El Pecado de la Soga

El Pecado de la Soga

@el_anonimo ·10 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (31) · 261 lecturas · 7 min de lectura

En el fondo del barrio de Belgrano, en un depto que huele a polvo viejo y café quemado, Lucas se preparaba para su ritual. No era nada sofisticado: una soga de nailon, de esas que usaban los albañiles, enrollada con cuidado sobre la mesa de la cocina. Lucas, hombre de 34, músculos duros pero cansados por tantas horas de oficina, se quitó la camiseta y se pasó la lengua por los dientes, como siempre hacía antes de empezar. Ya no tenía nervios, pero sí esa excitación seca, como el calor del asfalto en verano.

—¿Vas a tardar mucho, pibe? —preguntó Marta desde el living, sin levantar la vista del celular.

—Voy, vení —dijo Lucas, y la miró. Ella, 29, con la piel morena y las mamas grandes que le colgaban un poco cuando se ponía de pie, se paró y caminó hacia la cocina. Tenía los ojos oscuros, profundamente hundidos, y una sonrisa que nunca llegaba del todo. Lucas la conocía desde los 18, cuando ella still era estudiante de sociología y él, recién salido del liceo. Ahora, los dos estaban cansados, pero también… más sinceros.

—¿La soga de nuevo? —dijo Marta, y por primera vez, levantó la cabeza. Lucas asintió. Ella se acercó, se agachó un poco, y con una mano le agarró la polla por encima del pantalón. Él ya estaba medio duro, como siempre cuando ella se ponía así. —Andá a la cama —susurró—. Te espero con los pechos afuera.

En la habitación, la luz estaba apagada, pero la calle iluminaba un poco desde la ventana. Lucas se sentó en el borde de la cama, se quitó los zapatos y se desabrochó el cinturón. Escuchó los pasos de Marta, lentos, seguros, y luego el crujido del colchón cuando ella se sentó frente a él. Ella no dijo nada, solo le pasó la soga por detrás del cuello y la tiró suavemente, para probar la tensión. Lucas cerró los ojos. Sentía el nudo frío en la nuca, la presión leve que lo hacía estremecer. No era por el riesgo, no exactamente. Era por el control. Por saber que ella podía detenerlo en cualquier momento. Porque Marta tenía un don: sabía cuándo apretar y cuándo soltar. Y Lucas, en ese instante, no era Lucas, era su cuerpo, su respiración, su polla que late en el pene como un tambor sordo.

—Vos sabés qué hacer —dijo Marta, y le sonrió. Él asintió otra vez. Ella se puso de pie, se sacó la remera sin prisa, y dejó al descubierto sus pechos redondos, los pezones oscuros y duros. Se sentó sobre sus talones frente a Lucas y le quitó el pantalón. Su polla salió rígida, la punta brillante de pre-cum, la piel tensa, los cojones apretados. Ella le pasó una mano por el glande, le masajeó el glande con la palma, y luego lo sujetó con los dedos, apretando suave, como si lo estuviera midiendo.

—Estás grande, mi pija —dijo—. Pero hoy no es por eso.

Con lentitud, comenzó a enrollar la soga alrededor de su cuello. No fue de golpe. Primero una vuelta, floja, luego otra, y otra, cada vez más ajustada, sin llegar a cortarle el aire. Lucas sentía la tensión subir, el pulso en las sienes, el calor en la cara. Ella lo miraba fijo, con los ojos medio cerrados, la lengua entre los labios, y cada tanto le daba un jalón corto, para que él se estremeciera. Él no respiraba del todo, pero no le importaba: ella tenía el control. Él solo quería sentir que estaba en sus manos, que era suyo, que era nada más que carne bajo su piel.

—Decí «gracias» —le dijo ella, tirando de la soga hasta que él inclinó la cabeza hacia atrás, mostrando la garganta.

—Gracias —musitó, con la voz ronca.

Marta soltó un poco la tensión, le acarició la nuca, y luego se inclinó para besarle el cuello, mordisqueándole la piel, mordiéndole suavemente hasta que Lucas gimió. Ella se separó, lo miró a los ojos, y le susurró:

—Ahora, la polla.

