntó.
—Sí.
—¿Y si te digo que las voy a usar para alimentar a mi marido, pero que te dejaré usarlas contigo?
—Entonces te diré que me encantaría.
—¿Y si te digo que te las dejaré usar, pero que Diego las sostendrá mientras tú me tocas?
—Entonces te diré que me muero por probarlo.
Diego se levantó otra vez. Camila se sentó sobre sus piernas, con la espalda pegada a su pecho. Él le pasó los brazos por la cintura, la abrazó. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y besó su hombro. Me miró por encima del hombro de Diego.
—¿Te gusta verme así?
—Me mata.
—Entonces espera. Aún no es tu turno.
Diego le acarició el estómago. Yo no me moví. Respiré. Me concentré en el sonido de la respiración de Diego, en el ritmo de la de Camila, en el calor que se estaba armando en esa habitación como una ola que se acerca a la orilla.
—Diego —dije—. ¿Puedo tocarla?
—Sí —respondió él—. Pero solo si ella te lo permite.
Camila se giró un poco y me tendió la mano.
—Ven.
Me levanté. Me acerqué. Me senté en el suelo, entre sus piernas. Ella me tomó la cara con las dos manos y me besó. No fue un beso de deseo. Fue un beso de prueba. De medición. De confirmación. Me mordió el labio inferior y me susurró al oído:
—Si te detienes, Diego lo sabrá. Si te mueves rápido, te castigará. Si me tocas como ella quiere, te dejaré hacerlo.
—¿Y si yo quiero más?
—Entonces me lo pedirás. Pero no serás tú quien decida cuándo.
—¿Y si yo le pido a Diego que me deje hacer lo que quiero?
—Entonces te castigará. Y yo te ayudaré.
Me puse de pie. Diego me quitó la camiseta. No era una orden. Era una costumbre. Me quitó los zapatos, los pantalones, los boxers. Me dejó solo, en ropa interior, con la respiración agitada. Camila se puso de pie frente a mí. Me tomó la erección con una mano y me dijo:
—Tienes un pene hermoso. Grande. Duro. Mío si yo lo digo. Tuyo si yo te lo permito.
—¿Puedo besarla? —pregunté.
—No —dijo Diego.
—Entonces puedo besarle el pecho —dije.
—Sí —dijo Camila.
Me arrodillé. Le besé el ombligo. Le besé el pecho. Le pasé la lengua por uno de los pezones. Ella gimió. No fue un grito. Fue un susurro. Un gemido que no quería romper la tensión. Diego me dijo:
—Sube. Quiero ver cómo la tomas.
Me puse de pie. Camila se sentó en el sofá. Diego se puso de pie detrás de ella. Le separó las piernas. Me indicó que me pusiera entre ellas. Me coloqué frente a su rostro, con la cabeza hacia abajo. Ella me tomó la cara y me dijo:
—Mírame. Mira mis ojos. No mires a Diego. Solo mírame.
Hice lo que me dijo. Ella me tomó la lengua y la metió en su boca. Me pasó la mano por la nuca y me obligó a besarla. Me separé. Me puse entre sus piernas. Le aparté los labios con los dedos. Vi su vagina. Húmeda. Oscura. Perfecta. Me acerqué y le besé el clítoris. Ella se estremeció. Diego me dijo:
—Más fuerte.
Le lamí. Más fuerte. Le chupé el clítoris. Ella se arqueó. Diego me dijo:
—Ahora, levántate. Quiero ver cómo la meneas.
Me puse de pie. Camila me tomó el pene y lo frotó contra su vagina. Me dijo:
—Entra. Pero no rápido. Si te sales, Diego te castigará.
—¿Y si no entro?
—Entonces te castigará igual.
Metí la punta. Ella me abrió con los muslos. Me dejó entrar. Lento. Muy lento. Sentí su calor. Sentí su tensión. Sentí su deseo. Diego me dijo:
—Ahora, mueve las caderas. Como si fueras a hacerle daño. Como si fueras a hacerla gritar. Pero no la hagas gritar. Hasta que yo lo diga.
