El primer llamado de Luna
7 minEl primer llamado de Luna
Luna ajustó la luz de su habitación hasta lograr el tono dorado que más le gustaba: cálido, suave, casi imperceptible, como el resplandor de una vela lejos. Se puso los audífonos, verificó la cámara de su laptop —ya sincronizada con la app— y tomó una respiración larga. Eran las 10:17 p.m. y Mateo había prometido llamar a las 10:15. Ella no era de esperar con ansiedad, pero esta noche… esta noche era distinta. Habían hablado durante semanas: mensajes largos, risas compartidas, confesiones sueltas que se desplegaban como hilos de seda en la oscuridad. Pero nunca se habían visto cara a cara. Hoy sería el primer llamado de video.
—¿Luna? —la voz de Mateo apareció súbitamente, cálida, con una leve vibración que no esperaba.
Ella sonrió, sin apuro, como si ya lo conociera desde siempre. En la pantalla apareció su rostro: cabello oscuro, ondulado pero no desordenado, ojos oscuros que parecían absorber la luz, y una sonrisa contenida que no lograba disimular del todo la emoción.
—Hola, Mateo —dijo, y su propia voz sonó más suave de lo habitual.
—¿Estás bien? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia la cámara—. Estás pálida.
—Sí —rió, levantando una mano para ajustarse una mecha de pelo que se había escapado de la coleta—. Es la luz. Y… nervios.
—Yo también.
La confesión lo hizo parecer más joven, más real. Luna lo imaginó en su apartamento, sentado en su sofá favorito, con esa taza de té que le había descrito por mensaje: “de menta y limón, pero sin azúcar, porque me gusta sentir el sabor limpio”.
—¿Te parece si nos quitamos los zapatos primero? —sugirió él, con una sonrisa cómplice.
—Sí —aceptó Luna, bajando los pies del taburete donde estaba sentada y deslizando los zapatones suaves por el suelo—. Ya están.
—¿Y tú vestido?
—¿Este? —ella bajó la vista hacia la tela celeste que cubría sus hombros y se ajustaba hasta las caderas—. Me lo puse pensando en ti.
Mateo no respondió de inmediato. Su mirada se detuvo un momento en su cuello, en la curva de su clavícula, como si estuviera aprendiendo su silueta con los ojos.
—Estás preciosa —dijo, y en su voz hubo una pausa, un leve cambio de tono—. Pero… si te sientes incómoda, cambiamos.
—No —Luna negó con la cabeza, firme—. Quiero que estés cómodo. ¿Te gustaría que me quitara el vestido?
—Sí —confesó él, bajando la voz—. Pero solo si tú quieres. Si no, podemos seguir hablando.
—Lo quiero —dijo ella, y se puso de pie despacio, como si fuera un ritual—. Pero primero… ¿me prometes algo?
—Claro.
—Que no mirarás mi pantalla hasta que yo te lo diga.
Mateo asintió, sin dudar, y giró su silla, dejando su espalda visibles en la cámara: camiseta gris, hombros anchos, cabello recortado con precisión en los costados.
Ella respiró hondo. Se desabrochó el vestido desde el cuello, lentamente. La tela se abrió como un pétalo de rosa al amanecer. No era una exposición urgente; era una revelación intencional. El vestido bajó por sus brazos, se deslizó por sus caderas, y ella lo dejó caer sobre la silla con cuidado, sin prisa.
—¿Puedo voltear? —preguntó Mateo.
—Sí.
Él giró de nuevo, y esta vez su expresión cambió: los ojos se le abrieron un poco, la respiración se volvió más profunda. Luna llevaba una camiseta fina de algodón, blanca, y debajo, un sujetador de encaje negro que apenas contornaba sus pechos, redondeados y firmes. No eran grandes, pero perfectos para sus manos imaginadas.
—Me encanta —murmuró él.
—¿Qué te gusta?
—La forma en que los sostienes con las manos… así, con los pulgares sobre los aros.
Ella bajó la vista. Realmente lo hacía. Se había colocado así sin pensar, como si ya lo hubiera hecho frente a un espejo.
—¿Quieres que me lo quite? —preguntó.
—No —respondió Mateo, con urgencia—. No aún. Prefiero ver cómo respiras con él puesto. Cómo se mueve.
