El libro que me enseñó a desvestir con los ojos
7 minEl libro que me enseñó a desvestir con los ojos
Nunca creí que un libro pudiera despertar algo más que ideas. Pero aquella tarde, entre los anaqueles polvorientos de la librería «El Rincón del Susurro», el polvo no era solo el que cubría las encuadernaciones viejas: era el que se alzaba en mi piel cuando ella cruzó el pasillo de los clásicos ingleses.
Me llamaba Lucía, aunque no supe su nombre hasta mucho después. Tenía el cabello oscuro, recogido con una pinza sencilla, y una nota de tinta en la muñeca, como si hubiera estado anotando versos poco antes. Llevaba una blusa de algodón beige, un poco holgada, que se abría en el cuello en un ángulo que hacía parecer que el mundo se inclinaba hacia allí. Yo, sentado en un banco bajo, con *Middlemarch* en las manos sin haber leído ni una página, la vi deslizarse como una sombra entre los estantes.
—¿Busca algo en particular? —preguntó, y su voz no era aguda ni grave, sino un tono que parecía haberse entrenado para ser escuchado en salas de lectura silenciosa.
—No —mentí—. Solo hojeo.
Sonrió, apenas, y tomó un volumen de *Poemas completos* de Emily Dickinson. Lo hojeó con lentitud, como si cada verso fuera una promesa que no quería romper. Yo no apartaba la vista de sus dedos: largos, con uñas cortas y naturales, la yema de los pulgares ligeramente callusada, como si escribiera mucho o tocara el piano. El libro estaba abierto al azar, en una página que decía: *Esperanza es la cosa con plumas — que se posa en el alma —*.
Me dio un impulso tonto: alargué la mano y toqué la esquina superior de la página, cerca de su pulgar. Ella no retiró la mano, pero se detuvo. Levantó la mirada, y sus ojos no fueron sorprendidos, sino expectantes, como si hubiera estado esperando que alguien hiciera eso.
—¿Le gustan los poemas de Dickinson? —pregunté.
—Me gustan los que se quedan en la página sin atreverse a salir.
—Y los que salen —dije—, ¿qué hacen?
—Se esconden en los espacios entre palabras. —Me tendió el libro—. ¿Quiere leer uno?
Leímos juntos. No en voz alta, pero sí en sincronía: nuestros labios apenas se movieron, apenas, y los versos iban formando una melodía interior, una conversación que solo nosotros escuchábamos. Cuando llegamos al final, el silencio que siguió no fue vacío, sino cargado, como el aire antes de que comience una tormenta.
—¿Vuelve a venir? —le pregunté, sin saber por qué lo decía, pero sintiendo que era la verdad.
—Si el libro lo permite —dijo, y cerró el volumen con un clic suave.
Así comenzó. Cada jueves, a las cuatro, ella estaba allí. A veces traía su propio cuaderno, con páginas amarillentas y títulos que no alcanzaba a leer. Otras veces solo iba a sentarse en el mismo banco, con un té frío que se enfriaba más rápido que el tiempo que pasábamos hablando. No hablábamos de nada importante: de la lluvia que empañaba las ventanas, del gato que dormía en el alféizar de la librería, de los colores del cielo a las cinco y media, cuando el sol se inclinaba hacia el oeste y daba con fuerza en el espejo de la pared del fondo.
Una tarde, llovía con una intensidad que parecía querer lavar el mundo. Las calles estaban vacías, y solo quedábamos ella y yo, junto al viejo estante de poesía francesa. Ella se quitó el abrigo, dejando una blusa fina, de seda gris, que se pegaba al cuerpo con la humedad del aire. Me ofreció su libro de cabecera: *Las flores del mal*, de Baudelaire. Lo abrí al azar y leí en voz baja:
—«Eres bella, y nada en ti se muda, / ni el cielo ni el infierno, ni la vida ni la muerte…»
Se le erizaron los brazos. No por frío. Por la palabra.
—¿Por qué lo lees así? —preguntó.
