El primer día que me cogí a mi vecino del quinto piso

El primer día que me cogí a mi vecino del quinto piso

@santiago_vera ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (38) · 60 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi en el ascensor, no fue el cuerpo lo que me atrapó —fue la forma en que se inclinó a ajustarse el cuello de la camisa, con los nudillos rozando la curva de su clavícula, y cómo el sudor, apenas perceptible, se le asentó en el hueco entre el pecho y el hombro. Estaba subiendo al quinto piso. Yo bajaba al primero. Él salió en el cuarto. Yo en el tercero. Pero al bajar, me detuve en el rellano y lo vi desde la barandilla: se sacó la camisa por la cabeza, y el movimiento hizo que se tensara el vientre, marcando los bordes de los oblicuos, y entonces —sí— lo vi: el pene, bajo el tejido del calzoncillo, marcando una curva firme hacia adelante, como si ya supiera que yo estaba ahí, que lo observaba.

Se llamaba Mateo. Lo supe porque una tarde, con el calor de junio pegando en el corredor, lo escuché discutir por teléfono desde su apartamento. Su voz, grave y con ese rasguño que no viene de la garganta, sino de la costumbre de no bajar el tono ni cuando está cansado. Me paré a un metro de su puerta, con la mano en el pestillo del mío, escuchando cómo decía, sin prisas, «no, cariño, no es por no querer, es que ya me la pasé follando con un tipo del gimnasio y ahora solo quiero dormir». Y yo, que había estado evitando mirarlo desde la primera vez —por miedo, por respeto, por puro miedo—, sentí cómo el calor me subía por el cuello y se me asentaba en el entrepierna.

No sabía si lo había dicho así para que yo lo escuchara. Pero Mateo no era así. No parecía el tipo de hombre que jugaba con los otros. Más bien, todo lo contrario: hablaba sin premeditación, sin teatralidad, como si la verdad no necesitara disimulo. Lo que sí noté después fue que, cuando nos cruzábamos en el pasillo, ya no bajaba la vista. Me miraba directo, con esos ojos claros que parecían de vidrio, y no como quien mira a un extraño, sino como quien ya está calculando si una puerta se abre o no.

Una noche, con la lluvia cayendo enolas sobre la ciudad, volví a casa con la camiseta empapada y los pies fríos. Al entrar al pasillo, encontré su puerta entreabierta. Una luz cálida salía por la rendija, y dentro se oía música suave, de esas que se usan para cenar y no para dormir. Me detuve. La tentación no fue instintiva, fue lenta. Como cuando uno se inclina a revisar un objeto que cayó al suelo y, en vez de agacharse de golpe, lo mira desde lejos, calculando si vale la pena tocarlo.

—¿Santiago? —dijo, sin girarse. Mateo estaba de espaldas, frente al fregadero, con los pantalones bajados hasta las rodillas, y una mano entre las piernas. El otro brazo sostenía un vaso de vino tinto. No se sorprendió. No se cubrió. Simplemente me miró por el reflejo del espejo, y me sonrió con la boca cerrada, como si ya hubiéramos estado hablando.

—Llueve como para morirse —dije, entrando sin pedir permiso.

—Sí. Es raro en junio. —Se secó las manos con una toalla y se levantó los pantalones, sin apuro, dejando que elástico y tela se ajustaran con lentitud sobre su cuerpo. —¿Quieres un vino?

—Sí.

No hubo rodeos. No hubo preguntas. Solo el sonido del corcho saliendo del frasco, el chasquido seco, el sonido del líquido cayendo en el cristal. Nos sentamos en su sofá, con las piernas extendidas, los hombros casi tocándose, y mientras hablamos de cosas triviales —el ruido del vecino del sexto, la gripe que le dio a su hermana, la película que no terminó—, su pie, sin que nadie lo pidiera, se apoyó en la pantorrilla del otro. Una presión leve. Una prueba. Como si el cuerpo ya hubiera decidido, y la mente solo tuviera que aceptarlo.

Cuando se levantó para poner más música, se inclinó hacia atrás, estirando los brazos, y el suéter que llevaba subió un par de centímetros, dejando al descubierto una línea oscura de vello que bajaba desde el ombligo hasta el borde de su calzoncillo. Yo no moví la vista. No era necesario. Sentí que la piel me temblaba en los muslos, que el pulso me latía en las sienes, y que si no hablaba enseguida, algo se rompería.

