El primer latido de la luz
7 minEl primer latido de la luz
La primera vez que toqué su piel, me temblaron las manos como si me hubieran dado un chicle de chile en la lengua y se me hubiera quedado pegado el fuego. Ella se llamaba Lucía, pero para mí ya era *la luz*, porque era la única cosa en todo ese barrio que no me hacía sentir pequeño. Teníamos veintidós y veinte años, respectivamente. Yo, Mateo, con mis doscientos veinte libras de músculo y nervios de guitarra desafinada. Ella, con sus caderas anchas y una risa que sonaba como el tragar de un trago de cerveza fría en pleno verano: seca, limpia, y con ese escalofrío que te deja sin aliento.
Nos conocimos en la tienda de abarrotes de su papá, donde yo iba a cobrar una cuenta pendiente de mi hermano. Ella estaba en la puerta, sentada sobre un cajón, pelando una naranja con los dientes, los ojos cerrados, concentrada en el sabor. Me miró cuando me acerqué y me sonrió sin apuro, como si ya me hubiera estado esperando.
—¿Vas a seguir ahí parado como el palo de la hamaca o me vas a ayudar a meter esto? —dijo, lanzándome una cáscara al suelo—. El calor de junio no perdona, Mateo.
Me sonrojé hasta la raíz del pelo. Me llamó por nombre. Yo, que la había visto solo en fiestas de cumpleaños de primos segundos, en cenas de fin de año, en las procesiones de la Virgen de Guadalupe. Pero nunca así. Nunca con su camiseta blanca pegadita al pecho, con el sudor que le mojaba la espalda hasta la línea de su sujetador, ni con sus pantalones cortos de mezclilla desgastados en las rodillas como si ya hubiera caído mil veces y se hubiera levantado con orgullo.
—Sí, sí, claro —mascullé, tomándole el cajón de los refrescos.
Ella se levantó, estiró los brazos como si se sacudiera una manta invisible y dijo: —Ayer te vi en la cancha. Jugaste como si tuvieras el mundo en la punta de los pies. —¿Sí? —pregunté, sin atreverme a mirarla directo. —Sí. Pero te distrajiste cuando pasó por ahí tu vecina. Le tiraste la pelota a la cara. Me reí, un poco nervioso, y ella me dio un codazo suave en el hombro. Me quedé quieto, como si me hubiera dado un rayo en la clavícula.
Dos semanas después, me llamó por WhatsApp. Solo dos palabras: *“¿Te late venir a mi casa a ver la luna? Trae cerveza.”*
No dudé. No tenía por qué. Era una invitación clara, pero no me sentí presionado. Ella siempre había sido así: directa, sin dobleces, como el cauce de un río en temporada de lluvia. Fui con dos botellas de Indio, un paquete de cacahuates jaliscienses y una caja de pastillas de limón que compré por si se hacía tarde.
Llegué a las siete y media. La casa era baja, con paredes de color crema y una enredadera de buganvilla que se colaba por el ventanal del cuarto que compartía con su hermana menor. Me abrió con una bata de algodón verde, desabotonada hasta la cintura, y debajo… nada. Solo su piel morena, los pechos redondos y naturales, con los pezones oscuros y hinchados como si ya los hubiera estado mamando. Me paralizó la respiración. Me sentí como un niño en el templo, pero con el corazón latiendo como tambor de fiesta.
—Mira quién vino —dijo, inclinando la cabeza, y me tomó del brazo—. Anda, entra. El sol ya se fue, pero la tierra还在 calentando.
El cuarto tenía una cama ancha, una cómoda vieja con un espejo roto en la esquina y una ventana abierta donde entraba el olor a tierra mojada y a jazmín. Ella se sentó en el borde, me pidió que me quitara la camisa y me senté a su lado, con las manos apretadas entre las rodillas, sudando por los poros de las axilas.
