El primer tramo del subte
3 minEl primer tramo del subte
Vivo en Belgrano, pero trabajo en Retiro. Cada mañana, el subte B me lleva en silencio, con headphones en las orejas y el café humeando en la mano, hasta que el jueves pasado todo cambió. Ella entró en Constitución, con ese vestido de lino color miel que le pegaba al cuerpo como una promesa, y me encontré con que no me alcanzaban los pulgares para tapar la pantalla del celular. Me miró. No fue una mirada cualquiera: fue como si me hubiera reconocido de antes, como si ya hubiera sentido el calor que me subía por el cuello.
—Perdón, ¿acá no hay lugar? —preguntó, apuntando al asiento vacío a mi lado.
—No, claro que no —le dije, y me di cuenta de que me temblaba la voz. Me ruborizaba hasta el fondo del alma.
Se sentó. Llevaba perfume de vainilla y algo más, algo que no sabía nombrar, pero que me hizo recordar el sol de verano sobre la piel recién afeitada. Me fijé en sus manos: uñas cortas, sin esmalte, pero con un brillo natural que me llamó más que cualquier joya. Tenía una marca pequeña, casi invisible, en el dorso de la mano izquierda —una cicatriz de infancia, supuse— y cuando se acomodó el cabello detrás de la oreja, sentí que el aire se volvía espeso.
—Vos venís todos los días por acá —dijo, sin mirarme, como si ya lo hubiera notado desde antes.
—Sí —respondí, y me di cuenta de que mentía. Hacía tres meses que no me bajaba en Callao, pero no iba a decirle eso. —Soy escritor —agregué, por si acaso quería saber más.
—Sos el tipo que siempre escribe en el cuaderno marrón, ¿no? —rió suavemente—. El que dibuja en los márgenes.
Me quedé helado. Ese cuaderno lo llevaba desde noviembre. Y sí, a veces dibujaba: líneas suaves, formas femeninas que salían sin pensar, sin querer, como si mi mente supiera algo que mi corazón aún no nombraba.
—¿Lo recordaste? —le pregunté, con la garganta seca.
—Me fijé. Ayer te vi triste —dijo, y por primera vez me miró directo—. ¿Te duele escribir tanto?
No supe qué responder. Me faltó el aire. Su voz era como café con leche, tibio y espeso, y me di cuenta de que ya no me interesaba llegar a Retiro.
—Me llamo Lucía —dijo, ofreciendo su mano.
—Mateo —le dije, y la tomé. Fue como apretar un rayo: cálido, vivo, que me recorrió todo el cuerpo.
—¿Y qué escribís cuando no estás escribiendo? —preguntó, soltando mi mano pero sin alejarse.
—Cosas que aún no tienen nombre —respondí.
Ella asintió, como si entendiera. El subte frenó en Scalabrini Ortiz. Ella se puso de pie, pero no se bajó. Se quedó parada, frente a mí, con las piernas ligeramente separadas, como si estuviera esperando algo.
—¿Te parece si nos bajamos en Corrientes? —me preguntó—. Hay un café que se llama El Jardín. Me encantaría saber qué escribís cuando no estás escribiendo.
Asentí. No pensé. No dudé. Solo dije sí —y sentí que, por primera vez en mucho tiempo, estaba vivo.
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