El peso de tu piel en mi pecho

El peso de tu piel en mi pecho

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (6) · 175 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que la vi en el parque, bajo ese sol del mediodía que fundía el asfalto, estaba leyendo sentada en un banco de madera agrietado. El sol le marcaba los contornos del cuerpo bajo una camiseta fina, blanca, que se pegaba al pecho con el sudor y dejaba ver la curva dura de sus pezones. No la miré mucho —solo lo suficiente para grabar la forma en que se mordía el labio inferior al girar una página—, pero esa imagen se quedó clavada en mi mente como un tatuaje.

Tres semanas después, nos cruzamos de nuevo, esta vez en la fila del café. Llevaba el pelo suelto, una falda plisada que le subía hasta la mitad de los muslos, y esos zapatos de tacón bajo que le hacían arquear la espalda al caminar. Me acerqué. Le pregunté si quería un café. Ella me miró sin sonreír, con esos ojos verdes que parecían ver más allá de mis palabras, y dijo: «Sí, si es espresso». Su voz era áspera, como si hubiera estado hablando poco, como si guardara palabras en la garganta.

Acepté invitarla a sentarse. Hablamos de cosas cotidianas: el calor, el tráfico, el libro que leía (una colección de poemas de Neruda con las páginas dobladas en el verso 17). Pero entre líneas, entre miradas, entre los silencios que no eran incómodos, sentí que algo se movía entre nosotros. Algo más que simple curiosidad. Algo que se llamaba reconocimiento.

Esa noche, la llamé. Le pedí que viniera a mi casa. No le dije por qué. Ella no me preguntó. Llegó con una bolsa de tela, un termo de té, y ese mismo silencio que me volvía loco.

Abrí la puerta. Ella se quitó los zapatos en el umbral, como si entrara en un templo. Me miró desde el centro de la sala, con las manos en los bolsillos, los hombros un poco rígidos. Yo la observaba, sin moverme. El silencio se extendía, denso, cargado. Entonces ella se acercó, lento, como si estuviera caminando sobre hielo, y me tomó la mano. Me puso la palma sobre su pecho. Sentí el latido allí, firme, rápido, como un pájaro atrapado entre dos costillas.

—¿Te importa si me quito la camiseta? —preguntó, sin soltar mi mano.

—No —dije, y mi voz salió más ronca de lo que quería.

Se desabrochó con lentitud, paso a paso, hasta que la tela se abrió como una flor al revés. No llevaba sostén. Los pechos eran firmes, redondeados, con areolas grandes, oscurecidas, y pezones que se erizaron apenas el aire los rozó. Me incliné, lentamente, y le besé uno. Con la lengua primero, luego con los dientes, sin apretar, solo rozando. Ella exhaló un gemido bajo, ahogado, como si no estuviera segura de si debía dejarse oír.

—Tú no sabes cuánto he querido esto —murmuré contra su piel—. Cómo hueles. Cómo sabes.

Ella me empujó suavemente hacia atrás, me quitó la camiseta, y se puso de rodillas. Me desabrochó el pantalón sin prisa, me sacó el pene ya medio duro, ya pegado al abdomen con la humedad de quererla. Me miró mientras me tomaba con ambas manos, como si lo estuviera midiendo, como si lo estuviera recordando. Luego lo metió en su boca.

No fue rápido. Fue profundo. Su garganta se abrió para dejármelo entero, y sentí cómo sus músculos se contraían alrededor de mi miembro cuando lo sacó lentamente, con un sonido húmedo, casi animal. Me volví a levantar, la tomé de la cintura, la llevé hacia la habitación. La acosté sobre la cama, sin lámpara, sin espejos, solo la luz de la calle que entraba por la ventana.

Me incliné sobre ella, le abrió las piernas, y le besé el monte de Venus, la entrada húmeda, el labio mayor ya hinchado, ya abierto como una flor que espera la lluvia. Metí un dedo. Luego otro. La vi arquear la espalda, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, jadeando mi nombre como una oración.

—Dime qué necesitas —le susurré.

—Tú —dijo—. Dentro de mí. Ya.

La tomé por las caderas, la jalé hacia mí, y la empujé con un movimiento suave. Entró hasta la raíz, y sentí cómo se estrechaba a mi alrededor, cómo su cuerpo se abría, cómo su respiración se detenía por un instante. Empecé a moverme, lento, profundo, con los ojos pegados a los suyos, con sus manos aferradas a mis hombros, con su pecho subiendo y bajando contra el mío.

No fue rápido. Fue intenso. Cada golpe la hacía soltar un sonido que no era del todo palabra, que no era del todo gemido. Fue el momento en que sentí su cuerpo tensarse, en que sus dedos clavaron sus uñas en mi piel, en que su respiración se rompió, en que su cuerpo se estremeció como una cuerda que se suelta: un temblor profundo, prolongado, que la llevó a gritar mi nombre como si fuera la última palabra que le quedaba.

Yo la seguí, empujando con fuerza, sintiendo cómo su interior me apretaba, me absorbía, me bebía hasta la última gota. Me derramé dentro de ella con un gemido que salió de lo más hondo, como si estuviera devolviéndole todo lo que ella me había dado.

También en: Primera vezConfesiones

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