El primer aliento del naranjo

@mateo_cruz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (24) · 29 lecturas · 7 min de lectura

Recuerdo el olor del café humeante que se perdía en la cocina, mientras tú te asomabas por la puerta con la camiseta del equipo de fútbol ya desabotonada hasta la mitad, y el pelo aún húmedo de la lluvia que cayó sin aviso esa tarde. Me miraste como si me estuvieras descubriendo de nuevo —como si no nos hubiéramos saludado con un “buenas” cada lunes en el estacionamiento durante tres meses—. Tu voz, esa voz grave que siempre me hacía sentir como si me hubieras cogido antes de que pasara algo, me dijo: —¿Te importa si me quedo un rato? Se me rompió el coche en la esquina y no tengo who-knows-who para venir a recogerme.

No dije nada. Solo abrí más la puerta, dejé que entraras con el olor a lluvia, a jabón de menta y a algo que no sabía nombrar, pero que reconocí al instante: el sabor de lo que iba a pasar.

Te serví café, negro, como a ti te gusta. Tú te sentaste en el sofá, con las piernas abiertas a propósito, como si ya supieras que ese gesto me haría tragar saliva con fuerza. Yo me senté a tu lado, pero con un par de palmas de distancia. No por pudor, sino porque si me acercaba más, temía que mis dedos se temblaran al tocar algo tan real como tu brazo.

—¿Y qué haces cuando no estás arreglando motos en el garaje? —preguntaste, mirando mi taza sin verla.

—Escribo —dije—. Cosas tontas. Versos que nobody va a leer.

—¿Versos? —te reíste, pero sin burla—. ¿Y qué te gusta escribir?

—Cosas que duele nombrar. Cosas que se me quedan pegadas en la lengua y no saben salir.

Tú apagaste el silencio con un silbo suave, como cuando se rompe una cáscara de huevo contra el borde de la mesa. Luego, con la punta del dedo índice, dibujaste una línea en la mesa de madera, desde donde estaba tu mano hasta donde estaba la mía. No nos tocamos. Solo estuvimos ahí, respirando, hasta que tu aliento se mezcló con el mío, como si el aire entre nosotros hubiera dejado de ser aire y se volviera algo más espeso, algo que se sentía en la piel.

—¿Y si te escribo una cosa? —preguntaste—. ¿Te la creerías?

—Depende —dije—. ¿Es una cosa que duele o una que hace bien?

—Las dos.

Tu mano se movió entonces. Lento. Como si temieras que el tiempo se detuviera si te apresurabas. Tu dedo rozó el dorso de mi mano, y yo no me moví. No porque no quisiera, sino porque no sabía si aquello era real o si era parte de un sueño que me había comprado en el mercado negro de los deseos.

—Estoy sudando —dijiste, y no sonaba como disculpa, sino como confesión.

—Yo también —admití, y fue cierto. Tenía la camiseta pegada a la espalda, y el corazón me latía en las orejas como si me estuviera diciendo: *ahora, ahora, ahora*.

Me incliné. Tú no te apartaste. Tu boca, pequeña y dulce como un chile guajillo maduro, se posó sobre la muñeca, y ahí se quedó, sin moverse. Tu respiración calentaba mi piel como el sol de mediados de mayo, y yo cerré los ojos para no perder el instante, para no perder la textura de tu aliento en mi pulso.

—¿Te importa si te toco? —susurraste, sin levantar la cabeza.

—No —dije—. Pero dime primero dónde.

—Aquí —y colocaste mi mano sobre tu pecho.

Sentí el latido bajo tu camiseta, rápido, desbocado, como un conejo atrapado en un barranco. Tú soltaste un gemido bajo, apenas un susurro entre dientes, y yo apreté un poco más, como si quisiera agarrotar ese latido para guardármelo en la palma.

—¿Me dejas ver tu cuello? —preguntaste.

Me incliné, y tú puse tus dedos en la base de mi garganta, justo donde el pulso se acelera cuando se tiene miedo o se tiene hambre. Tú te risoteaste, una risita corta, dulce, como si supieras que yo no tenía hambre de nada… salvo de ti.

—Estás temblando —dijiste.

—Tú también.

—Es distinto —respondiste—. Yo no temblo de miedo. Temblo de querer.

