El reencuentro en la terraza de la fiesta
7 minEl reencuentro en la terraza de la fiesta
La música de fondo era un murmullo distante, apenas un eco de los bajos que vibraban desde el interior de la casa de Tlalpan. Diego había ido a la celebración de cumpleaños de un amigo común con la excusa de “ver a gente”, pero en realidad andaba buscando algo más: una chispa, una mirada, un pretexto para salir del aburrimiento de la rutina. Llevaba una camisa blanca abierta sobre una playera negra, los pantalones ajustados pero cómodos, y el olor a colonia de jazmín y tabaco lo precedía como un sutil anuncio de que no iba a pasar desapercibido.
Ella lo vio antes de que él la notara: Lalo, con su pelo corto rubio ceniza, los labios entreabiertos, y la mirada que ya sabía lo que quería. Lalo no era mujer ni hombre, y así lo decía sin vergüenza: “Soy no binario, nena —le había dicho la primera vez que se conocieron, hace dos años, en un bar del Centro—, y me encanta saber que puedo hacer que un hombre se sienta bien conmigo… y también que una mujer me desee hasta la médula”. Diego, entonces, había reído con la cabeza inclinada, pensando que era solo un tipo más de los que se pasaban la vida contando historias, hasta que Lalo se acercó, le pasó la punta de los dedos por el antebrazo, y le susurró: “¿Te gustaría comprobarlo?”.
Esa noche, Diego no se fue con nadie. Pero nunca olvidó la sensación de ese contacto, tan breve pero cargado de promesas.
Ahora, dos años después, Lalo lo estaba esperando en la terraza, recostado contra el balcón de madera, con una copa de tequila en la mano y una sonrisa que sabía que solo era para él. Vestía una camisa blanca —igual que Diego—, pero esta estaba medio desabotonada hasta el ombligo, mostrando una cadena fina de plata y la piel morena y ligeramente bronceada por el sol de finales de mayo. Sus ojos, grandes y oscuros, lo atravesaron como si ya hubieran hecho el amor esa noche, y aún no estuviera satisfecho.
—¿En serio te pasaste dos años sin aparecer? —preguntó Lalo, sin moverse, solo con la voz, grave y cálida como el licor que bebía—. Me dijeron que te mudaste a Coyoacán. ¿Te volviste abuelo o qué?
Diego se detuvo a un paso, con las manos en los bolsillos, simulando indiferencia, pero el pulso le latía en las sienes.
—Me volví abuelo… pero de ganas —respondió, y se acercó—. Me dijeron que estabas en la ciudad. Pura curiosidad, ¿verdad? —bromeó, pero los ojos le decían otra cosa.
—Sí, claro —Lalo rió, bajó la copa y la dejó sobre la mesa de hierro forjado—. La curiosidad mató al gato, Diego. Pero hoy no va a morir. Hoy va a coger como si no hubiera mañana.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado de electricidad, como el aire justo antes de una tormenta veraniega. Diego notó cómo los poros de la piel de Lalo se erizaban con el viento suave que entraba desde el jardín, y cómo su respiración, apenas perceptible, se aceleraba cuando él se inclinó, puso una mano al lado de la cabeza de Lalo, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro que se clavó en el oído de Lalo como una espina.
—¿Y si te digo que he soñado contigo desde aquella noche?
Lalo no respondió con palabras. Solo giró la cabeza, lentamente, hasta que sus labios rozaron la mejilla de Diego, y luego se deslizaron hasta su oreja, donde mordisqueó el lóbulo con suavidad, antes de susurrar: —Entonces no me preguntes si quiero. Ya lo sabes.
Diego lo atrajo hacia sí con una mano en la nuca, y el beso que siguió fue una explosión de años de nostalgia, de deseos reprimidos, de lo que nunca se dijo pero siempre se supo. Lalo se pegó a él, el cuerpo erguido pero blando, como si estuviera derretido por el calor de Diego. Su boca era exigente, su lengua entró con seguridad, como si ya conociera cada rincón, y Diego respondió con una fuerza que lo sorprendió a él mismo: agarró la camisa de Lalo y tiró, abriendo los botones restantes, revelando pechos planos, pezones rosados y brillantes por el sudor, y una silueta que era a la vez masculina y femenina, perfecta en su ambigüedad.
