El Juego del Vaso Vacío

El Juego del Vaso Vacío

@valentina_ruiz ·8 de junio de 2026 · ★ 4.5 (24) · 51 lecturas · 9 min de lectura

La primera vez que lo vi en la cafetería de la esquina, pensaba que era solo otro cliente más: alto, pelo oscuro cortado al estilo militar, camisa blanca bien planchada, chaqueta negra colgada del respaldo de la silla como si estuviera esperando algo o a alguien. Pero no era eso. Me miró tres veces. La primera, cuando entré con mi mochila cargada de manuscritos y un cafecito humeante. La segunda, cuando me senté a la mesa de al lado y empezó a escribir en una libreta pequeña con tinta negra. La tercera… fue cuando me di cuenta de que no me estaba mirando *a mí*, sino a mis manos. A mis dedos, más que todo. A cómo los movía mientras daba un sorbo de café, cómo apretaba la taza con fuerza cuando el calor me quemaba un poco la punta de los dedos. A cómo los colgaba, flojos, sobre la mesa, como si fueran el único lugar del mundo que le interesaba observar.

Me llamó la atención. No por vanidad: por curiosidad. Porque hay miradas que no piden permiso, pero sí te dan opción de negarte. Y yo, en vez de bajar la vista, le devolví la mirada. No con desafío, sino con un silencio que decía: *¿Y qué?*

Se llamaba Santiago. Lo supe porque, al rato, dejó caer una servilleta con su número escrito a mano, doblada como si fuera un sobre. No me ofreció café, ni dijo nada. Solo se fue, dejando la mesa ordenada, la silla bien puesta, y esa servilleta sobre la mía.

Me llevé el café a casa y lo dejé frío.

Dos días después, me llamó.

—¿Valentina? —dijo. Su voz no era grave, ni aguda. Tenía un timbre que parecía una cuerda bien tensada: firme, pero no rígida. —¿Te acuerdas de mí? ¿O fue solo una fantasía mía ver tus manos?

Me hizo reír. En serio. No era una broma mala. Era una invitation abierta, sin presión, sin expectativas. Solo una pregunta, como si estuviera preguntando si había llovido ayer.

—Fue real —le dije.

—Entonces, ¿puedo llevarte a cenar?

—¿Solo cenar?

—Si quieres algo más, lo podemos hacer después. Pero no es obligatorio. Ni para ti, ni para mí.

Aquello me encantó. No porque me gustara la idea de “algo más”, sino porque me gustaba que alguien hablara así: claro, directo, sin rodeos ni humo de promesas vacías. Como si el deseo no fuera un drama, sino una conversación más.

Cenamos en un lugar pequeño, de luces tenues, con mesas separadas por cortinas de cuenta corriente. Pedimos arepas rellenas de queso y carne mechada, y vino tinto que no era barato, pero tampoco caro. Hablamos de todo: de libros que habíamos leído (él leía poesía rusa traducida), de películas viejas que nadie recuerda, de cómo el tráfico en Medellín se vuelve personal si uno no tiene paciencia.

—¿Por qué mis manos? —le pregunté cuando ya el vino me había calentado un poco las mejillas y el estómago se me relajó.

Me miró a los ojos, como si supiera que era una pregunta seria, y no un preludio al juego.

—Porque cuando una mujer se concentra, sus manos hablan. Y cuando una mujer está contenta… sus dedos se abren como flores.

—¿Y cuando no lo está?

—Se cierran. Como puños, o como nudos. Pero si uno sabe mirar, hasta el nudo tiene una historia.

Me acarició la mano, sin apretar, sin forzar. Solo una pasada suave, de muñeca a punta de los dedos, como si estuviera leyendo una línea invisible.

—¿Te importa si te toco así, de vez en cuando? —preguntó, sin mover la mano aún.

—Solo si me preguntas antes.

—¿Puedo tocarte así?

—Sí.

—¿Y si te miro?

—Tú me miras. Yo te dejo.

—¿Y si te pido algo?

—Depende. ¿Qué?

—Nada aún. Solo quiero saber que estás aquí, conmigo, y que me dejas saber que estás aquí.

Esa noche, no nos besamos. No se levantó a ponerse su chaqueta, ni me ofreció un taxi. Me acompañó hasta la puerta de mi casa, en El Poblado, y se quedó ahí, de pie, con las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando una señal.

—¿Mañana te veo? —preguntó.

—Depende. ¿Vas a tocar mis manos otra vez?

—Solo si me lo permites.

Me acerqué, le besé la mejilla, y le dije al oído:

—Ven mañana a las 6. Trae la libreta.

—¿Y si no quiero?

—Entonces no vendrás.

—¿Y si no me dejas tocarte?

—Entonces no tocarás.

—¿Y si te pido que me dejes?

—Eso ya es otra pregunta.

Se fue caminando, sin darse vuelta. Y yo, desde la ventana, lo vi alejarse, como si fuera el único hombre en la ciudad que sabía exactamente hacia dónde iba.

***

El día siguiente llegó como un suspiro. Lo esperé en la cocina, con un cafecito bien cargado y la libreta abierta sobre la mesa. Cuando sonó el timbre, nocorrí. Sabía quién era. Y cuando abrí, él estaba ahí, con la chaqueta puesta, el pelo un poco despeinado, y una sonrisa pequeña, casi imperceptible.

—¿Me permites entrar? —preguntó.

—Sí. Pero no toques nada sin permiso.

—¿Ni siquiera la libreta?

—Esa sí. Esa es mía.

