El primer beso en la habitación de atrás
3 minEl primer beso en la habitación de atrás
Yo siempre he tenido el instinto de esconderme en los rincones tranquilos. En la fiesta de los viernes en el bar La Esquina, ese rincón era la puerta de madera oscura que daba al pasillo sin ventanas, donde solo brillaba una bombilla colgante con polvo de años. Ella estaba ahí, apoyada contra el muro, con una camisa blanca abierta sobre una playera negra, los brazos cruzados como si estuviera esperando algo que aún no llegaba.
—¿Te gusta la música fuerte o prefieres escuchar el silencio entre dos canciones? —me preguntó, y su voz tenía ese tono que solo tienen quienes han aprendido a hablar sin gritar, aunque el mundo les grite encima.
Me llamé Mateo. O mejor dicho, ahora me llamo Mateo. Pero en ese instante, con ella frente a mí, sentí que por primera vez no tenía que explicar nada. No la miré como si temiera ser juzgado. La miré como si pudiera verme tal cual soy: alguien que late con las mismas ganas de ser amado que cualquiera.
—Prefiero escuchar lo que no se dice —le respondí, y ella sonrió, no con piedad ni curiosidad, sino con complicidad.
Se llamaba Ximena. Tenía las manos grandes, los nudillos marcados, y cuando se acercó a mí, olía a café recién hecho y a lluvia en el metro. Me tomó del brazo, no con firmeza, sino como quien toma una taza que no quiere que se derrame.
—Vamos —dijo—. La música se escucha mejor cuando no hay nadie más que tú y quien te mira sin pedir permiso.
El pasillo se estrechó con cada paso. La bombilla parpadeó una vez, dos, y en la tercera se apagó del todo. En la oscuridad, sentí su respiración acercarse, y con ella, el calor de su cuerpo.
—¿Estás seguro? —me preguntó, y aunque no la vi, sentí que su voz temblaba. No por miedo. Por ganas.
Asentí.
Entonces, con la punta de los dedos, me levantó el mentón. No fue un gesto dominante. Fue un gesto de entrega. Y cuando sus labios tocaron los míos, no fue un beso de prueba ni de curiosidad. Fue un beso de *ya*. De alguien que lleva tiempo sabiendo que el mundo le debe un abrazo y que, al fin, alguien lo va a dar.
Sus manos se deslizaron por mi cuello, por mis hombros, y cuando sus uñas rozaron la piel de mi espalda, sentí que algo dentro de mí se soltaba. Como si una cerradura vieja, de las que no abren desde hace años, hubiera empezado a girar.
—Estás temblando —susurró contra mi boca.
—No es miedo —le dije, y la tomé de la cintura, sintiendo cómo su cuerpo respondía, cómo se pegaba un poco más a mí, cómo su respiración se volvía más profunda, más lenta.
Ella inclinó la cabeza, y esta vez fui yo quien la besó, con la lentitud de quien quiere grabar cada detalle: el sabor de sus labios, el calor de su cuello, el leve temblor de su pulso cuando le acaricié la nuca.
—¿Te gustan mis manos? —me preguntó, y en su voz había una pregunta que no necesitaba respuesta, porque ya lo sabía.
—Me gustan porque me hacen sentir que puedo existir sin pedir permiso —le confesé.
Y entonces ella me tomó de la cara, me miró a los ojos, y me dijo algo que至今 no he podido olvidar:
—Entonces quédate. Porque aquí no hay nadie que espere. Solo tú y yo. Solo este momento. Solo *ahora*.
Y en la oscuridad, entre el eco de las risas lejanas y el eco de nuestros corazones, nos volvimos a besar. No como quien busca algo. Como quien recuerda algo que ya sabía.
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