El Pecho Que No Se Rinde
La primera vez que me tocó con esa seguridad, el dedo de él rozó mi pecho como si ya lo conociera de siempre. Yo estaba sentada en la cama, con la camiseta levantada, la respiración corta pero no por vergüenza, sino por la anticipación de algo que llevaba años esperando: que alguien me viera, que me tocara sin rodeos, sin piedad, sin compasión. Él no me preguntó si estaba segura. No necesitaba hacerlo. Ya lo sabía. Yo lo había vestido de ese modo: falda negra ajustada, top corto que dejaba ver el ombligo y una pequeña cicatriz en la parte baja del vientre, donde la cirugía había dejado su huella. Mis pechos eran suaves, redondeados, naturales, no perfectos —y eso era parte del encanto. Él los miró sin rubor, sin asombro, sin lástima. Solo con hambre.
—Te veo bien —dijo, y me tendió la mano—. Pero hoy no quieres que te diga eso.
Asentí. Él sonrió, lento, como si ya hubiera leído el guion que escribí en mi mente mientras me vestía.
Me quitó la camiseta sin tirar, sin esperar. Me la deslizó por los brazos como si fuera una tela de seda, y cuando quedó tirada en el suelo, se inclinó y besó la línea que separaba mi cuello de mis hombros. Luego, con la palma abierta, me acarició el pecho derecho, firme, sin temor a equivocarse. Me incliné hacia atrás, dejándome llevar. Mis pezones se erizaron en cuanto su pulgar rozó la tela de mi sostén.
—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, y me miró a los ojos mientras apretaba suavemente—. ¿Te gusta que sepa que esto es tuyo?
—Sí —respondí, y mi voz tembló, pero no por miedo. Por placer anticipado.
Se arrodilló frente a mí, lentamente, como si cada movimiento fuera un juramento. Me desabrochó el sostén con un solo gesto, sin pausa, sin dudar, y lo dejó caer al suelo. Mis pechos quedaron al aire, expuestos, reales. Él no desvió la mirada. Me los miró como quien mira una obra que llevó años completar. Me los miró como si supiera que no eran solo carne, sino historia, lucha, elección.
Me tomó la mano y la puso sobre su entrepierna. La hard, firme, ya hinchada por el deseo. Me sonreíste—. Ahora te toca a ti.
Me arrodillé frente a él, sin prisa, sin miedo. Le desabroché el pantalón, le bajó la cremallera con cuidado, y luego, lentamente, sacó su polla. Grande, firme, con una venas marcadas, la punta húmeda y brillante. Me incliné y le lamió el prepucio, una, dos veces, sin prisa. Él soltó un gruñido bajo, con la cabeza ligeramente hacia atrás, los ojos cerrados.
—Sí —murmuró—. Así.
Lo tomé con la mano, lo apreté suavemente, sentí su calor, su textura. Lo llevé a mi boca, lo empujé hondo, hasta que sus dedos se cerraron sobre mi cabello y me detuvieron.
—No hoy —dijo, voz áspera—. Hoy no quieres que te diga eso.
Me incorporé, lo miré a los ojos, y le dije: —Hoy quieres que te diga esto: *métetela en la boca y no muevas la lengua hasta que yo lo diga*.
Él sonrió, esa sonrisa de hombre que ya no necesita pedir, solo ordenar. Me volví a arrodillar. Lo tomé de nuevo, lo introduje en mi boca, hondo, hasta que mis narices rozaron su vello púbico. Me lo chupé con lentitud, con fuerza, con una precisión que solo se logra cuando sabes que el otro te ve, te escucha, te *siente*. Me lo froté en la lengua, lo giré con la mano, lo chupé como si fuera mi último aliento. Y cuando sentí que se tensaba, que su respiración se aceleraba, le dije: —Dime qué quieres que te haga.
—Dame tu boca —respondió, voz ronca—. Y no la muevas hasta que me corra.
Y así fue. Me lo froté en la garganta, me lo metí hasta el fondo, lo chupé con fuerza, con desesperación, con una entrega total. Y cuando lo sintió a punto, me tiró de los cabellos, me obligó a abrir la boca, y me corrió en la garganta, todo, sin pausa, sin arrepentimiento. Me lo corrió como si fuera un acto de fe, como si yo fuera el único altar que necesitaba.
Me separé, limpié la punta con la manga, y lo dejé reposar sobre mi muslo, still, húmedo, satisfecho.
—Gracias —dije.
—No me las debes —respondió, y me besó la frente—. Hoy no quieres que te diga eso.
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