El masaje del fin de semana

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El viernes en Medellín caía lento, con ese calor pegajoso que se le mete a uno por la camisa y no lo suelta hasta la noche. En un quinto piso de Laureles, sin ascensor y con el ventilador dando vueltas como si fuera a despegar, Samuel se quitó la franela sudada y la lanzó al sillón. Había trabajado todo el día en el edificio del Parque San Martín, firmando papeles, sonriendo a clientes que no le importaban y pensando, más de una vez, en quién le daba un masaje en la espalda como Dios manda.

No era raro que Samuel pensara en eso. Tenía treinta y dos, cuerpo de quien se cuida sin fanatismos, y una rutina que, aunque cómoda, le pesaba. Vivía solo, sin perros ni plantas, con un par de amigos que aparecían los sábados para tomar cerveza y hablar de lo mal que les iba el amor. Pero ese viernes, el destino, o la pereza, lo empujó a abrir la app de un tipo que le recomendó un compañero del trabajo: *masajes terapéuticos a domicilio, todo profesional*.

El perfil decía que se llamaba Andrés, que tenía veintinueve, que era técnico en terapias alternativas y que traía toallas, aceites esenciales y “manos fuertes”. La foto mostraba a un tipo fornido, con el pelo corto, camisa abierta hasta el segundo botón y una sonrisa que no prometía nada, pero que a Samuel le encendió algo en el estómago. Le escribió sin pensarlo mucho: *¿Disponible hoy?*.

La respuesta llegó rápido: *Sí, para ti sí*.

Samuel sonrió. No por lo cursi del mensaje, sino por lo directo. Le gustaba eso. La gente que no daba vueltas.

A las siete en punto, el timbre sonó. Samuel abrió con el pantalón de pijama bajo, descalzo, el torso descubierto. Andrés estaba en la puerta, con una mochila negra al hombro, camisa blanca metida en unos pantalones de lino gris, y esos ojos claros que parecían ver más de lo debido.

—Hola, Samuel —dijo, sin ofrecerle la mano, como si ya se conocieran de algo más que una app.

—Pasa, hombre. Hace un calor que no deja —respondió Samuel, cerrando tras él.

Andrés asintió, miró el apartamento con una mirada rápida, como midiendo el ambiente, y dejó la mochila en el suelo del cuarto.

—¿Dónde te duele? —preguntó, sacando una toalla limpia y un frasco de aceite de eucalipto.

—La espalda… los hombros… todo, la verdad —dijo Samuel, sentándose en el borde de la cama.

—Acuéstate boca abajo —ordenó Andrés, con voz tranquila, pero firme.

Samuel obedeció. Se estiró sobre la cama, desnudo de cintura para arriba, con el pantalón apenas subido. Andrés encendió un pequeño parlante que sacó de la mochila. Sonó un beat suave, de esos que mezclan percusión con sonidos de agua.

Las manos tocaron primero los hombros. Calientes, firmes. Samuel cerró los ojos.

—Tienes nudos aquí —dijo Andrés, presionando con los pulgares—. Mucho estrés.

—El trabajo, ¿sabes? —respondió Samuel, con la voz entrecortada.

—Shhh… no hables. Deja que yo me encargue.

Los dedos bajaron por la columna, lentos, como si conocieran el camino. Samuel sentía cada centímetro como si fuera nuevo. No era solo el masaje: era la cercanía, el olor del aceite mezclado con el sudor leve de Andrés, el roce de sus nudillos contra la piel.

—¿Te gusta? —preguntó Andrés, sin dejar de presionar.

—Rico —respondió Samuel, casi en un susurro.

—¿Quieres que baje más?

Samuel no dijo nada. Solo asintió con la cabeza.

Andrés le bajó el pantalón hasta la mitad del culo, despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Le untó aceite en la espalda baja, en las nalgas, y empezó a masajear con círculos profundos. Samuel apretó la sábana.

—Tienes un culo bien formado —dijo Andrés, sin ironía, como constatando un hecho.

—Gracias —respondió Samuel, avergonzado, pero excitado.

—No es cumplido. Es verdad.

Las manos subieron y bajaron, una y otra vez, pero ahora con más intención. Samuel sentía el pito endureciéndose bajo el pantalón, y no hizo nada por esconderlo. Andrés lo notó.

—¿Te está gustando de verdad? —volvió a preguntar.

—Sí —dijo Samuel, sin abrir los ojos.

—¿Puedo tocarte más?

Samuel dudó medio segundo.

—Sí —repitió.

Andrés le bajó el pantalón del todo. El culo quedó expuesto, redondo, prieto. Le untó más aceite y empezó a masajear con las palmas, con los dedos, con el pulgar rozando el hoyuelo del centro. Samuel gemía bajito.

—¿Quieres que te mame? —preguntó Andrés, de pronto.

Samuel abrió los ojos.

—¿En serio?

—Si tú quieres, sí. Yo quiero.

Samuel se dio vuelta despacio. El pito ya estaba tieso, palpitante. Andrés lo miró sin apuro.

—Eres bien dotado —dijo, con una sonrisa.

—Tú también tienes buena pinta —respondió Samuel, señalando la mochila.

Andrés se quitó la camisa. Llevaba un tatuaje pequeño en el pecho: una serpiente que se mordía la cola. Bajó el cierre del pantalón y sacó un pito grueso, con una cabeza bien formada y venas marcadas.

—¿Te gusta? —preguntó, esta vez con picardía.

—Chimba —dijo Samuel.

Andrés se acercó. Se subió a la cama, de rodillas, y tomó el pito de Samuel con una mano, el aceite con la otra. Lo untó todo, despacio, desde la base hasta la punta. Luego, sin decir nada, se inclinó y lo metió en la boca.

Samuel soltó un gemido largo.

—Anda, hombre… así…

Andrés chupaba con ritmo, con ganas, con los ojos cerrados. Una mano le sostenía la cadera, la otra masajeaba los huevos. Samuel le puso una mano en la cabeza, sin forzar, solo guiando.

—¿Puedo correrme en tu boca? —preguntó, entre jadeos.

Andrés asintió, sin sacarlo.

Samuel aguantó todo lo que pudo, pero no fue mucho. Entre el calor, el masaje, la boca caliente y el ambiente cargado de deseo, no tardó en tensarse.

—Ya, ya… —avisó.

Andrés no se movió. Samuel se corrió con fuerza, adentro, y Andrés tragó sin problema, limpiando con la lengua como si fuera un deber sagrado.

Cuando terminó, se sentó en la cama, respirando fuerte.

—¿Y tú? —preguntó Samuel, mirándolo.

—Ahora me toca a mí —dijo Andrés, con una sonrisa.

Samuel se arrodilló entre sus piernas. Tomó el pito con ambas manos, lo olió, lo besó.

—Este pito es pa’ mamarlo hasta que no aguante —dijo.

Y se lo metió entero, sin miedo, con hambre.

La noche en Medellín seguía caliente. Pero adentro, entre risas, sudor y gemidos, el calor era de otro tipo. El mejor.

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