El olor a café y a sudor en la cocina
7 minEl olor a café y a sudor en la cocina
Apenas te vi, supe que iba a cogerte esa noche. No fue una corazonada ni un presentimiento. Fue el modo en que te inclinaste para tomar el último taco de carnitas del plato compartido —esa postura de quien sabe que su culo es una amenaza silenciosa y lo lleva como un estandarte— y el modo en que tus dedos rozaron los míos al repartir las servilletas. Un roce breve, casual, pero tú ya me habías mirado dos veces antes, y yo ya había contado los latidos que me faltaban cuando te acercaste a preguntar si el chile era fuerte.
Me llamo Óscar. Tengo treinta y dos, trabajo en una imprenta del centro, y vivo solo en un departamento chico de Roma Norte. Esa noche era viernes, y el antro del tío Raúl, ese que está entre dos talleres de reparación de computadoras en la calle de San Antonio, huele a cigarro viejo, cerveza barata y sudor de hombres que se dan permiso para estar ahí. Tú estabas en el rincón de los que no bailan, solo miras, como si el ritmo te fuera ajeno pero te gustara saber que existe.
Te acercaste cuando ya habíamos bebido dos cervezas cada uno, y yo ya había fingido no mirarte cada vez que te levantabas a caminar hasta el baño. No era vergüenza. Era que quería ver cómo se te estiraba la camiseta cuando subías los brazos, cómo se te marcaban los hombros y el cuello, cómo tu pelo oscuro, corto pero con un flequillo desordenado, se te pegaba un poco a la frente por el calor del antro.
—¿Tú también eres de los que solo vienen a ver? —me preguntaste, y tu voz sonó como si estuvieras acostumbrado a hablar poco y con cuidado, como si cada palabra fuera una decisión.
—No —le dije, y me reí un poco, porque era cierto—. Yo vine a verte.
No hubo risa tuya. Solo una sonrisa pequeña, como si ya lo supieras, como si ya te lo hubieras creído. Me miraste fijo, sin parpadear mucho, y dijiste:
—Entonces quédate. Pero no me toques.
—¿Por qué no?
—Porque no quieres arrepentirte.
Y ahí supe que era tuyo. No porque fuera fácil, ni porque fuera seguro. Porque me decía que no quería que me arrepintiera, y eso es más raro que un hombre que sabe lo que quiere y no lo ofrece de balde.
Me llamaba Adrián. Me lo dijo cuando ya estábamos en el metro, sentados juntos, sin mirarnos, pero con las rodillas rozándose bajo el asiento. Te ibas en la estación de Tacubaya, y yo en la de Balderas. Te miré cuando te levantaste, cuando agarraste la barra, cuando te volviste una vez más para asegurarte de que no me había bajado. No lo hice. Me quedé. Y cuando el tren se alejó, sentí un vacío que no era de altura, sino de ausencia.
A las once y media, te llamé. No con miedo. Con curiosidad.
—¿Tú crees que se puede arrepentir de algo que aún no ha pasado? —le dije, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía.
Silencio. No era silencio de duda. Era silencio de quien está pensando en cómo responder sin mentir.
—Depende —dijiste—. Si lo que va a pasar es malo, sí. Si es bueno… no se puede arrepentir. Solo se puede temer.
—¿Y si no te da miedo?
—Entonces es porque no lo entiendes.
—¿Y si lo entiendo?
—Entonces ya no te preguntes.
—¿Y si solo quiero saber si vuelves?
—Sí.
No dijiste “sí” con duda. Lo dijiste como quien dice “sí” cuando el café está listo y ya no hay excusas para no tomarlo.
Llegaste a mi departamento a las doce y veinte. No tenías llave. Yo tampoco te la había dado. Pero la puerta estaba entreabierta, como si ya supieras que podías entrar. Te esperaba en la cocina, con una botella de tequila recién abierta y dos vasos pequeños. No había música. Solo el sonido del reloj de pared y el zumbido del refrigerador.
—¿Te importa si me quito la camiseta? —me preguntaste, y ya estabas en la puerta, con las manos en los bolsillos, como si no supieras si debías acercarte o quedarte ahí.
—No —le dije—. Pero no te desvanes. Aún.
