El regreso del tren de medianoche

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La estación de San Cristóbal olía a hierba mojada y carbón quemado. Eran las doce y doce de la noche, y el último tren de la temporada se detuvo con un quejido de ruedas oxidadas. Nadie bajó, excepto él. Un hombre de abrigo oscuro, sombrero calado y un maletín de cuero que no soltó ni al subir los escalones de madera. Lucía una barba recortada, precisa, y una mirada que no se detenía en nadie, aunque todos parecían notar su presencia.

Clara estaba sentada en el banco del andén, como si lo esperara. No se movió al verlo, solo levantó el rostro, apenas un segundo, y él asintió con lentitud. No hubo saludo, ni gesto excesivo. Solo eso: un reconocimiento silencioso, como si ambos recordaran algo que nadie más había visto.

Habían pasado tres años desde la última vez que se vieron. Tres años en los que Clara había construido una vida ordenada, con paredes blancas, almuerzos familiares los domingos y un marido que regresaba puntual cada noche. Pero ninguna rutina apaga del todo un fuego que nunca se extinguió. Y aquella noche, el tren había vuelto. Y él también.

Caminaron sin hablar por las calles empedradas del pueblo dormido. El aire era espeso, cálido, como si la lluvia fuera a caer en cualquier momento. Las farolas proyectaban círculos amarillos sobre el suelo, y sus sombras se fundían en una sola. Clara llevaba un vestido de seda azul, ajustado en la cintura, con un escote que revelaba apenas lo suficiente como para que él no dejara de mirarlo de reojo.

—Pensé que no volverías —dijo ella, sin mirarlo.

—Tampoco yo —respondió él, con voz baja, casi grave—. Pero aquí estoy.

No era una justificación. Era un hecho. Como el olor del mar que empezaba a sentirse en el aire, o el sonido lejano de las olas rompiendo contra las rocas. Llegaron a la casa de la colina, la que daba al acantilado. Nadie los vio entrar. Nadie los esperaba.

Dentro, todo estaba como lo recordaba: la lámpara de pie junto al sillón, el piano sin tocar, la ventana abierta de par en par, como si hubiera estado esperando su regreso. Clara encendió una vela. La luz tembló sobre las paredes, dibujando formas cambiantes.

Él dejó el maletín en el suelo. No lo abrió.

Se miraron. No con urgencia, sino con una lentitud que parecía desafiar el tiempo. Ella dio un paso. Luego otro. Él no se movió. Solo la dejó acercarse, hasta que el calor de sus cuerpos se rozó sin tocarse.

—No tengo que preguntarte si estás segura —dijo él.

—No —respondió ella—. No tienes que preguntarlo.

Entonces, por fin, él levantó la mano. No para tomarla, sino para tocarle el cabello, suave, apenas un roce. Un dedo siguió la línea de su cuello, lento, como si midiera el pulso de un recuerdo. Clara cerró los ojos. No por placer, sino por reconocimiento. Como si su piel hubiera esperado ese contacto durante años.

El vestido cayó sin prisa. No fue un despojo, sino una entrega. Y él no se apresuró. Observó cada centímetro que quedaba al descubierto, como si lo estuviera memorizando. Luego, la tomó de la mano y la guió hacia el sillón. No hubo palabras. Solo el crujido del cuero, el suspiro del aire, el latido de dos corazones que no habían olvidado el ritmo del otro.

Fuera, el mar seguía golpeando la costa. Dentro, el tiempo se detuvo. No fue un acto de rebeldía, ni de culpa, ni de venganza. Fue un encuentro. Como si dos piezas de un mismo rompecabezas, separadas por error, hubieran encontrado al fin su lugar.

Cuando el cielo empezó a clarear, él ya no estaba. Solo quedaba el vestido doblado sobre el sillón, la vela apagada y una nota sobre la mesa: *Gracias por no olvidar.*

Y en el aire, el perfume de la lluvia, mezclado con el eco de un abrigo oscuro que se perdió entre los árboles.

También en: RománticoPrimera vez

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