El puerto de la medianoche
7 minEl puerto de la medianoche
La brisa del mar traía sal y humedad, pero también el olor del verano en Cartagena: flores de canella quemadas por el sol, café recién molido y la promesa de algo que aún no había ocurrido. En el muelle número tres, bajo un faro que parpadeaba como un latido irregular, Lucía esperaba. Tenía veintitrés años, piel morena con reflejos de miel al luz del faro, y una mirada que parecía haberse quedado a mitad de camino entre la curiosidad y el miedo. Llevaba un vestido ceñido, negro, con una rendija que dejaba ver una pierna larga y tensa, y el cabello recogido en un nudo desordenado que comenzaba a deshacerse con el viento.
Él llegó diez minutos después, como acordado. Diego tenía cincuenta y uno, aunque parecía más atlético que su edad sugería. Altura, hombros anchos, barriga plana bajo la camiseta de algodón desgastada, y una barba canosa cuidada que le marcaba la línea de la mandíbula, dura, segura. Sus manos, grandes, con venas levantadas y algunas arrugas, se movían con lentitud, como si el tiempo no lo apresurara. Llevaba un pantalón de lino color arena, un poco arrugado, y sandalias de cuero. No sonrió al acercarse. Solo la miró, de arriba abajo, y luego dijo, con voz ronca pero suave: —Lucía. Vine.
Ella asintió, tragó saliva, y por primera vez lo miró a los ojos. No había temor ahí, no exactamente. Era otra cosa: una expectativa que se había construido en las últimas tres semanas, en los mensajes que se enviaron tras el taller de poesía en el que él daba una charla y ella se acercó al final con un libro suyo, firmado, y una pregunta que no tenía nada que ver con la literatura. —¿Tienes frío? —le preguntó él, desabrochándose una chaqueta ligera. —No. —Ella extendió una mano, temblorosa, y la posó sobre su brazo. Sentó la piel seca, cálida, con pelos canosos que se oponían suavemente a su pulso.
No hablaron más hasta que subieron al barco. El *Mar Azul*, un velero pequeño que Diego había comprado hace quince años y que ahora usaba para escapadas solitarias. El motor bufó, y el muelle se alejó lentamente, dejando atrás las luces de la ciudad, los bares, las risas que no las concernían. A bordo, el aire cambiaba. Era más denso, más húmedo, y olía a madera vieja, a cuerda de yute y a algo más: a sexo latente, acumulado en cada rincón del barco, en los cofres cerrados, en los cajones que no abría desde que su esposa murió.
—Tú decides dónde —dijo él, sentándose en un banco de madera, las piernas abiertas, las manos apoyadas sobre los muslos. —¿Y si me pido que no? —respondió ella, acercándose, con los ojos brillantes. —Entonces me voy. Pero no volveré.
Lucía se arrodilló frente a él. No con sumisión, sino con un lento deliberado, como si cada movimiento fuera un juramento. Desabrochó los botones de su blusa, tiró la tela hacia los lados, y dejó al descubierto un sujetador de encaje negro, sin alambres, que apenas contenía pechos firmes, redondos, con pezones oscuros y hinchados por el frío o por la tensión. Diego no tocó nada todavía. Solo la miró, con los ojos entrecerrados, la respiración pesada.
—¿Cuántas veces has estado en un barco? —preguntó él. —Dos. Las dos con mi ex.
—¿Y esto? —Esto es la primera vez que hago algo… que no planeé.
Él asintió, y finalmente levantó una mano. La palma, grande, se posó sobre su muslo, subió despacio, rozando el borde del vestido, hasta que sus dedos tocaron la parte interna del muslo, suave, húmeda ya. Lucía exhaló un gemido bajo, se inclinó hacia adelante, y con una mano atrajo el rostro de Diego hacia su pecho. Él lamió uno de sus pezones, con la lengua seca, firme, y ella gimió más fuerte, agarrándose a su hombro.
—Dime qué quieres —susurró él, apartándose un poco. —Tu boca. En mi vagina. Ahora.
