El primer aliento del verano
4 minEl primer aliento del verano
Luz dio un suspiro mientras cerraba la puerta del estudio. El aire estaba cargado del olor a papel viejo, tinta seca y la ligera humedad del verano que ya se insinuaba por la ventana entreabierta. En el escritorio, bajo la luz cálida de la lámpara de latón, había un sobre dirigido a su nombre con una letra cursiva que conocía demasiado bien: la de Raúl.
No hablaron mucho en los días anteriores. Solo unos mensajes breves, entre risas contenidas y frases que se quedaban a medio decir. Él había regresado a la ciudad tras dos años en Oaxaca, donde enseñó pintura en una escuela rural. Luz, que trabajaba en la librería de la esquina, lo había visto solo una vez: desde lejos, mientras cargaba una caja de libros antiguos en su auto. Y aún así, desde entonces, el mundo parecía más lento, más atento a cada detalle.
—¿Te acuerdas de ese verano en la casa de tu tía? —preguntó Raúl esa noche, sentados en el sofá del estudio, entre dos cojines grandes y una manta doblada, como si temieran toparse sin querer.
Ella asintió, sin mirarlo. Recordaba el calor húmedo, el olor a jazmín que subía por las paredes, el sonido de las hojas de plátano al moverse con la brisa. Y recordaba a Raúl, entonces estudiante de arquitectura, sentado en el balcón con su cuaderno, dibujando sin mirarla, pero sabiendo que ella lo observaba.
—Hoy no dibujaste —dijo Luz, finalmente.
—Hoy quería verte —respondió, y por primera vez, sus dedos rozaron los de ella, apenas un roce, como si estuviera midiendo la temperatura de un instante.
El silencio no fue incómodo. Fue un espacio que se llenaba con lo no dicho: con el latido lento de su corazón, con la respiración que se volvía más profunda cada vez que él se inclinaba un poco más hacia adelante, con la forma en que Luz dejaba caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo, como si ceder fuera un acto de confianza.
Él se inclinó.
Y entonces, por primera vez, no hubo dudas. Solo la suavidad de sus labios, que se encontraron con una timidez que no era vergüenza, sino reverencia. Luz sintió el calor de su boca, la ligera presión de sus pulgares sobre sus mejillas, como si estuviera acariciando algo precioso, algo que no debía romperse.
—Es diferente —susurró Raúl contra su labio inferior, sin alejarse—. No como antes.
—Sí es diferente —concilió Luz, y esta vez sí lo miró. Sus ojos tenían el color del café recién hecho, y en ellos había algo nuevo: una ternura que no había estado antes, una pregunta hecha caricia.
Él besó su frente. Luego, lentamente, deslizó las manos por sus brazos hasta alcanzar sus manos. Entrelazó los dedos, como si así pudieran sostener el tiempo.
—¿Te acuerdas de la linterna que trajimos ese verano? —preguntó él, mientras sus pulgares trazaban círculos pequeños en sus nudillos—. Dijiste que si la apuntábamos al cielo, veríamos estrellas que ya no existían.
—Y tú dijiste que eso no importaba —respondió ella, con una sonrisa apenas perceptible—. Que lo que importaba era verlas mientras duraban.
Raúl se puso de pie, extendió la mano.
—¿Me dejas mostrarte algo?
Ella lo siguió sin dudar. Subieron la escalera de madera que crujió suavemente bajo sus pasos, como si también estuviera aprendiendo a ser tierno. En el cuarto del ático, con sus paredes de madera clara y el techo inclinado, la luz del atardecer entraba por la ventana pequeña, pintando de oro las esquinas.
—Este era mi lugar favorito cuando venía —dijo Raúl—. No lo tocan. Nadie lo usa.
Luz se acercó a la ventana, y él se detuvo detrás de ella, sin tocarla aún. Solo respiró: su perfume, el suyo, el aire del verano.
—¿Te acuerdas de cómo nos mirábamos cuando pensábamos que no nos veíamos? —preguntó ella, sin voltear.
—Sí —respondió él, y esta vez sí la tocó. Le acarició el hombro con la yema de los dedos, bajó lentamente hasta su brazo, y luego con cuidado, con una paciencia que parecía sacada de un poema, la giró hacia sí.
El beso que siguió fue más lento, más profundo, como si cada segundo fuera una palabra que debía ser escuchada. Luz colocó las manos sobre su pecho, sintiendo el latido que había aprendido a esperar. Raúl inclinó la cabeza, y sus labios encontraron su cuello, no con urgencia, sino con devoción.
—Hoy no hay linterna —dijo él, entre besos—. Pero sí hay luz.
Ella asintió, y cerró los ojos mientras sus dedos se hundían suavemente en su cabello. Fuera, el verano continuaba su lento advenimiento. Y dentro, algo nuevo comenzaba: algo más frágil que una promesa, pero más firme que el tiempo.
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