Y entonces, con lentitud de quien sabe que el tiempo es corto pero quiere alargarlo de cualquier modo, tú me besaste.

Fue un beso lento, dulce, como el primer trago de atole cuando hace frío. Tu boca era suave, húmeda, con sabor a café y a algo más que no pude nombrar porque mis pensamientos se desarmaron como un rompecabezas arrojado al suelo. Tú me tocaste la mejilla con la yema de los dedos, como si temieras que yo me fuera, y yo apreté tu cintura con las manos, sintiendo la tela de tus jeans, la curva de tus nalgas, el calor de tu cuerpo a través de los dos tejidos que nos separaban.

—¿Quieres que sigamos? —preguntaste, separando tus labios de los míos, pero sin soltarte de mí.

—Sí —dije—. Pero avísame si te paras.

—No me voy a parar —prometiste—. Solo quiero saber si esto huele a lo que yo creo.

Y entonces, con la misma calma que usaste para acercarte, me tumbaste sobre el sofá. No con fuerza, no con prisa, sino con una seguridad que me hizo sentir seguro a mí también. Te miré a los ojos mientras te quitabas la camiseta, y vi tu pecho, moreno y suave, con una cicatriz pequeña junto al ombligo que no me atreví a tocar aún.

Me desabrochaste los pantalones con manos seguras, y cuando sacaste tu verga, era delgada pero firme, con la punta ya humedecida por el deseo. No me diste tiempo de sentirme expuesto. Me tocaste los testículos con suavidad, como si fueran huevos recién cocidos, y luego bajaste la mano por mi muslo, subiste hasta la base de mi verga, y me acariciaste con un movimiento lento, cíclico, como una ola que regresa siempre al mismo punto.

—Tú me estás haciendo daño —dije, entre dientes.

—No —respondiste—. Te estoy haciendo bien.

Y entonces metió los dedos dentro de mí, dos dedos, lentos, con cuidado, como si estuviera abriendo una puerta que no sabía si estaba cerrada. Te detuviste cuando sentí el calor de tu pulso en la punta de tu verga, cuando sentí que tu aliento se aceleraba, cuando me miraste y me dijiste: —Estás apretado como un puño. Déjame entrar.

No respondí con palabras. Solo apreté tus nalgas con las manos y te empujé hacia mí, como quien empuja un coche cuando ya no tiene gasolina y necesita llegar a casa.

Tú entraste poco a poco, como si temieras que si te apresurabas, el momento se rompiera como una hoja de papel. Y cuando estuviste dentro, todo mi cuerpo se cerró alrededor de ti, como una flor que se cierra al tocarla con el dedo.

—Estás tan apretado… —susurraste—. Como si me estuvieras atrapando.

—Sí —dije—. Te tengo.

Y entonces empezamos a movernos, lento al principio, como si estuviéramos escribiendo una carta con tinta de miel, y luego más fuerte, con más ganas, con más hambre. Tú me tocaste el pene con la mano mientras te movías, y yo te toqué los testículos, y cada movimiento era un latido que se repetía, como si nuestro corazón hubiera dejado de ser dos y se hubiera hecho uno solo.

Te besé en la nuca, sentí el sudor en tu piel, el olor a sal y a naranjo después de la lluvia. Tú me dijiste “más”, y yo te di más. Tú me dijiste “ahí”, y yo me quedé ahí. Tú me dijiste “no pare”, y yo no paré.

Y cuando llegamos, tú te quedaste quieto dentro de mí, y yo me dejé ir, y sentí tu verga palpitando, y tu aliento en mi cuello, y tus labios en mi oreja, y tus manos en mis nalgas, y tu voz, esa voz que ahora ya no me hace tragar saliva, sino que me hace querer volver a escucharla otra vez, otra vez, otra vez.

—¿Volverás mañana? —me preguntaste, mientras me limpiabas con la punta de tu camiseta.

—Sí —dije—. Si me dejas.

—Me tienes —respondiste—. Ya me tienes.

Y yo creí en eso. Porque en ese momento, con tu verga aún dentro de mí y el olor a lluvia en la ventana, supe que no era un sueño.

Era real.

Como el café que se enfría, como el aliento que se ve en el aire en invierno, como el primer aliento del n

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