El primer golpe de gracia

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (14) · 201 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que sentí el calor de otro cuerpo contra el mío no fue en una cama, ni en un cuarto oscuro, ni con música de fondo. Fue en el colectivo 152, a las 20:17 de un viernes de primavera que olía a lluvia y a promesas rotas. Vos sabés cómo es: el aire acondicionado chiflando como una serpiente herida, los asientos de vinilo que pegaban, y esa sensación de que todo el mundo lleva un secreto encima, pero solo algunos tienen el coraje de soltarlo.

Yo estaba sentada en el asiento de al lado al que me sentaste vos. No me di cuenta de entrada, ni siquiera cuando subiste con esa camiseta blanca medio arrugada y el bolso colgado al hombro como si estuvieras huyendo de algo. Pero cuando el colectivo frenó de golpe, vos te tambaleaste y tu mano —caliente, con los nudillos marcados y una cicatriz fina en el dedo índice— rozó mi muslo, justo arriba de la rodillera de mi minifalda de denim.

Me congelé. No por el roce, sino por cómo vos no te disculpaste. Solo me miraste, rápido, de reojo, y me sonreíste con la boca cerrada, como si ya supieras algo que yo aún no sabía: que ese roce no era casualidad, sino un aviso.

—Perdón —dijiste, pero no me lo dijiste a mí, lo decís al aire, como si fuera un hábito.

Yo me encogí de hombros, fingiendo indiferencia, pero mi corazón ya me traicionaba: latía como si hubiera corrido hasta acá, sin haberse dado cuenta de que el destino ya había marcado el destino.

—No pasa nada —respondí, y vos volviste a mirarme. Esta vez no fuiste rápido. Me miraste como si me estuvieras midiendo, como si quisieras saber cuánto me tardaba en derrumbarme.

El colectivo siguió su curso, y vos, sin pedir permiso, te sentaste más cerca. Tan cerca que sentí el calor de tu pierna contra la mía, y el leve movimiento de tu respiración subiendo, subiendo, hasta rozarme el hombro. Yo no me moví. No porque no quisiera, sino porque sabía que, si me movía, rompía el hechizo. Y vos también lo sabías. Porque tus dedos, en un movimiento lento, casi tímido, rozaron la parte baja de mi espalda, por encima de la tela de mi camiseta, y me hiciste cosquillas sin querer.

—Viste —dijiste—, el colectivo se pone pelotudo a esta hora.

Me reí, pero no por la broma. Porque vos decís las cosas así, sin tono ni exageración, como si el mundo fuera solo esto: vos, yo, y el calor que ya se estaba haciendo demasiado fuerte.

—Sí —le dije—, y encima nos bajamos en la próxima parada.

—¿Y qué? —vos dijiste, y tu voz se volvió más grave, más lenta, como si cada palabra la estuvieras dejando caer con cuidado, para que no se rompiera—. ¿Tenés miedo de que te mate?

—No —le dije—. Tengo miedo de que no lo hagas.

Y vos me miraste otra vez. Esta vez no sonreíste. Solo me agarraste la mano, con una sola mano, y la apretaste. No con fuerza, pero con algo peor: con intención.

—¿Te llamás Valeria? —me preguntaste.

—Sí.

—Sos linda, Valeria.

—Y vos —le dije—, tenés manos de quien sabe lo que quiere.

—Sí —dijiste—. Las tengo.

El colectivo frenó. Parada 12. Av. Corrientes y Sarmiento. vos te paraste, pero no te fuiste. Me agarraste de la muñeca y me jalaste con suavidad, sin romper el contacto visual. Yo me levanté, sin saber si estaba loca, si me había dejado llevar, o si había estado esperando esto desde que nací.

—¿Venís? —me preguntaste.

—Sí —le dije—. Pero no te creas que soy fácil.

—Yo no lo creo —dijiste—. Y por eso venís.

Subimos a tu departamento en el cuarto piso. No tenías plantas, ni cuadros en las paredes. Solo una cama deshecha, una silla volteada, y una ventana que daba a la calle, con las luces de los coches pasando como estrellas fugaces. vos te quitaste la camiseta sin prisa, y vos tenés un cuerpo que no es perfecto, pero que sabe a verdad: pecho plano, abdomen con un leve relieve, y una tatuaje fino en el antebrazo que decía *ahora*. Me gustó más que cualquier promesa.