Me tendió la mano. Le di la libreta. Él la tomó, la abrió, y empezó a escribir. No me miraba. No me hablaba. Solo escribía, y yo lo observaba, sentada en el sofá, con los pies descalzos, las piernas cruzadas, el pelo suelto, la camiseta de algodón que se me subía un poco cuando me inclinaba.

Al rato, dejó la pluma.

—¿Quieres saber qué escribí?

—No. Yo prefiero que me lo muestres.

—¿Y si te lo leo?

—Depende. ¿Es bonito?

—Es una historia de una mujer que se deja tocar con los ojos cerrados. Pero en vez de temerlo, lo disfruta. Porque sabe que, mientras más se entrega, más control tiene.

Me miró, entonces. No con deseo, sino con respeto. Como si me estuviera descubriendo por primera vez, aunque ya lo habíamos hecho.

—¿Te parece bien si te toco ahora?

—Sí. Pero primero, levántate.

Se paró. Yo también. Me acerqué, le desabroché la chaqueta, despacio, como si cada botón fuera una promesa. Le quitó la camisa, y luego, sin prisa, los zapatos. Él se sentó en la silla del comedor, con las manos sobre las rodillas, como si estuviera en una entrevista. Yo me puse de pie frente a él, y le dije:

—¿Te acuerdas de lo que dije ayer?

—¿Qué?

—Que cuando una mujer está contenta, sus dedos se abren como flores.

—Sí.

—Pues hoy, voy a hacer algo más.

Le tomé la mano, y la puse sobre mi muslo.

—¿Te gustan mis piernas?

—Me encantan.

—¿Y si te pido que no las muevas?

—No me moveré.

—¿Y si te pido que me mires?

—Te miro.

—¿Y si te pido que me dejes ser quien manda?

—Entonces te dejaré.

—¿Y si te pido que me dejes mamar?

—¿Aquí? —preguntó, con una sonrisa.

—Sí. Aquí. En la cocina. Con la puerta cerrada. Con el cafecito frío encima de la mesa. Y con tus manos sobre tus rodillas.

No dudó. No hizo preguntas. Solo asintió, y me tomó de la cintura.

Yo me senté en la encimera, con las piernas abiertas, la falda subida hasta la mitad del muslo. Él se arrodilló, como si fuera lo más natural del mundo. Y yo, sin perder el ritmo, le puse la mano en la nuca, y le dije:

—No te prives. Que yo quiero sentirte.

Y así fue. Sentí su boca, caliente, húmeda, con ese sabor a sal y a vida que solo se siente cuando alguien te quiere de verdad. Me mordí el labio para no gritar, pero él me lo suavizó con la lengua, y me susurró:

—Estás hermosa. Estás tan rica que me hace bien hasta respirarte.

No le pedí que se callara. No le dije que me soltara. Solo le dejé seguir, con lentitud, con cuidado, como si cada beso fuera una nota de una canción que solo nosotros escuchábamos.

Cuando sentí que se acercaba, me incliné, le tomé la cara con ambas manos, y le dije:

—No te vayas. Quiero sentirte dentro.

Me levantó, como si no pesara nada, y me llevó a la habitación. Me acostó, despacio, y se quitó los pantalones. Y allí estaba, pene grande, firme, con la punta húmeda y oscura, como si llevase horas pensando en mí.

—¿Te gusto así? —preguntó.

—Sí. Me encantas.

—¿Y si te pido que me lo mames?

—Ya lo hiciste.

—Sí. Pero ahora quiero que lo hagas *por mí*.

Me senté, lentamente, con las piernas a los lados, y lo tomé con la mano. Lo acaricié desde la base hasta la punta, mientras lo miraba a los ojos. Él respiró hondo, y me dijo:

—Más despacio.

Lo hice. Lo dejé entrar en mí, poco a poco, como si cada centímetro fuera una promesa. Y cuando estuvo todo, cuando sentí que me llenaba por completo, me incliné hacia adelante, y le besé los labios.

—¿Te gusta que te mire?

—Sí.

—¿Y si te pido que me digas lo que sientes?

—Siento que eres mía.

—¿Y si te pido que lo repitas?

—Eres mía.

—¿Y si te pido que me lo demuestres?

—Estoy demostrándolo.

Y así fue. Me tomó las caderas, y empezó a moverse, con ritmo, con fuerza, pero sin prisa. Y yo, con las uñas clavadas en sus hombros, le dije:

—Más fuerte.

—¿Estás segura?

—Sí. Pero no te olvides: yo te dejo. No te pido permiso. Solo te lo pido.

—Gracias.

—No me las digas. Demuéstrame.

Y lo hizo. Me tomó por los pechos, los apretó suaves, y me mordió el cuello, con cuidado, como si fuera el único lugar del mundo que le interesaba.

Cuando sentí que se acercaba, me agarró la cara, y me dijo:

—No te muevas. Déjame entrar.

Y lo hizo. Me llenó, y luego se detuvo. Me miró a los ojos, y me dijo:

—Estoy cerca. ¿Quieres que me venga dentro?

—Sí. Que te vengas dentro.

—¿Y si te pido que lo guardes para mí?

—Lo guardaré.

Y se vino, con un grito ahogado, con las uñas clavadas en mi espalda, y yo lo sentí todo: el calor, la humedad, la fuerza. Y luego, se derritió sobre mí, con la cabeza entre mis hombros, respirando como si acabara de correr una maratón.

—¿Te gustó? —le pregunté.

—Sí. Pero no tanto como a ti.

—A mí me gustó más verte venir.

—¿Y si te pido que lo hagamos otra vez?

—Depende. ¿Vas a tocar mis manos otra vez?

Se rió, y me besó la frente.

—Sí. Siempre.

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@valentina_ruiz

Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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