Te quité la camiseta yo mismo. Con cuidado, como si fuera una tela que no sabía si aguantaría el movimiento. Tienes una espalda ancha, pero no exagerada. Costillas marcadas, pecho plano pero con vello oscuro que bajaba en una línea fina hacia el pantalón. Cuando la camiseta se subió un poco, vi una cicatriz pequeña, casi invisible, sobre el ombligo. Te toqué sin pensar, con la yema del dedo.
—¿Dolor? —pregunté.
—Fue un accidente con una puerta. Hace años.
—No te duele ahora.
—No.
—Entonces déjala.
Te desabroché el cinturón. Tú no moviste las manos. Solo miraste la pared, como si el tiempo se hubiera congelado en ese punto. Cuando bajaste los ojos, me miraste de nuevo, y por primera vez, no hubo desconfianza. Hubo pregunta.
—¿Estás seguro?
—Sí —dije—. Pero no por ti. Por mí. Porque quiero sentirte dentro.
No respondiste. Solo te inclinaste un poco, como para apoyarte, y te tocaste el cuello con la mano, como si estuvieras buscando tu pulso. Lo encontraste. Lo sentiste. Y asintió.
Te sentaste en una silla de la cocina. Yo me puse de rodillas frente a ti, sin prisa. Deslicé el pantalón con lentitud, como si fuera un acto sagrado, y cuando salió tu verga, no me sorprendió. Era gruesa, pero no exagerada, con un pellejo suave en la base, y la punta rosada, húmeda ya por el calor del momento. No te toqué de inmediato. Solo la miré. La respiración se te aceleró, pero no dijiste nada.
—¿Te gusta que la mire? —pregunté.
—Sí.
—¿Y que la toque?
—Sí.
—¿Y que la chupe?
—Sí.
—¿Y que te chingue?
—Sí.
No dijiste “sí” como quien cede. Lo dijiste como quien acepta una oferta que ya había esperado. Me levanté, y te quité los pantalones y la ropa interior juntos. Te quedaste ahí, sentado, con las piernas ligeramente abiertas, y yo me puse de pie frente a ti, sin mirarte los ojos, sino la boca. Te besé. Lento. Con los labios húmedos y la lengua que te exploró sin pedir permiso, porque ya lo tenías.
Me desvestí despacio, y cuando me vi con la verga dura y el pellejo tenso, te miré de nuevo.
—¿Quieres que lo haga de pie?
—No —dijiste—. Quiero que me tomes como un hombre que sabe lo que quiere.
Me subí a la silla contigo. No fue fácil. Tú me sostuviste con las manos en la cintura, y yo me apoyé en tu pecho, sintiendo tu corazón acelerado, tus pezones duros contra mi vientre, tu cuerpo que ya sabía lo que venía. Te dije que te acostaras. Lo hiciste. Sin dudar.
Me puse entre tus piernas. Te abrí los muslos con las mías. Te lubricé con un poco de saliva, y cuando te toqué el culo, no te moviste. Solo respiraste hondo, como si estuvieras entrando a un lugar del que no sabías si saldrías.
—¿Duele? —pregunté.
—No.
—¿Estás listo?
—Sí.
Te empujé suavemente. Tu cuerpo se abrió. No fue difícil. Ya estaba listo. Ya te había esperado. Entré poco a poco, hasta que sentí tu calor, tu tensión, tu piel pegada a la mía. Te toqué la verga mientras te penetraba, y cuando sentí que ya no podías más, me moví.
No fue rápido. Fue profundo. Cada empuje era un compromiso. Tú te agarrabas de mis brazos, y yo te besaba el cuello, mordiendo apenas, como si te estuviera marcando. Te oí susurrar mi nombre, no como una súplica, sino como una confirmación.
—Óscar… —decías—. Óscar… —como si fueras aprendiendo la palabra.
Te corrí dentro con fuerza. No grité. Solo te abracé fuerte, y sentí tu cuerpo estremecerse cuando te corrí. Tú te corriste cuando te toqué la punta de la verga con el pulgar, justo antes de que yo terminara. No hubo palabras. Solo el sonido de la respiración pesada, el sudor que te goteaba del mentón, y el calor de tu cuerpo que no quería soltarte.
Me quedé dentro un rato. No por costumbre. Porque no quería irme.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —me preguntaste.
—Lo que quieras —le dije—. Pero no me digas que no me vuelvas a mirar.
—No te voy a dejar de
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