El lunes que me quedé sola en casa y me puse a mamarme

El lunes que me quedé sola en casa y me puse a mamarme

@adriana_v ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (12) · 315 lecturas · 6 min de lectura

María Fernanda tenía treinta y dos años, piel morena clara que se doraba con el sol de Medellín, y un cuerpo que, aunque ya no era el de los veinte, había madurado como una fruta perfecta: pechos firmes que cabían en ambas manos, cintura marcada y un culo que, cuando caminaba, parecía tener vida propia. Ese lunes por la mañana, mientras el café humeaba en la cocina y la tele sonaba apagada en la sala, supo, con la claridad de quien ha vivido mucho y aprendido aún más, que no iba a salir de casa. Ni el trabajo, ni la cita con la peluquera, ni siquiera la compra urgente: todo quedó postergado, como si un instinto antiguo le hubiera susurrado: *hoy es el día*.

Se puso un vestido corto de algodón blanco, sin sujetador, por puro capricho. Sabía que la tela rozaría directo contra la piel, que el viento del ventilador del techo haría que se moviera suave, suave, como una caricia insistente. Se sentó en la cama, con las piernas separadas a los lados, los pies descalzos apoyados en el suelo de baldosa fresca. El aire acondicionado chillaba suavemente en la esquina, pero ella ya sentía un calor interno que no venía del aparato.

Se pasó las manos por el cuerpo, primero los pechos, con la palma abierta, sin apuro. Se frotó los pezones entre el pulgar y el índice hasta que se endurecieron, hasta que el cosquilleo le subió por el estómago y le hizo arquear la espalda. Se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos, y se miró: el vestido subía un poco, dejando al descubierto la base del culo, la curva suave de sus nalgas, la línea oscura del vello que se perdía bajo el elástico de la bragas. Se mordió el labio inferior. *Bueno, ya no digas tonterías*.

Se quitó las bragas con lentitud, deslizándolas por las caderas como si fuera un acto sagrado, no de prisa, no de vergüenza, sino de entrega. Las dobló con cuidado y las dejó sobre la almohada. Se quedó tumbada de espaldas, las piernas abiertas, las uñas de los pies curvadas contra el colchón. Se llevó una mano entre las piernas. Se pasó el dedo índice por el monte de Venus, por la entrada húmeda ya, por el pliegue suave del clítoris. Se estremeció. *Ah, joder*, pensó. *Ya está listo*.

Se metió dos dedos dentro, con cuidado, como si estuviera descubriendo un lugar que ya conocía pero que siempre se renovaba. Se movió despacio, arriba y abajo, rotando ligeramente, buscando el punto dulce, ese que le hacía cerrar los ojos y soltar un suspiro que parecía salir del fondo del alma. Se puso la otra mano en el pecho, apretando suavemente, frotando el pezón ya hinchado, y el ritmo se volvió doble: adentro, afuera, arriba, abajo, con y sin presión, con y sin espera.

El calor subía, se le ponía la piel de gallina, pero no de frío: de placer. Se mordió el hombro para no gritar cuando sintió que se acercaba, cuando la tensión le apretaba el vientre como un puño cerrado. Se imaginó, por un segundo, que era otra la que la tocaba: manos más fuertes, más seguras, un aliento caliente en el cuello. Pero no quería a nadie más. Quería solo eso: ella, su cuerpo, su ritmo, su tiempo.

Se sacó los dedos, lentamente, y se llevó la mano a la boca. Se lamió, saboreó su propia esencia, salada y dulce al mismo tiempo, como miel con sal marina. Sonrió. *Qué rico*, pensó. *Qué rico saber que puedo hacer esto sola y no necesito a nadie más para sentirme viva*.

Se volvió a tumbar, esta vez boca abajo, con las piernas flexionadas, los talones juntos, los dedos de los pies apretados contra el colchón. Se llevó una mano al culo, primero alrededor, frotando suavemente, sin meterse, solo rozando. Se imaginó que alguien la estaba mamiando por detrás, que le hacía cosquillas con la lengua en la entrada, que le lamía suavemente, como si le estuviera derritiendo la piel. Se movió con los caderas, arriba y abajo, como una serpiente, y se metió un dedo en el ano, con cuidado, con aceite, con una lentitud que le hacía temblar. Se estiró el músculo, lo relajó, y se llevó el dedo a la boca otra vez. Se saboreó. Se mordió el pulgar.

El calor ya no era interno: era todo su cuerpo. Le sudaban las axilas, le palpitaba el clítoris como si fuera un corazón secundario, latiendo solo para él. Se volvió a sentar, esta vez a horcajadas sobre la cama, con el torso apoyado en las manos, el culo en el aire, las piernas separadas, los pies firmes. Se llevó la mano al clítoris, ya hinchado, ya insensible al tacto normal, y empezó a frotarlo con presión, con movimiento circular, con movimientos cortos y rápidos. Se mordió el puño, otra vez, para no gritar, pero esta vez no pudo contener el grito. Fue un sonido bajo, gutural, que salió de lo más hondo, como un gemido que había estado guardando durante semanas.

Y entonces llegó. No con un estallido, sino con una ola que la llevó consigo, que le sacudió los huesos, que le hizo arquear la espalda hasta el límite, que le obligó a cerrar los ojos y dejarse llevar. El cuerpo se le puso rígido, los dedos de los pies se curvaron, las caderas se elevaron solas, como si tuvieran voluntad propia, y el clítoris palpitó con fuerza, con una intensidad que le hizo ver destellos detrás de los párpados. Gritó, esta vez sin morder nada, un grito largo, agudo, que se perdió en el techo, en las paredes, en el silencio de la casa.

Se desplomó sobre el colchón, con las piernas aún abiertas, el pecho subiendo y bajando con rapidez, el corazón latiendo como si quisiera salirse del pecho. Se llevó la mano al clítoris, ya sensible, ya adormecido, y se pasó el dedo con suavidad, solo para prolongar el momento, solo para sentir que el placer no se iba tan rápido.

Se quedó allí, tumbada, con el vestido subido hasta la cintura, el culo al aire, los pechos sudados y brillantes, el aliento entrecortado. Se pasó la lengua por los labios. Se sonrió, sola, sin nadie que la mirara, sin nadie que la escuchara. Se levantó con calma, se puso las bragas otra vez, se lavó las manos, se miró al espejo del baño. Se miró a los ojos. Y dijo, en voz baja, con una sonrisa que le hizo temblar el labio inferior:

—¿Ves, perra? Todavía sabes mamar.

Se lavó la cara, se secó con la toalla, y se puso un camisón suelto, de algodón, que le llegaba hasta las muslos. Se sentó en la butaca del balcón, con el sol ya alto, con el aire que entraba fresco y con el recuerdo de su propio cuerpo, húmedo, satisfecho, vivo. Se encendió un cigarro, con calma, con ese gesto que solo saben hacer quienes han estado a punto de romperse y han vuelto a juntarse solas.

—Hasta la próxima, perra —dijo, exhalando el humo, mirando el cielo azul de Medellín, y sonriendo—. Hasta la próxima.

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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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