El regreso del gallo prieto
Había pasado un año desde la última vez que vi a Camila, y aunque su nombre no sonaba en mi boca todos los días, su recuerdo se me colaba en las noches calientes, cuando el calor del trópico pegaba la camiseta al pecho y el silencio del cuarto solo lo rompía el zumbido del ventilador y el roce sordo de mi mano en el pito. Ella era de esas mujeres que no se olvidan: pelo negro hasta la cintura, ojos grandes que hablaban más que su boca, y una cadera que se movía como si estuviera bailando salsa aunque estuviera quieta. Y el culo… Dios, el culo de Camila era una promesa que yo ya había cumplido una vez, hace mucho tiempo, en un verano que terminó en silencio y sin despedidas.
Nos conocimos en Medellín, en una de esas fiestas de fin de semana en El Poblado, donde el trago corría como agua y las miradas se enredaban antes de que los cuerpos lo hicieran. Yo era más joven, más arrecho, más dispuesto a meterme en líos que sabía que no iban a durar. Ella, una arquitecta recién egresada, con aires de ciudad pero con sangre de monte adentro. Nos miramos, nos sonreímos, y sin decirnos nada, nos fuimos caminando juntos hacia un taxi, como si ya nos conociéramos de toda la vida.
Esa noche fue fuego puro. La llevé a mi apartamento en Laureles, un lugar pequeño pero con vista a las luces de la ciudad. No hubo preámbulos. En cuanto cerró la puerta, se me echó encima, me besó como si quisiera robarme el aliento, y sus manos fueron directo a mi cinturón. Me bajó el pantalón con una urgencia que me encendió el alma. “Quiero sentirte completo”, me dijo al oído, y yo, que nunca había sido de andar con rodeos, le bajé el vestido y le mordí un hombro mientras ella me agarraba el pito con esa mano suave pero decidida.
Pero esa noche no fue solo sexo. Fue cuando le pedí, casi en broma, casi en serio: “¿Me dejas entrar por atrás?”. Y ella, después de un segundo de duda, me miró y dijo: “Si me cuidas, sí”. Y ahí, en medio de sudor y jadeos, entre el olor a perfume y a sexo, le abrí el culo con lentitud, con miedo, con devoción. Primero un dedo, luego dos, humedecidos con saliva y con el jugo que le corría de adentro. Y cuando entré, fue como si el mundo se detuviera. Ella gritó, no de dolor, sino de placer, un grito largo que se perdió en la música que aún sonaba en el celular.
Después se fue. Sin explicaciones. Solo un mensaje: “Gracias por todo, Diego. Pero esto no puede ser”. Y así, como si nada, desapareció.
Hasta hoy.
La vi entrar al café de la esquina, ese que tiene las mesas de madera vieja y las sillas que crujen cuando te mueves. Llevaba un vestido verde, ceñido, y tacones que marcaban cada paso como si estuviera anunciando su regreso. Me miró, sonrió, y sin pedir permiso, se sentó frente a mí.
—¿Aún te late el pito con solo verme? —me dijo, sin rodeos.
—Como el primer día —le respondí, sin mentir.
No hablamos mucho. Solo nos miramos, como midiendo el tiempo perdido. Y luego, como si el destino nos empujara, pagó la cuenta y me dijo: “Vamos a tu casa”.
Subimos en silencio al taxi. En el asiento trasero, su pierna rozaba la mía, y sentía el calor que despedía su cuerpo. Cuando llegamos, cerró la puerta, se quitó los tacones, y me miró.
—Quiero que me lo hagas otra vez. Por atrás. Como aquella vez.
No necesité más. La tomé de la cintura, la acerqué a mí, y la besé con hambre. Sus labios sabían igual: a cigarro y a miel. Le bajé el vestido, y su cuerpo seguía siendo el mismo templo que recordaba. Le mordí un seno, jugué con los pezones hasta que los sentí duros, y luego fui bajando, besando cada centímetro de su piel hasta arrodillarme frente a ella.
—Ábrete —le dije.
Y ella, con las piernas separadas, me dejó ver todo. Su culo era redondo, prieto, con una raja que me llamaba como un imán. Le pasé la lengua despacio, desde el culo hasta la rajita, y luego volví, más hondo, más lento. Ella gemía, agarrándose de mis hombros, mientras yo le lamía como si fuera la última vez.
—¿Tienes condón? —me preguntó.
—Siempre —le dije, y fui por uno.
Me lo puse con calma, sin prisas. Quería que durara. Me paré frente a ella, le separé las nalgas con las manos, y le pasé la punta del pito por la entrada del culo. Ella jadeó.
—Despacio —me pidió.
Y yo, obedeciendo, empecé a entrar centímetro a centímetro. Ella apretaba los dientes, pero no decía que parara. Al contrario, me agarró de los hombros y me jaló hacia adentro.
—¡Sí, así! ¡Todo!
Y entré. Completo. Hasta el fondo. Un gemido largo salió de su boca, y yo sentí cómo su cuerpo se ajustaba a mí, cómo su culo me abrazaba como si me reconociera.
Comencé a moverme con cuidado, con ritmo. Ella gemía, me decía “más fuerte”, “más rápido”, y yo, que nunca le he negado nada a una mujer que sabe lo que quiere, empecé a clavarle con ganas. Cada embestida era un latido, un recuerdo, una reconciliación. Su espalda se arqueaba, sus nalgas rebotaban contra mí, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto.
—¡Dame más! —gritó.
Y yo le di todo. Le di mi pito, mi sudor, mi aliento. Le di lo que nunca le había dado: palabras. “Eres la más rica que he tenido”, le dije. “Eres la chimba, Camila. Mi chimba”.
Ella lloraba, pero de gusto. Se corrió con un grito que me encendió el alma, y yo, al sentir cómo su culo se contraía, no aguanté más. Me vine dentro del condón, con un gemido que salió desde el fondo del pecho.
Nos quedamos abrazados, sudados, respirando juntos. Ella me acarició la espalda, y me dijo:
—No me vuelvas a perder.
Y yo, que ya no soy de promesas vacías, le dije:
—Esta vez no. Esta vez me quedo.
Porque hay amores que no se acaban, aunque se vayan. Y hay culos que, una vez probados, no se olvidan jamás. Y el de Camila, definitivamente, es de esos que valen un regreso.
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