—¿Estás nervioso? —preguntó, con una sonrisa que le curvaba la comisura de los labios. —Como si me fueran a dar un examen de matemáticas —respondí, y me reí—. Pero no es que me dé miedo… es que no quiero joderla. Ella me puso la mano en la cara. Me miró a los ojos, y por un segundo, sentí que me deshacía en su mirada. —No vas a joderme, Mateo. Solo vamos a explorar. Como cuando éramos chiquitos y descubríamos hormigas en el jardín. Con curiosidad. Con cuidado. Me besó entonces. No fue un beso de película. No fue profundo ni apasionado. Fue lento, tibio, con el sabor de la cerveza y de su labio inferior, un poco agrietado. Me besó como si me estuviera aprendiendo, como si me estuviera escuchando con la boca.
Me desabotonó el jeans y me ayudó a sacármelo. Me quedé en boxers, y ella se inclinó, me dio un beso en el ombligo, y luego se lo quitó con los dedos. Me miró el pene como si fuera la primera vez que veía una estrella fugaz: con asombro, con respeto, sin prisa. Era blando, pero ya se me ponía tieso solo con su aliento en la ingle.
—Estás tan bonito cuando te enciendes —susurró—. Como un fuego de mecate.
Me tumbé boca arriba y ella se subió sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cadera. Se quitó la bata por completo. Me mostró su cuerpo entero: su vientre plano, su ombligo hundido, sus pechos flotando con la respiración, sus muslos fuertes, sus nalgas redondas como duraznos maduros. Se inclinó y me chupó un pezón. Me estremecí como si me hubieran dado un trago de tequila puro. Me agarré de sus caderas, pero ella me detuvo con una palmada suave en la mano.
—Déjate llevar —dijo—. Hoy no eres el que carga con todo. Hoy solo eres el que recibe.
Me besó de nuevo, esta vez en el cuello, y bajó por la clavícula, por el pecho, hasta que me tomó el pene entre ambas manos. Me latía como un corazón en una jaula. Me acarició con lentitud, con el pulgar rozando el glande, mojado ya con mi propia humedad. Me miraba mientras lo hacía, y yo la miraba a ella, no a mis manos, no a sus dedos, a sus ojos. A la luz que me había traído hasta allí.
—¿Quieres que te meta? —preguntó, sin soltar mi verga. —Sí —dije, con la voz quebrada—. Pero dime si algo no está bien. Ella me sonrió, se movió hacia abajo, y se puso a horcajadas sobre mí, con el coño abierto, húmedo, ya listo. Me mostró su vulva: los labios internos rosados, el clítoris hinchado como un capullo de rosa. Me pasó la mano por la entrepierna, me rozó el perineo, y me dijo: —Abre bien las piernas, Mateo. Que te vea entrar.
Me lubricé con su humedad y la empujé suavemente sobre mí. Me metí dentro de ella, lento, como si estuviera abriendo una puerta que no sabía si estaba cerrada. Y cuando sentí su cuerpo cerrándose alrededor de mi verga, como si me estuviera abrazando por dentro, me dije: *Esta es la primera vez que algo en mi vida me duele bien*.
No fue dolor. Fue plenitud. Fue la sensación de que todo lo que había buscado sin saberlo, lo había estado llevando dentro de mí, y ahora lo encontraba en su respiración, en su calor, en el sonido que hacía cuando yo la empujaba suavemente hacia adentro y ella me respondía moviendo las caderas.
—Tú eres mi primer latido de luz —le dije, sin poder evitarlo. Ella me besó, y su lengua entró en mi boca como un regreso.
Subíamos y bajábamos, con un ritmo que nacía de dentro, no de la mente. Ella se inclinaba hacia atrás, agarrándose de los bordes de la cama, y yo le sujetaba las caderas, sintiendo cómo se le ponía el culo duro, cómo le temblaban los muslos, cómo su respiración se volvía corta, jadeante, como si le estuvieran quitando el aire y ella no le importara.
—Mateo… —dijo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta—. Te voy a chingar todo el alma. Y cuando se vino, lo hizo con un grito ahogado, como si le estuvieran sacando un suspiro de diez años de silencio. Yo la seguí, entrando hasta el fondo, sintiendo su cuerpo temblar alrededor de mí, y me llegué con un gemido que salió de lo más hondo, como si me hubieran arrancado una promesa que no sabía que había hecho.
Nos quedamos
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.