Moví las caderas. Ella se mordió el labio. Diego le dijo:
—Camila, ¿te gusta?
—Sí —dijo ella—. Pero quiero más.
—Entonces pídeselo a Diego.
—Diego —dije—. ¿Puedo meterla toda?
—Sí —dijo él—. Pero si te sales, te castigo.
—Gracias —dije.
Metí todo. Hasta la raíz. Ella soltó un grito ahogado. Diego me dijo:
—Ahora, agárrala de los pechos. Como si fueras a partirla. Como si fueras a hacerla mía.
Le agarré los pechos. Le apreté los pezones. Ella se arqueó. Diego me dijo:
—Ahora, hazla gemir. Hazla decir tu nombre.
Hice lo que me dijo. Le lamí el cuello. Le mordí el hombro. Le dije al oído:
—Camila. Camila. Camila.
Ella soltó un grito. Diego me dijo:
—Ahora, para.
Dejé de moverme. Ella gimió. Diego me dijo:
—Saca el pene. Ahora. Lentamente.
Lo hice. Ella soltó un gemido de frustración. Diego me dijo:
—Levántate. Anda a la cocina. Toma una botella de agua. Bebe. Y cuando vuelvas, vamos a ver si te mereces a mi esposa.
Fui a la cocina. Bebí. Me miré en el espejo. Me vi sudado. Me vi con los ojos brillantes. Me vi con la ropa desordenada. Me vi con la erección que no se iba. Volví. Camila estaba de pie. Diego estaba sentado. Ella me dijo:
—Vuelve a acostarte.
Me acosté boca abajo. Diego se puso detrás de mí. Me quitó los boxers. Me puso una mano en la nuca y me dijo:
—No te muevas. Si te mueves, te castigo.
Me metió dos dedos en la boca.
—Chupa.
Lo hice. Me dijo:
—Ahora, chupa más fuerte.
Lo hice. Me dijo:
—Ahora, tráetelo.
Le pasé la lengua por el dedo. Me lo sacó. Me dijo:
—Ahora, levántate. Quiero ver cómo te meneo.
Me puse de pie. Diego me dio una bofetada en la cara. No fue dura. Fue una advertencia. Me dijo:
—Ahora, inclínate. Párate en cuatros. Como un perro. Como si fueras a servirme.
Lo hice. Camila se puso detrás de mí. Me tomó los testículos y me dijo:
—Tienes una buena postura. Ahora, si te mueves, te muerdo.
Diego me metió el pene en el culo. Lento. Muy lento. Sentí el calor. Sentí la tensión. Sentí la humedad. Me dijo:
—Ahora, mueve las caderas. Como si fueras a hacerme daño. Como si fueras a hacerme gritar. Pero no me hagas gritar. Hasta que yo lo diga.
Moví las caderas. Él gimió. Camila me dijo:
—¿Te gusta esto?
—Sí —dije—. Pero quiero más.
—Entonces pídeselo a Diego.
—Diego —dije—. ¿Puedo moverme más rápido?
—Sí —dijo él—. Pero si te sales, te castigo.
Moví más rápido. Él me dijo:
—Ahora, para.
Dejé de moverme. Él me dijo:
—Saca el pene. Lentamente.
Lo hice. Camila me dijo:
—Ahora, gira.
Me giré. Me puso un dedo en la boca.
—Chupa.
Lo hice. Me dijo:
—Ahora, chupa más fuerte.
Lo hice. Me dijo:
—Ahora, tráetelo.
Le pasé la lengua por el dedo. Me lo sacó. Me dijo:
—Ahora, levántate. Quiero ver cómo te meneo.
Me puse de pie. Camila me dio una bofetada en la cara. No fue dura. Fue una advertencia. Me dijo:
—Ahora, inclínate. Párate
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.