El peso de la cuerda

El peso de la cuerda

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La habitación no tenía ventanas. Solo una lámpara de pie con pantalla de terciopelo rojo, colocada en un rincón, proyectaba una luz cálida y tibia que se extendía en un círculo imperfecto sobre el suelo de madera oscura. En el centro de ese círculo, una silla de madera alta, con respaldo recto y brazos macizos, esperaba. Sobre su superficie, una cuerda de cáñamo trenzada gruesa, nudosa al tacto, estaba enrollada con precisión de quien conoce el gesto mil veces.

Elena entró sin hacer ruido. Calzas negras ajustadas, camiseta blanca sin mangas, el cabello recogido en un moño bajo, suave pero firme. Llevaba zapatos planos, de cuero marrón claro, y un bolso de tela que dejó sobre una banqueta junto a la puerta. Su rostro no mostraba nerviosismo, sino atención. Como quien se prepara para un examen que ya ha estudiado mil veces, pero sigue siendo nuevo en cada repetición.

—Llegaste temprano —dijo una voz desde la penumbra.

Lucas salió de la sombra detrás de la puerta, con los brazos colgando a los lados, las manos abiertas y visibles. Usaba pantalón negro, camisa blanca abierta hasta el pecho, y una correa de cuero alrededor de una muñeca: un gesto de preparación, no de amenaza. Su mirada, gris y clara, se detuvo en ella un instante más de lo necesario, midiendo el ritmo de su respiración, la posición de sus hombros, la forma en que sus pupilas se dilataban apenas al cruzar la línea de luz.

—Siempre —respondió Elena. No sonrió. No necesitaba hacerlo.

Lucas dio dos pasos hacia adelante, se detuvo frente a la silla, y extendió la mano.

—Quítate la camiseta.

Ella lo miró a los ojos. No hubo titubeo. Con dos dedos, tomó el borde del tejido y lo subió lentamente por encima del pecho, del estómago, de la cintura. La piel era tersa, con una suavidad que se acentuaba bajo la luz atenuada: dorada en los hombros, más pálida en el torso, con una cicatriz delgada, blanca, cerca del ombligo —un recuerdo de una caída en bicicleta a los doce años, algo que él había escuchado pero nunca visto hasta entonces. La camiseta cayó al suelo. El sostén, también negro, era de encaje sutil, sin alambres visibles. El pecho se elevó con una respiración que ya no era tan tranquila.

—Senta’t.

Elena se acercó a la silla y se sentó con la espalda recta, las manos sobre los muslos. Lucas se detuvo a su lado, una palmada de distancia. Con la mano izquierda, tomó la cuerda por uno de sus extremos y la desenrolló con lentitud, como si descorriera una cortina. El cáñamo crujió, suave pero firme, y la luz de la lámpara hizo resaltar los nudos, las pequeñas irregularidades del hilo, el brillo húmedo de la piel que ya comenzaba a emitir una ligera humedad en las axilas.

—Levanta los brazos.

Elena los elevó lentamente, los codos ligeramente flexionados, las palmas hacia arriba. Lucas rodeó la cuerda alrededor de la silla, por encima de su espalda, y volvió a cruzarla por delante, sobre el pecho. Su movimiento era preciso, calculado, sin prisa. Cada vuelta tenía un propósito: no solo asegurar, sino *marcar*. La cuerda rozó la piel del costado, rozó la curva de la clavícula, presionó suavemente sobre el pecho, sin oprimir, pero con una presencia ineludible.

—Respira hondo —dijo él.

Ella lo hizo. Una inspiración profunda que expandió el pecho contra la tensión de la cuerda. La tela se estiró, se ajustó, se hundió ligeramente entre los senos. La luz jugó con las sombras que la cuerda dibujaba sobre su cuerpo: líneas paralelas, curvas, como un mapa en proceso de ser trazado.

—¿Bien así? —preguntó Lucas.

—Sí.

—¿Confortable?

Ella titubeó. No por incomodidad física, sino por la precisión de la pregunta. El término “confortable” no era solo físico, era emocional, era *confianza*. Ella lo miró a los ojos otra vez.

—Estoy aquí porque es cómodo —dijo—. Porque quiero sentirlo.

Lucas asintió, y volvió a enrollar la cuerda, esta vez por debajo de los brazos, atrapándola suavemente contra el respaldo. Los nudos que formó no eran decorativos: eran funcionales, firmes, pero no violentos. Uno en la parte trasera, otro frente al pecho, y un tercero, bajo los muslos, que mantenía las piernas ligeramente separadas. Cuando terminó, dio un paso atrás.