—Tú siempre supiste cómo tocarme —dijo Lalo, rompiendo el beso solo para respirar, los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, mostrando el cuello—. Como si me conocieras desde antes de nacer.
Diego pasó los dedos por el contorno de su pecho, sintiendo la textura de la piel, la dureza de los músculos bajo la superficie, y luego bajó la mano hasta la cintura de Lalo, que ya llevaba los pantalones desabotonados y la cremallera bajada medio centímetro. Diego no se apresuró. Sabía que lo que iba a vivir no se merecía prisa. Con el pulgar, rozó el borde de la tela de sus calzoncillos, sintiendo la verga ya medio dura contra la tela.
—¿Estás bien? —preguntó, sin soltarlo.
—Estoy chingón —respondió Lalo, abriendo los ojos, sonriendo con una mezcla de picardía y necesidad—. Pero si no me tocas ahora, te juro que te chingo yo.
Diego no esperó más. Bajó una mano entre ellos, deslizó los dedos bajo la tela, y encontró la verga de Lalo, ya húmeda y palpitante. La envolvió con suavidad, sintiendo cómo se ponía más dura enseguida, cómo el glande se hincha y se humedece con su preseminal. Lalo soltó un gemido ahogado, apretó los dientes, y se inclinó hacia adelante, apoyando la frente en el hombro de Diego.
—Aquí no —susurró—. Vámonos a mi casa.
Diego asintió, sin soltarlo, y bajó la otra mano hasta su nalga derecha, apretándola con fuerza, sintiendo la musculatura tensa, el calor. Lalo gimió más fuerte esta vez, y cuando Diego le mordió el cuello, no dudó ni un segundo: tomó la mano de Diego y lo arrastró hacia las escaleras que llevaban al estacionamiento.
En el auto, un viejo Jetta gris de Lalo, el silencio fue aún más denso. Diego se sentó a su lado, las piernas separadas, las manos sobre el volante, pero sus ojos no dejaban de mirar a Lalo, que lo observaba con una mezcla de ternura y deseo que lo hizo sentirse más hombre de lo que se había sentido en años.
—¿Tú conduces? —preguntó Lalo, con una sonrisa pícara.
—Sí —respondió Diego—. Pero hoy prefiero que me mandes.
Lalo se acercó, desabrochó el cinturón de Diego con un movimiento rápido, bajó la cremallera de su pantalón, y sacó su verga ya medio dura, hinchada y lista. No se apresuró. Se inclinó, respiró hondo sobre el glande, y luego lo lamió con lentitud, desde la base hasta la punta, como si saboreara algo que había esperado mucho tiempo.
Diego cerró los ojos, apretó los puños, y cuando Lalo lo tomó en la boca, profundamente, con la lengua rozando el surco del culito, sintió que se iba a correr solo con eso.
—No te corras aún —susurró Lalo, separándose, con la boca húmeda y los ojos brillantes—. Quiero sentirte dentro de mí… y también dentro de ti, si me lo permites.
Diego abrió los ojos. Lalo ya tenía los pantalones bajados hasta las rodillas, y en su mano, un condón nuevo, envuelto en plástico. Con movimientos seguros, lo desembaló, lo enrolló sobre su verga, y luego tomó la mano de Diego, poniéndola sobre su entrada.
—Estoy listo —dijo Lalo, con una sonrisa—. Y no soy de los que te dicen “ya no aguanto más”… soy de los que dicen “más fuerte”.
Diego no necesitó más invitación. Se inclinó, puso sus manos en las caderas de Lalo, y con una presión suave, empujó su verga hacia dentro. Lalo soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello estirado, mostrando la vena que latía con fuerza.
—Mierda… —susurró—. Estás más gordo que antes.
—Tú estás más apretado —respondió Diego, con la voz rota—. Como si nunca te hubiera salido.
Lalo giró la cadera, buscando más, y Diego comenzó a moverse, lento, pausado, como si cada empujón fuera un recuerdo, una promesa, una disculpa por los dos años perdidos. El sonido de sus cuerpos unidos era apenas un sus
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.