El primer beso de julio
6 minEl primer beso de julio
Yo nunca había tenido una primera vez que se sintiera tan lenta. No por falta de intención, sino por la forma en que el tiempo se detenía entre las palabras no dichas, entre los dedos que casi se rozaban sin atreverse a tocar. Todo ocurrió en julio, cuando el calor ya no era solo un pronóstico, sino una presencia física que se arrastraba por la piel como una promesa mal disimulada.
Llamaba a mi vecina de enfrente. No porque fuera mi amiga, ni porque tuviéramos algo que contar. Solo porque una noche, mientras yo regaba las plantas en el balcón, ella asomó la cabeza por su ventana y me preguntó si tenía tijeras de podar. Las tenía. Se las presté. Se sonrojó al tomarlas, no por el gesto, sino porque su mano rozó la mía —solo un instante, apenas una décima de segundo—, pero fue suficiente para que me diera cuenta de que mi pulso había acelerado sin permiso.
Se llamaba Lucía. Tenía los ojos color miel y un lunar cerca del labio superior que parecía una pregunta sin respuesta. Trabajaba en una imprenta pequeña, decía, y le gustaba leer poesía en voz baja mientras preparaba café. Nunca me lo confirmó, pero me imaginaba esa escena con una claridad que ya empezaba a doler.
Esa semana, llovió tres días seguidos. Ella dejó un par de galletas caseras en el umbral de mi puerta, envueltas en papel de pergamino y atadas con una cinta verde. No había nota. Solo el olor a canela y naranja que se filtraba entre los pliegues. Me comí una en el sofá, sentado en silencio, con la ventana entreabierta y el sonido de la lluvia en segundo plano. Sentí que algo se aflojaba dentro de mí, como si una cuerda que no sabía que estaba tensa se hubiera soltado de golpe.
El viernes, me invitó a subir. Dijo: «Tengo un té de jengibre y limón que no me terminé. Si quieres, te lo ofrezco». Su voz sonaba más suave por teléfono, como si cada palabra estuviera envuelta en algodón. Le dije que sí, sin dudar, aunque sabía que era una excusa. Todo era excusa, ahora.
Subí los escalones con calma, sin apresurarme. No quería que se notara que me temblaban las manos. Cuando abrió, llevaba una camiseta de algodón gris, un poco desgastada en los codos, y el cabello suelto, suelto como el agua corriendo por el cuello. Me sonrió, y no fue una sonrisa cualquiera: fue la primera vez que me miró sin disimulo, sin excusas, sin disfraz. Fue una mirada que me entró por los ojos y se quedó quietita en el pecho, como si hubiera encontrado el lugar donde debía estar.
—¿Te importa si enciendo la vela? —preguntó, señalando el velón de cera blanca sobre la mesa baja—. A veces, la luz natural me quita el coraje para hablar.
—Me encantan las velas —mentí. Pero era cierto, desde entonces.
Nos sentamos en el sofá, con las piernas casi juntas, sin tocarse. Ella sostuvo la taza entre las palmas, como si le diera calor. Yo la miré beber, y me di cuenta de que tenía el pulgar izquierdo levemente marcado por una cicatriz antigua, casi invisible. Me pregunté si algún día me atrevería a tocarla, pero no lo dije en voz alta.
—¿Por qué nunca me has preguntado cómo me llamaba? —me dijo, con una sonrisa pequeña.
—Porque ya sabía tu nombre —respondí, y me sonó más honesto de lo que pretendía—. Lo supe la primera vez que escuché tus pasos en el pasillo. Suena distinto. Como si caminaras con cuidado de no despertar sueños.
Se rió, pero no fue una risa burlona. Fue una risa que se le escapó, como si le hubiera quitado una venda de los ojos.
—Entonces —dijo, poniéndose de pie—. ¿Quieres que te muestre algo?
Me llevó al balcón pequeño, el de ella, que daba al este. El cielo ya empezaba a teñirse de rosa, y había un viento cálido que movía las hojas de las plantas con una suavidad casi infantil. Sobre una mesa de madera, tenía un cuaderno de hojas gruesas y un lápiz sin tapa.
—Escribo —dijo—. Pero nunca lo leo en voz alta. Me da miedo que se rompa la palabra si alguien la escucha.
—¿Te importaría que lo leyeras hoy? —pregunté.
Me miró, y por un momento creí que se negaría. Pero asintió, y abrió el cuaderno. Su dedo recorrió las líneas, y cuando llegó a una página en particular, se detuvo.
—Esta es la primera que escribí sobre ti —dijo, sin mirarme. Solo me la pasó.
Leí en voz baja:
> *Hay alguien que riega plantas cada mañana. > Que deja un pañuelo plegado en el borde de la ventana. > Que sonríe cuando cree que no lo ve nadie. > Hoy, mientras me asomaba, vi que sus manos temblaban un poco > al devolverme las tijeras. > Y me dije: > «Si un día se atreve a tocar mi mano, > no la retiraré».*
Me quedé callado. El viento levantó una hebra de su cabello y la pegó al costado de su mejilla. No me atreví a alzársela. Me limité a mirarla, a sentir el peso de sus ojos sobre los míos, y a dejar que el silencio se llenara de algo más que aire.
—¿Y si no te retiras? —le pregunté.
—Entonces… —se acercó un paso más, hasta que su pecho casi rozaba el mío—. Entonces, tal vez, me beses.
No hubo más palabras. No hizo falta. Solo su aliento, más cálido que el viento, rozando mi labio inferior. Cerré los ojos. Su mano subió, lenta, como si temiera que yo la detuviera. Y cuando me tocó la nuca, sentí una corriente que me subió por la columna y se quedó quietita en la base de la garganta.
El beso fue como encontrar la llave en un cajón olvidado: no fue brusco, no fue rápido. Fue un descubrimiento. Sus labios eran suaves, pero con una textura interna que me hizo pensar en el interior de una flor recién abierta. Bajé la mano hasta su cintura, y ella se acercó, sin fuerza, solo con confianza. Me pareció que el mundo se detuvo, no porque no hubiera sonido, sino porque todo lo que escuchaba era el sonido de su respiración, igual que la mía, entrecortada, casi temblorosa.
Cuando nos separamos, la luz ya era dorada, y el sol se deslizaba por el borde del edificio de enfrente como una promesa que se cumple.
—¿Esto… es real? —susurró.
—Sí —dije, y volví a besarla, esta vez con más seguridad, pero sin perder el temblor.
Y en aquel beso, con el aire cargado de jazmín y la promesa del verano aún por llegar, supe que había empezado algo que no quería que terminara nunca.
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