—Porque es la verdad —respondí—. Y tú eres verdad.
Se acercó, y esta vez no fue un gesto casual. Fue una decisión. Puso una mano en mi pecho, sobre la camisa, y me miró a los ojos. No hubo dudas. Solo una pregunta silenciosa que no necesitaba respuesta.
—¿Te importa si…? —empezó.
—Nunca —susurré.
Nos besamos allí mismo, entre los versos de Baudelaire y los olores del papel viejo. No fue apasionado al principio. Fue curioso. Fue una exploración lenta, como si cada pulso fuera una página que se volteaba con cuidado. Su boca era tibia, y tenía un sabor a té de jazmín y a algo más antiguo, como el cuero de los libros encuadernados a mano.
Me tomó de la mano y me guió hacia la sala trasera, donde había una silla de terciopelo rojo, casi olvidada, y una lámpara con pantalla de papel arroz que proyectaba sombras suaves. No dijimos nada mientras me quitaba la chaqueta. Ella se sentó primero, y yo me puse de rodillas frente a ella, como quien se arrodilla ante un altar.
Sus dedos se enredaron en el botón de mi pantalón. Lo desabrochó con lentitud, como si desatara un nudo que llevaba años esperando ser deshecho. Entonces, con una mano aún sobre mis pantalones, me tomó la mejilla y me besó de nuevo, pero esta vez con más hambre, más urgencia, como si finalmente hubiera encontrado la página que andaba buscando desde siempre.
Levanté la blusa de seda, y su piel se reveló poco a poco, como un cuadro que se descubre bajo una tela. Era cálida, suave, con una pequeña marca en el costado izquierdo, casi invisible, como un signo de puntuación que había quedado allí por error. Me miró mientras le besaba el ombligo, y luego subí con la lengua, lento, hasta su pecho. Sus pezones estaban hinchados, oscuros, y se erizaron cuando supe exactamente cuánta presión ejercer.
Se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos, y me dijo:
—Hazme sentir lo que yo siento cuando leo un verso que me roba el aliento.
Y así lo hice: con cada beso, con cada trazo de dedo, con el roce de mis labios en su cuello, en sus hombros, en la curva de su espalda. Le desabrochó el sujetador con una sola mano, sin mirar, como si lo hubiera hecho cien veces antes. Cuando por fin lo dejó caer, ella exhaló, como si se hubiera liberado de algo pesado.
Me puse de pie, me deslicé los pantalones y la ropa interior, y me senté frente a ella. Ella me tomó entre sus manos, con una ternura que no esperaba, como si me estuviera acariciando por primera vez, como si temiera que desapareciera. Me miró a los ojos mientras se inclinaba, y su boca encontró lo que buscaba sin dudar. Fue un suspiro lo que escapó de mí, profundo, como si el mundo se hubiera detenido para escucharlo.
Cuando me llevó consigo, fue con una lentitud que dolía y gustaba a la vez. Ella se movía con una gravedad antigua, como si cada impulso estuviera escrita en su sangre desde siempre. Yo la sostenía por las caderas, con las uñas apenas enterradas en su piel, y ella me besaba el cuello, el pecho, los párpados, como si quisiera guardarme dentro de sus labios.
No hubo prisa. Solo el ritmo, el calor, el sonido de nuestra respiración entrelazada. Cuando vino, lo hizo con un gemido que parecía un verso olvidado que por fin recuperaba su voz. Yo la seguí, con un suspiro que no fue mío, sino de la habitación entera, como si los libros mismos exhalaran su contenido.
Después, nos quedamos abrazados sobre la silla, envueltos en el silencio de la lluvia que seguía cayendo fuera. Ella apoyó su cabeza en mi hombro y me preguntó, casi en un hálito:
—¿Crees que los libros nos eligieron?
—No —dije—. Nosotros elegimos el momento de abrirlos.
Y en ese instante, entre las sombras y el perfume del papel, supe que aquel jueves, como todos los que vinieron después, sería el comienzo de una historia que no terminaría en la última página.
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