El puerto de los días contados

El puerto de los días contados

@el_marinero ·16 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (6) · 153 lecturas · 7 min de lectura

El sol ya se deslizaba por el horizonte cuando crucé la puerta del *Café del Faro*, un local pequeño, de madera oscura y ventanas empañadas por el salitre. Había llegado a este pueblo costero de la costa de Oaxaca por casualidad: una tormenta tropical me retrasó en Acapulco, y el tren que debía tomar a Huatulco se quedó varado por tres días. Me llamó la atención la carta en la pizarra: “Café de Olla, pastel de nuez y música de guitarra en vivo, viernes a las 8”. Era viernes. Me senté en una mesa cerca de la ventana, con el mar visible entre las palmeras inclinadas por el viento.

Ella entró justo a las 7:45. Llevaba una falda blanca que le rozaba las rodillas, una blusa de algodón desabrochada hasta el ombligo y el cabello recogido en un nudo torcido, con algunas hebras sueltas que le acariciaban el cuello. Veía cansada, pero también decidida. Apenas se sentó, me di cuenta de que tenía veintitrés años —lo supe por la placa que colgaba de una cadena de plata alrededor de su cuello, la cual leyó el camarero cuando pidió su orden: “María, veintitrés, mesa tres”. Yo, por mi parte, ya tenía cincuenta y uno, y lo llevaba marcado en las sienes canosas, en la curva de los párpados, en el modo en que me costaba levantarme de una silla baja después de una larga caminata.

Me miró al pasar. No fue una mirada insistentemente larga, pero sí directa. Me saludó con la cabeza, como si ya me hubiera visto antes, o como si supiera que yo la estaba observando. Yo asentí, apenas, sin sonreír. No quería parecer invasivo. Pero el aire, cuando se sentó, cambió: el olor a sal y a ylang-ylang se mezcló con algo más sutil, como vainilla y salvia, una fragancia que no conocía pero que de inmediato quise nombrar.

El músico llegó a las 8 en punto: un viejo con guitarra y una sonrisa de tantas canciones cantadas. comenzó con una balada lenta, de esas que parecen hechas para el silencio compartido. María pidió un vino tinto, y yo, por impulso, le ofrecí compartir una copa. No fue una invitación audaz, sino casi casual, como si ambos hubiéramos olvidado quiénes éramos y solo fuéramos dos personas en un café a la orilla del mar.

—¿También está esperando el tren? —me preguntó, levantando la copa.

—No. El tren se fue. Quedé varado como un náufrago.

—Entonces es mejor que no me cuente historias de naufragios —dijo con una sonrisa que le curvó las comisuras de los labios, pero no llegó a los ojos—. A menos que sean buenas.

—Solo una: este puerto me salvó de hacer el ridículo en el aeropuerto, donde me olvidé el pasaporte. Aquí, en cambio, todo es más honesto.

Ella bebió un sorbo y me devolvió la mirada. Esta vez, sí, la sostuvo. Y entonces supe que era tan consciente de la diferencia como yo. No había vergüenza en su expresión, ni coqueteo forzado: solo curiosidad, y algo más… una especie de reconocimiento.

—¿Por qué me miras así? —preguntó, bajando la voz un poco, como si temiera que el viento la escuchara.

—Porque no veo tu edad. Veo que tienes los hombros tensos, como si cargaras algo invisible. Y los pies descalzos bajo la mesa —le dije, señalando sus sandalias de cuero, cerradas—. Aunque no estés descalza, se nota que te gustaría.

Se rió, una risa corta, sincera. Se quitó una sandalia sin romper el contacto visual y dejó el pie en el suelo, apoyado en el borde de su silla. El pie era estilizado, con el arco bien definido y las uñas pintadas de rojo oscuro.

—¿Y qué ves ahora? —preguntó.

—Veo que estás cansada de ser buena.

—¿Buena cómo?

—Buena hija. Buena estudiante. Buena novia. Buena ciudadana. Buena, buena, buena.

Me miró fijamente, y por un instante, su expresión se quebró. No con tristeza, sino con un alivio casi físico. Asintió, sin palabras.

—Mi abuela solía decir que el tiempo le gana a todo, menos al mar —dijo, volviendo a beber—. Pero el mar también cambia. Solo que más lento.