—¿Ves esto? —me dijiste, señalando el tatuaje.

—Sí —le dije—. ¿Es una orden?

—No —dijiste—. Es una promesa. Para mí.

Me acerqué. No corrimos, no nos quitamos la ropa a la vez. Yo me senté en el borde de la cama, vos te quedaste de pie, frente a mí, con las manos en los bolsillos, como si también vos estuvieras esperando que yo diera el primer paso. Y lo di.

Me desabrochaste la minifalda, despacio, como si cada botón fuera un suspiro que no querías perder. Me bajaste la cremallera con una mano, y con la otra me acariciaste la cara, con la palma seca, con los dedos firmes. Luego me besaste. No fue un beso de película. Fue un beso de verdad: con lengua, con dientes, con un poco de saliva, con el sabor de café y tabaco, y con algo más, algo que no pude nombrar, pero que sentí en el estómago, como una descarga.

—¿Estás bien? —me preguntaste, rompiendo el beso.

—Sí —le dije—. Pero si te detenés ahora, te mato.

Vos te reíste, pero no con burla. Con alegría. Con alivio. Como si también vos hubieras estado esperando esto.

Me tumbaste sobre la cama, y vos te puse de rodillas entre mis piernas. Me desabrochaste el sujetador, y vos me miraste los pechos como si los estuvieras descubriendo por primera vez. No me sentí expuesta. Me sentí vista. Como si vos me vieras de verdad, no solo el cuerpo, sino la mierda que llevaba encima, los miedos, los errores, los “no” que me habían dicho, y los “sí” que todavía no había dicho.

Me besaste los pechos, uno por uno, lento, como si los estuvieras aprendiendo. Y luego bajaste más, con la lengua, con los dedos, hasta que me tocaste la concha. Me separaste los labios con suavidad, y vos me miraste mientras lo hacías, como si quisieras grabar cada expresión mía.

—¿Así? —me preguntaste.

—Sí —le dije—. Así.

Y cuando me metiste un dedo, no fue rápido. Fue profundo. Fue seguro. Fue tuyo. Me miraste a los ojos mientras me garchabas, mientras me hacías temblar, mientras yo me perdía en el calor, en la tensión, en el deseo que no era solo físico, sino que venía de alguna parte más profunda: de la confianza, de la entrega, de la certeza de que vos también estabas ahí, que vos también te estabas entregando.

—Quiero vos adentro —le dije, y vos me miraste como si yo te hubiera pedido el cielo.

—Estoy limpio —me dijiste—. Y vos… ¿tenés algo?

—Sí —le dije—. En la bolsa.

Me sentaste, me puse el condón vos, con las manos que me temblaban, con el corazón que me latía en la garganta. Y vos te sentaste frente a mí, con las piernas abiertas, y vos me tomaste la mano y me llevaste adentro de vos.

—Vení —me dijiste.

Y yo te cogí.

No fue perfecto. No fue rápido. Fue lento, intenso, como una revelación. Me sentiste dentro mío, y vos sentiste mi cuerpo abrirse, como si por fin hubiera encontrado su lugar. Me besaste mientras te movías, y vos me decís “sí, sí, así”, y yo te decía “más, más”, y vos me decís “sos mía”, y yo te decía “sí, soy tuya”.

Cuando vos llegaste, te agarraste de mis caderas, y vos te pusiste la frente contra la mía, y vos te quedaste quieto un segundo, respirando, como si no quisieras perder ni un milésimo de segundo de eso.

Después, vos te tiraste al lado mío, sin soltarme, y vos me abrazaste, con el brazo cruzado sobre mi pecho, y vos me decís:

—Primera vez, ¿sí?

—Sí —le dije—. Pero no la última.

Vos te reíste, me besaste la frente, y vos me dijiste:

—Entonces, Valeria, bienvenida a la mierda.

Y yo te dije:

—Gracias, pija. Me encanta.

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