Ella obedeció, y lentamente, tomó aire, sintiendo cómo sus pechos se alzaban, cómo la camiseta se estiraba, cómo Mateo seguía sus movimientos con la mirada fija.
—¿Y abajo? —susurró.
—También me gustaría ver… pero no como si fuera una obligación. Como si fuera parte de ti.
Luna se acercó a la cámara, bajó la pantalla para que solo él la viera, y lentamente, se quitó la camiseta por la cabeza. El encaje negro quedó al descanso, y por primera vez, Mateo alcanzó a ver sus pechos enteros: la curva suave, los pezones oscuros, apenas hinchados por la tensión.
—Hermosos —susurró él—. Como si fueran dos lunas nuevas.
Ella se sonrojó, y por un momento, cerró los ojos. Se sentía vista. Realmente vista. No como un cuerpo deseable en abstracto, sino como algo suyo, propio, hermoso en su autenticidad.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora… —Mateo se levantó de su silla y giró hacia la cámara—. Quiero que me muestres tus piernas. Si te sientes segura.
Ella asintió, y se sentó de nuevo, cruzándolas lentamente. Luego, desabrochó la minifalda que llevaba debajo del vestido —una prenda sencilla, de seda— y la bajó hasta las rodillas, dejando al descubierto sus piernas, largas, con una ligera vellutina en los muslos, y los tobillos finos.
—¿Y si me quitara los calcetines también? —preguntó.
—Por favor —dijo Mateo, con una sonrisa que llegaba a sus ojos—. Me encanta cómo se ven tus pies. Pequeños. Con los dedos ordenados.
Ella se quitó los calcetines de algodón, una por una, y luego, despacio, separó los dedos de los pies como si estuviera estirando una cuerda invisible.
—¿Quieres que me quite la falda? —preguntó.
—Sí —respondió él—. Pero no te apures. Quiero ver cada segundo.
Luna tomó la falda por el borde y la bajó, primero por una pierna, luego por la otra. Quedó sentada frente a la cámara con solo la ropa interior: un slips de encaje negro que apenas cubría su vientre y se hundía entre sus muslos.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo.
—Sí —dijo ella, y se llevó una mano al cuello—. Estoy muy bien.
—¿Y si ahora… yo me quitara la camiseta?
—Sí —susurró Luna.
Mateo se la sacó con lentitud. Su torso apareció: piel morena, musculatura definida pero no exagerada, una línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo hacia el borde de sus pantalones. Luna sintió un calor súbito en el vientre.
—Me encanta cómo se mueven tus brazos —dijo.
—¿Y esto? —Mateo se bajó la cremallera de su pantalón, despacio—. ¿Te gustaría ver?
—Sí —respondió ella, sin titubear.
Él se sacó el pantalón y los boxers juntos, dejando al descubierto su pene, flácido pero bien formado, con el vello pubiano escaso y recortado. Lo sostuvo con la mano, sin presión, como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
—Es la primera vez que lo hago —confesó él—. Con alguien que no conozco de cerca.
—Yo tampoco —admitió Luna—. Pero me gusta que sea contigo.
—¿Me permites tocarme mientras te miro?
Ella asintió.
Mateo se llevó la mano al pene, envolviéndolo suavemente. Sus ojos no se despegaron de la pantalla. Luna, meanwhile, se acarició un pecho con la mano derecha, el dedo índice pasando sobre el pezón, ya endurecido.
—¿Te gusta? —preguntó Mateo, con la voz rota.
—Sí —dijo ella—. Mucho.
Él se movió más despacio, con el pulgar rozando la cabeza, luego deslizando la mano hacia abajo y regresando. Luna cerró los ojos, sintiendo cómo el calor crecía en su vientre, cómo sus muslos se presionaban ligeramente entre sí.
—¿Y si me quitara este slips? —preguntó ella, con voz apenas auditable.
—Sí —susurró Mateo—. Muéstrame.
Ella se puso de pie frente a la cámara, con las piernas ligeramente abiertas, y tiró suavemente de los elásticos del slips. Lo bajó hasta las rodillas, lo deslizó por los tobillos y lo dejó en el suelo. Ya no había nada entre ella y la cámara. Solo su cuerpo
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.