El puente de madera y el mar
4 minEl puente de madera y el mar
La luna alta se colaba por la rendija del toldo del barco, dibujando una cinta plateada sobre el tablón desgastado del puente. El motor del *Mar Azul* zumbaba sordo en el fondo, y el oleaje empujaba suavemente contra el casco como un suspiro insistente. Ella estaba sentada en el borde, las piernas abiertas hacia el mar, los pies descalzos rozando el agua fría. Él se acercó por detrás, sin hacer ruido, con el cigarro apagado entre los dedos y la piel aún húmeda del baño de sol. No dijo nada. Solo se arrodilló, apoyó las manos en sus caderas y deslizó las uñas, cortas y limpias, por el contorno de su pubis bajo el tejido del short de algodón.
—¿Te gusta el salitre en la piel? —preguntó él, sin soltarla.
Ella no respondió. Solo inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyó las palmas en las rodillas, y dejó que él le bajara el short hasta los tobillos. El viento le levantó el pelo, y el aire del Caribe, salado y cálido, rozó su vulva desnuda: labios mayores abultados, labios menores morenos y húmedos, el clítoris ya tieso bajo su capucha.
Él se puso de pie, desabrochó su pantalón, sacó su pene grueso y tibio, con la punta ya brillante de preseminal. Lo frotó con una mano lenta, de abajo hacia arriba, hasta que el glande se abrió como una flor oscura. Ella lo miró por el rabillo del ojo, sin girar la cabeza, y se mojó el dedo índice con la humedad que ya goteaba de su vagina. Se lo llevó a la boca, lo chupó con fuerza, tragando su sabor salado y ácido.
—Ahora —dijo él, y ella se puso de cuclillas sobre sus manos, abriendo más las piernas, elevando la cadera. Él se colocó tras ella, agaró sus muslos con ambas manos, y empujó la punta de su pene contra su entrada. La rozó una vez, dos veces, esperando que su cuerpo se abriera, hasta que el prepucio rozó su clítoris, y ella soltó un quejido ahogado.
Entonces se metió de golpe.
Su vientre se aplastó contra su pubis, su pene entró hasta la raíz, hundiéndose en su vagina como un clavo en madera mojada. Ella gritó, pero fue un grito corto, ahogado entre sus dientes. Él no se movió. Solo la sostuvo ahí, con el pene lleno, hinchado, palpitando contra su útero. Ella sintió el calor, el peso, la dureza que le rozaba el fondo del vientre.
—¿Sientes eso? —murmuró él, con la boca pegada a su oreja—. Eso es el barco. Esto es el mar. Y tú estás dentro.
Ella no respondió. Solo arqueó la espalda, empujando sus nalgas contra él, pidiendo más. Él le agarró una mano y se la llevó a su pene, ya casi entero dentro de ella.
—Mírame.
Ella giró la cabeza. Él la miró fijo. Y empezó a moverse.
No fue rápido. Fue profundo. Cada empuje lo hacía hasta el fondo, arrastrando su clítoris contra su pubis, hundiéndose en su vagina con un ritmo lento, pausado, como si el tiempo fuera agua espesa. Ella sintió sus pechos moverse con cada embestida, sus pezones rozando su vientre, y el pene de él, grueso y caliente, que le reventaba la carne interna, estirando sus paredes, golpeando su fondo uterino. Ella se mordió el labio, los ojos cerrados, los dedos aferrados al tablón, mientras su vagina se abría y se contraía alrededor de su pene, succionando, chupando, pidiendo más.
—Más —gimió ella.
Él le agarró la cintura con fuerza, la levantó un poco, y la bajó sobre su pene, hundiendo el glande en su cérvix. Ella gritó esta vez, con la boca abierta, sin poder contenerlo. Él la bajó otra vez, más fuerte, y otra, y otra, hasta que su pene entraba y salía con un sonido húmedo, pegajoso, de carne contra carne. Ella se movía con él, subiendo y bajando, rozando su clítoris contra su pubis, sintiendo cómo su vagina se inflamaba, se calentaba, se llenaba de su olor, de su salitre, de su mar.
Él la volteó de golpe y la empujó contra el tablón. Ella apoyó las manos, la frente en la madera, y él, ya sin rodeos, empezó a meterse desde atrás, con embestidas bruscas, furiosas, hasta que su pene se hundía hasta la raíz, su vientre pegado al suyo, sus testículos golpeando su clítoris. Ella gritó, arqueó la espalda, y él la agarró por el pelo, la sacudió, y la embistió una, dos, tres veces más, hasta que su pene se estremeció dentro de ella, latiendo, latiendo, latiendo, y el semen le brotó caliente y espeso en el fondo de su vagina, llenándola, inondándola, como una marea que no se retira.
Ella se derritió contra el tablón, con el pene aún dentro de ella, sudorosa, con la boca seca, los ojos cerrados, mientras el barco los balanceaba suavemente, como un cuna, como un beso, como un adiós.
—Gracias —dijo ella, sin abrir los ojos.
—No hay nada que agradecer —respondió él, y
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.