El patio de atrás

@valentina_ruiz ·10 de mayo de 2026 · ★ 4.2 (27) · 1385 lecturas

El aire de Medellín se pegaba a la piel como si el calor tuviera manos, y Sebastián lo notaba más que nunca mientras se ajustaba el pantalón corto de algodón, sentado en el borde de la piscina del edificio. No era una piscina grande, pero suficiente para mojarse un poco el cuerpo y olvidarse del tráfico, del trabajo, de todo. Lo que no se olvidaba era de Camilo, el nuevo vecino del 403, que ahora flotaba boca arriba, con el agua apenas rozándole el pecho, los ojos cerrados y el sol dibujándole sombras sobre los bíceps.

—¿Y qué, man? ¿Te vas a quedar ahí como estatua o te metes? —dijo Camilo sin abrir los ojos, con una sonrisa apenas insinuada.

—Me estoy pelando el pito con solo mirarte, Camilo. No me pidas más esfuerzo —respondió Sebastián, risueño, mientras se echaba agua en la nuca.

Camilo abrió un ojo, solo uno, y lo miró de reojo.

—Ay, Sebas, no seas huevón. Si te estás muriendo por meterme mano, dilo y ya.

—¿Yo? Si tú eres el que lleva media hora nadando como sirena en celo, enseñando ese culo prieto que Dios te dio. ¿En serio pensabas que no me iba a dar cuenta?

Sebastián se levantó, despacio, con ese andar de quien sabe que está siendo mirado aunque no lo parezca. Se quitó la camiseta sin prisa, dejando al descubierto un torso moreno, sudoroso, con apenas un velo de vello que bajaba desde el ombligo. Camilo tragó saliva, aunque trató de disimularlo con un chapuzón repentino.

Salieron juntos del agua, chorreando, riéndose de nada y de todo. El sol ya bajaba, tiñendo el cielo de un morado suave, y el patio de atrás del edificio, normalmente vacío, se sentía como un escenario privado. Había una banca de madera bajo un enramado de buganvilia, donde solían sentarse los vecinos a tomar el fresco. Hoy, estaba sola.

—¿Y si nos sentamos un rato? —propuso Sebastián, con voz más baja, como si el silencio del atardecer exigiera respeto.

Camilo lo miró, asintió, y se sentaron. No muy juntos. Pero tampoco tan lejos. El aire entre ellos espesándose como miel caliente.

—¿Sabes qué es lo más rico del verano? —dijo Camilo, jugando con una hoja que se le había pegado al hombro.

—¿Qué?

—Que uno se pone sudado, caliente… y hay quien lo mira como si quisiera comérselo entero.

—Uy, y si ese alguien tiene unos ojos verdes como los míos, entonces sí que se arma la chimba.

Sebastián estiró una pierna, rozando apenas la rodilla de Camilo. Un roce mínimo. Pero eléctrico. Camilo no se movió. Solo sonrió.

—¿Y si te digo que desde que te vi en la portería, con esa camisa floreada y el culo apretado en esos shorts, supe que iba a terminar con tu lengua en mi cuello?

—Pues te diría que ya te tardaste, parce.

Entonces, como si el tiempo hubiera esperado esa señal, Camilo se acercó. No fue un beso apresurado, sino uno lento, con sabor a sal y a atardecer. Sebastián entreabrió los labios, dejando que la lengua de Camilo entrara con confianza, sin prisa, como si ya conociera el camino. Sus manos, sin embargo, no eran tan pacientes. Una se posó en la nuca, la otra bajó hasta el borde del pantalón, acariciando la cadera con ansiedad disimulada.

—¿Y si subimos? —susurró Camilo, separándose apenas un centímetro.

—¿Y si aquí mismo nos quitamos todo y nos dejamos llevar?

—Porque no hay nada más rico que un hombre que sabe lo que quiere.

Camilo se levantó, se quitó el bañador con una lentitud calculada, dejando que el pito se asomara, duro, grueso, con una gota de deseo en la punta. Sebastián lo miró, lamiéndose los labios sin darse cuenta.

—Ven acá, que te voy a hacer un favor que no olvidas en la vida —dijo, poniéndose de rodillas sobre la madera.

No hubo más palabras. Solo el crujido de la banca, el jadeo contenido, el sonido húmedo de una boca que sabe cómo mamar. Camilo echó la cabeza atrás, agarrándose del respaldo, mientras Sebastián lo tomaba con devoción, con hambre, con arte.

El patio de atrás nunca había sido tan sagrado.

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