Diego no se lo dijo dos veces. La tiró suavemente hacia atrás, sobre el banco, y apartó el vestido hasta la cintura. Lucía no llevaba bragas. Solo piel, húmeda, con los labios mayores abiertos, oscuros, y un pequeño clítoris hinchado, como una yema recién despertada. Él se arrodilló entre sus piernas, separó los muslos con las manos, y bajó el rostro.
La primera lamida fue larga, lenta, desde el escroto hasta el ano, y luego subió, rozando la entrada de su vagina con la punta de la lengua. Ella arqueó la espalda, gritó, se agarró a los cojines. Diego no se apresuró. Repitió el movimiento, más fuerte, insertó un dedo, luego otro, curvándolos hacia arriba, buscando su punto G, apretando con la lengua sobre el clítoris. Ella se retorcía, sudorosa, con los pechos subiendo y bajando rápidamente, los pezones endurecidos como piedras.
—Voy a venir —dijo ella, jadeando. —No te detengas —respondió él, sin levantar la cabeza.
Lucía se corrió con un grito ahogado, los músculos de la vagina apretándose en ondas rápidas, los dedos de Diego moviéndose dentro de ella, acelerando, hasta que ella se deshizo, temblando, con la cara contraída y los ojos cerrados.
Diego se levantó entonces. Desabrochó su pantalón, sacó su pene, grueso, tieso, con el glande rojo y brillante, cubierto de preseminal. Se lubrifiqué con la saliva de su propia lengua, se acercó a ella, y la tomó de la cintura, colocándola sentada en el borde del banco, las piernas abiertas, la vagina aún palpitando.
—Abre las piernas más —ordenó, y ella obedeció.
Se colocó frente a ella, la punta de su pene rozando su entrada, y empujó con una sola unción. La penetró hasta la raíz, hundiendo todo su grosor, su longitud, en un solo movimiento. Lucía gritó, pero no por dolor. Por la densidad, por la intensidad, por la sensación de estar llena hasta el fondo, de que su vagina se expandía, se ajustaba al tamaño y forma de su pene, al calor y la textura de su cuerpo.
—Ahora —dijo él, apretándole las caderas.
Ella comenzó a subir y bajar, con movimientos cortos al principio, luego más profundos, más rápidos. Diego la sostuvo por la cintura, la guió, empujando con la cadera, golpeando su clítoris con cada embestida. Ella se agarró a sus hombros, se mordió el labio, y gemía sin cesar: “Sí, sí, sí”, como una oración.
—¿Te gusta mi pene en tu vagina? —preguntó él, con la voz rota. —Sí —gimió ella—. Es grande. Me llena. Me duele bien.
Diego la agarró por el pelo, tiró suavemente, la inclinó hacia atrás, y le lamió el cuello, mordió su hombro, y siguió metiéndose en ella con fuerza, con desesperación contenida durante años. Ella se corrió otra vez, esta vez con los ojos abiertos, fijos en los de él, y su vagina se contrajo en espasmos que se transmitieron al pene de Diego, que sintió cómo el glande palpitaba, cómo la base se tensaba, cómo el semen subía, caliente, denso.
—Voy a correrme —dijo él, jadeando. —Sí —respondió ella—. En mi puta.
Él se introdujo hasta la raíz, una última vez, y eyaculó. Un chorro tras otro, espeso, caliente, inundando su vagina, sus paredes, hasta que se vació por completo. Se derritió sobre ella, la cabeza contra su cuello, la respiración entrecortada, el pene aún dentro de ella, blanquecino, flácido, pero aún en su interior.
Lucía lo abrazó, besó su frente, sus canas. No dijeron nada. Solo escucharon el mar, el balanceo suave del barco, el crujido de la madera.
Diego se retiró despacio, con cuidado, y se sentó a su lado. Lucía se levantó, bajó el vestido, y se acercó a él. Con los dedos, limpió el resto de su semen de sus muslos, y luego se lo llevó a la boca, lo lamió con lentitud.
—¿Volveremos? —preguntó ella. —Sí —dijo él—. Mañana.
El faro parpadeaba. El mar no callaba. Y en el muelle
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.