—¿Tienes condones? —pregunté, sin mirarlo, con la voz más firme de la que sentía.

Se detuvo. Volteó. Me miró fijo, como si hubiera esperado esa pregunta desde que cruzó el umbral. Asintió con la cabeza y, sin decir nada, se acercó. Se sentó frente a mí, con las rodillas separadas, las manos sobre las muslos, y me tomó una de las mías. No con urgencia. No con timidez. Con calma, como si ya hubiéramos estado juntos muchas veces.

—¿Quieres que lo hagamos ahora? —me preguntó, y su voz, esa vez, sí sonó grave. Real. Verdadera.

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí.

No hubo beso preliminar. No hubo desvestirse paso a paso. Se levantó, tiró el vaso a la cocina y me tomó del brazo. Me arrastró hacia su habitación, con la seguridad de quien ya sabe qué va a encontrar al otro lado de la puerta. El cuarto estaba oscuro, pero suficiente luz entraba por la ventana para verlo: el pecho ancho, los pezones morenos y levantados por el frío del aire acondicionado, el vello en el estómago, el ombligo hondo, y el pene, ya medio erecto, colgando entre sus piernas como un latido que no se detiene.

Me senté en el borde de la cama. Él se puso de rodillas frente a mí, sin pedir permiso, sin esperar. Me desabotonó los pantalones, me bajó la tela y los calzoncillos juntos, como si ya hubiera hecho eso cientos de veces. Y entonces —sí— me vio. Me tomó la entrepierna con ambas manos, me sostuvo como quien sostiene algo valioso, y me miró. No como quien mira un pene, sino como quien mira una promesa.

—Estás duro —dijo, y me sonrió, y con la punta de la lengua pasó por su propio labio superior.

—Tú también —respondí, y le tomé la nuca, tirando suavemente para acercarlo.

No hubo prisa. Se inclinó y me lamió el glande, con la boca cerrada, suaves idas y venidas, como si cada trazo fuera una confirmación. Luego me lo metió entero en la boca, sin que yo lo empujara, sin que yo lo pidiera. Solo se lo dio. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no me preocupé por durar. Solo dejé que el calor me subiera, que la tensión se rompiera, y que el placer viniera como viene cuando ya no se está luchando.

Se levantó, se quitó el suéter y los pantalones en un solo movimiento, y se sentó en la cama, con las piernas abiertas, la mano en el pene, que ya estaba fuerte y ligeramente húmedo en la punta. Yo me acerqué, lo agarré por las caderas, lo tiré suavemente hacia atrás, y lo entré en él. No con brusquedad. Con lentitud. Con respeto. Mateo soltó un suspiro largo, bajo, casi un grito reprimido, y me miró mientras yo lo tomaba todo, mientras su cuerpo se adaptaba al mío, mientras sus dedos se crispaban sobre el colchón y su cabeza se inclinaba hacia atrás, dejando al descubierto la curva de su cuello.

No hubo necesidad de palabras. Solo el sonido de la piel contra la piel, de los resoplidos, de la cama que crujía en cada embestida. Yo lo cogía con fuerza, pero sin apuro. Él me daba todo, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el cuerpo moviéndose al ritmo que yo le imponía —o mejor dicho, al ritmo que ambos habíamos decidido.

Cuando se corrió, lo hizo sin gritar, sin moverse. Solo se tensó, y un chorro espeso le salió del pene, manchándole el estómago. Yo lo seguí, dos embestidas después, entrando hasta el fondo, sintiendo cómo su interior me apretaba como un puño, como una promesa cumplida. Me derramé dentro de él, y cuando salí, el líquido le resbaló por la piel, goteando sobre la sábana, como si el cuerpo ya no tuviera control.

Nos quedamos así, uno al lado del otro, sudorosos, sin fuerzas, sin hablar. Yo le acaricié el pecho con la yema de los dedos, y él giró la cabeza hacia mí, y me sonrió —ese mismo, con la boca cerrada—, como si ya supiera que volveríamos a hacerlo, que aquello no había sido un accidente

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