Elena permaneció inmóvil. La cuerda no la aprisionaba como una trampa, sino como un soporte. Como una guía. Sus pies descansaban en el suelo, las rodillas ligeramente flexionadas, las manos en la parte superior de la cuerda que cruzaba su pecho. Su respiración era lenta, profunda, y con cada exhalación, sus hombros se hundían más, como si el peso del cáñamo no la limitara, sino que la anclara.

Lucas caminó hasta la lámpara y la giró ligeramente, haciendo que la luz cayera más directamente sobre ella. La sombra que proyectaba en la pared era una figura oscura y elongada, con líneas geométricas de tensión, como un dibujo técnico de resistencia y equilibrio.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella.

—Lo que dure la cuerda —respondió Lucas—. Hasta que te sientas lista para soltarte.

—Y si no lo hago.

—Entonces me lo dices.

—¿Y si te lo digo?

—Entonces te ayudo a soltarte. Pero hasta entonces, eres tú la que decide cuándo termina.

Elena cerró los ojos un instante. No era una promesa cualquiera. Era una estructura. Un pacto hecho de hilos y palabras. La cuerda no la sujetaba por obligación, sino por elección: su elección, repetida una y otra vez, con cada vuelta, con cada nudo. Ella abrió los ojos y lo miró.

—Entonces empieza.

Lucas dio un paso hacia adelante. No la tocó. Se detuvo frente a ella, a la altura de los ojos, y puso las manos sobre sus muslos, con las palmas abiertas, sin presión. Con la cabeza levemente inclinada, como escuchando algo que solo él podía oír, habló.

—¿Qué sientes ahora?

—Peso —dijo ella—. No es incómodo. Es… presente. Como un recordatorio.

—¿De qué?

—De que elegí estar aquí. De que confío. De que puedo dejar que otra persona controle lo que hago con mi cuerpo… mientras yo decido cuándo termina.

Lucas asintió de nuevo, y bajó las manos. Con una lentitud deliberada, se arrodilló frente a ella, a un lado. La luz lo iluminaba de perfil, mostrando la línea de su mandíbula, el cabello oscuro y corto, el cuello estirado como el de un halcón en espera. Con la mano derecha, tomó el extremo suelto de la cuerda que descendía desde su cadera y lo enrolló una vez alrededor de su propia muñeca. No como una amenaza, sino como un gesto de conexión: unir su movimiento al suyo.

—¿Te gusta el frío? —preguntó.

—Depende —respondió ella.

—Entonces… —Lucas se puso de pie de un movimiento suave, sacó del bolsillo trasero un pequeño paquete de tela —. Aquí hay una cosa más.

Sacó una varilla de plata, delgada, con los extremos redondeados, y la pasó lentamente por la cuerda, justo debajo del pecho. El metal estaba frío al contacto. Elena sintió el escalofrío recorrerle la columna, pero no se movió. La varilla se deslizó, siguiendo la línea de la cuerda, hasta que se detuvo en el nudo bajo su ombligo. Lucas lo sostuvo allí, un instante, y luego lo retiró.

—¿Y ahora?

—Caliente —dijo ella.

—Porque la piel reaccionó antes de que el metal la tocara.

—Sí.

Lucas se acercó más. Tan cerca que ella sintió su aliento en la mejilla. No besó, no rozó. Solo estuvo ahí, con su calor, con su presencia, con su atención absoluta. Y habló, con voz baja, sin prisa, como si cada palabra fuera un grano de arena añadido a una balanza ya equilibrada.

—Cuando te toque, no será para moverte. Será para confirmar. Para saber que estás aquí. Para escuchar cómo respiras.

Elena cerró los ojos. Sentía la cuerda, la tensión suave, el peso estable. Sentía la humedad en las axilas, el latido en el cuello, el calor del cuerpo frente al suyo. No había miedo. Había elección. Había confianza. Había un pacto que no necesitaba palabras para sostenerse.

—Entonces toca —dijo.

Lucas puso la mano sobre su muslo, con la palma entera, firme. La piel era suave, cálida. No se movió. Solo la sostuvo. Esperó. Su mano se quedó allí, inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido para que aquella sensación pudiera desplegarse por completo. Y ella, inmóvil en la silla, con la cuerda alrededor del pecho y la mirada fija en el vacío frente a ella, sintió que no era una prisionera, sino una sacerdotisa de un rito que ella misma había elegido.

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