Con la soga aún en su cuello, Lucas se tendió sobre la cama. Ella se puso entre sus piernas, separó sus cojones con las manos, y con la punta de la lengua le pasó por el glande, luego lo chupó, lentamente, como si lo estuviera lamiendo a un chico que nunca se había corrido. Lucas cerró los ojos y dejó que la tensión de la soga le subiera por la espina dorsal, hasta que sintió que iba a explotar. Ella lo soltó un poco, le dejó respirar, y luego volvió a apretar, mientras con la otra mano le agarraba la polla y lo movía con un ritmo lento, firme, hasta que Lucas sintió que se le iba la cabeza.

—Voy a correrme, Marta —dijo, con voz temblorosa.

—Cuidado, pija —respondió ella—. Si te corrides sin que te lo diga, te la aprieto hasta que no te salga nada.

Él jadeó, sintió el nudo en el cuello apretarse, y ella, con la otra mano, le frotó el glande con la uña, le dio un golpe seco en el perineo, y lo miró con los ojos brillantes.

—Ahora —dijo.

Lucas se corrió en dos latidos: primero el chorro fuerte, espeso, que le salió de la polla como un latigazo, y luego otro, más suave, y luego uno más, mientras la soga le cortaba el aire por segundos, lo suficiente para que su cuerpo se sacudiera, para que gritara entre dientes, para que sus manos se agarraran al colchón como si quisiera clavarse en la madera.

Marta lo soltó de golpe, y Lucas inspiró hondo, con la boca abierta, la cara encendida, la polla aún dura pero ya blanda en su mano. Ella se levantó, se puso de pie frente a él, y se desabrochó el jean. Se sacó la ropa interior, y Lucas vio su concha, húmeda, los labios abiertos, el clítoris hinchado, como una perla negra. Se sentó en su lugar, sobre su pecho, y con la soga enrollada en una mano, lo jaló hacia atrás, obligándolo a mirarla.

—Ahora es tu turno —dijo—. Y si me haces daño, te juro que no te perdonaré.

Lucas se puso de rodillas, le separó los labios con los dedos, y con la lengua le lamió el clítoris, una, dos veces, hasta que ella gimió y se le inclinó hacia adelante. Él la metió los dedos, uno, luego dos, y ella se le estremeció, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Él le mordió suavemente el muslo, le pasó la lengua por la concha, y luego, con la soga en la mano, le envolvió el cuello, pero esta vez, ella lo dejó hacer. Él tiró un poco, no para lastimar, sino para sentirla suya, para que supiera que él también tenía poder, aunque fuera momentáneo.

—Sí, pija —susurró ella—. Cógeme como si fueras a morir.

Lucas se levantó, se puso detrás de ella, le agarró las caderas con fuerza, y con la polla ya dura otra vez, la empujó dentro de su concha, de golpe, hasta la raíz. Ella gritó, no de dolor, sino de puro goce, y Lucas empezó a sacar y meter, con movimientos cortos, rápidos, hasta que sintió que la iba a partir por la mitad. Ella se agachó, apoyó las manos en la cama, y él la cogió con más fuerza, la polla rozando su clítoris con cada embestida, hasta que ella se corrió con un grito ahogado, los músculos de su concha apretando su polla como un puño.

Lucas sintió que se le iba, que ya no podía más, y con la soga still en su cuello, se corrió dentro de su concha, con fuerza, como si quisiera vaciarse, como si fuera el último momento de su vida. Se derritió sobre ella, la polla aún dentro, sudoroso, temblando, con las piernas flojas.

Marta se volteó, lo miró a los ojos, y le sonrió, con la boca seca, con los ojos vidriosos.

—Te quiero así —dijo—. Jodido, mudo, tuyo.

Lucas le pasó la mano por la cara, le besó los labios, y luego se apartó la soga del cuello, dejándola caer al suelo como si fuera una cosa vieja. El silencio se instaló, solo el sonido de su respiración, pesada, y el de Marta, más suave, ya recostada a su lado.

—¿Otra vez mañana? —preguntó ella.

—Sí —dijo Lucas—. Si vos querés.

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