—Es cierto —asentí—. Y a veces, cuando el viento sopla desde el este, el agua se pone tan clara que se ve el fondo como si estuvieras parado en el cielo.

—¿Lo ha hecho? —preguntó, con los ojos brillantes.

—Una vez. Fue hace muchos años. Estaba con alguien que ya no está. Estábamos en un bote pequeño, sin motor, y el viento nos llevó hasta una bahía secreta. El agua era tan transparente que podíamos ver los peces como si flotaran en el aire. Ella se quitó el vestido y se sumergió. Yo la vi desde arriba, desde el borde del bote, y su piel parecía hecha de luz.

Ella no dijo nada. Solo me miró, y por primera vez, su mirada no fue neutral. Fue cálida. Íntima. Como si me estuviera invocando a contarle más, no solo del mar, sino de mí.

—¿Y qué hiciste? —preguntó, casi en un susurro.

—Me quité la camisa y la seguí. No fue un acto de valentía. Fue un acto de reconocimiento. Sabía que no volvería a ver ese momento, y no quería perderlo por miedo.

El músico cambió de canción. Una más lenta, más oscura. María se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—¿Sabe qué me pasó ayer? —preguntó.

—Dímelo.

—Estaba en el mercado. Una mujer mayor me dijo que mi piel ya no era tan tersa, que mis pechos ya no se sostenían como antes. Tenía ochenta años. Me miró con lástima, como si yo ya estuviera muerta.

Sentí un nudo en el estómago. No de ira, sino de comprensión. Le tomé la mano. No con precipitación, sino como quien da una mano para subir una pendiente. Ella no la retiró. Al contrario, giró la palma hacia arriba y la dejó allí, sobre la mía.

—Las mujeres nos dicen que el tiempo nos quita. Pero a los hombres nos dice que nos quede quietos —dije—. Como si el cuerpo de una mujer fuera un jardín que se marchita, y el de un hombre, un reloj que se detiene.

Ella soltó una risa suave, sin burla, solo de reconocimiento. Se levantó y me tendió la mano.

—¿Quiere que le muestre algo que no está en la guía?

—¿Es peligroso?

—No más que mirar al mar a medianoche.

La seguí. El viento soplaba con más fuerza ahora, y las olas rompían contra el muelle con un sonido profundo, como un latido lejano. Llevaba un chaleco ligero, y cuando pasamos bajo un faro, vi cómo sus pechos se movían con la respiración, firmes, naturales, sin necesidad de ser admirados.

Llegamos a un pequeño muelle abandonado, con tablas resbaladizas y una escalera de metal oxidada que descendía hacia una cueva baja, apenas visible entre las rocas. No era una cueva de marineros, sino un pequeño hueco en la costa, hecho por el tiempo y el agua.

—Es mi lugar —dijo.

—¿Vienes sola?

—Sí. Porque nadie más lo entiende.

Entramos. El aire dentro era fresco y húmedo. La luz del faro se filtraba por una abertura alta, proyectando una ténue banda de plata sobre las paredes. Ella se quitó las sandalias y se sentó en una piedra plana, apoyando la espalda contra la roca. Yo me senté a su lado, con las piernas estiradas, mirando cómo el agua entraba y salía con la marea, formando pequeños remolinos en la entrada.

—¿Por qué hoy? —preguntó, sin mirarme.

—Porque hoy me di cuenta de que no quiero esperar a que el tren vuelva a pasar.

Ella me miró. Sus ojos no tenían miedo. Solo una pregunta callada, una duda leve, como una ola que se acerca y se detiene antes de tocar la arena.

—¿Y si te arrepientes? —susurró.

—No me arrepiento de nada que me deje sentir más vivo.

Le acaricié la mejilla con la yema de los dedos. Su piel era cálida, suave, con una ligera textura de sal en las sienes. Ella cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia mi mano, y exhale como si soltara algo que no sabía que cargaba.

Luego me besó.

No fue un beso de muchacha joven, ni de muchacho experimentado. Fue un beso de dos personas que se reconocen, que saben que el tiempo les roba días, pero no la capacidad de sentir. Su boca era firme, con un ritmo pausado, como si estuviera aprendiendo a leerme. Yo

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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.

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