El Juego del Vaso Vacío
La casa de los Sosa quedaba en Belgrano R, con patio trasero amurallado, una pileta pequeña y un toldo de lona gris que vibraba con el viento del este. Mariana y Daniel habían llegado justo a las 21:15, con dos botellas de Malbec en mano y una sonrisa que no lograban contener del todo. Ya conocían a los otros: Lucía y Matías, amigos de la facultad, pero con una historia distinta ahora: Lucía trabajaba de diseñadora gráfica y Matías, de técnico en sistemas, pero los últimos meses habían tejido una rutina distinta, jugando con los límites que ambos habían acordado —suaves, reales, reversibles.
—¡Bienvenidos! —saludó Lucía desde la puerta, vestida con un vestido negro sin mangas, el pelo recogido en un moño deshecho, una gota de sudor en la sien. En su mano izquierda, un vaso de plástico vacío.
—¿Ese es el vaso? —preguntó Mariana, entre risas, tomando el suyo de la mesita del hall.
—Sí —dijo Matías, acercándose con una botella de agua tónica—. La regla número uno: el vaso vacío. Si lo tenés en la mano y se termina el contenido, lo ponés en el centro de la mesa. Ya no podés tomar más. Pero si lo dejás ahí, alguien más puede agarrarlo y… bueno, ya sabés qué significa.
Daniel se rió, jugueteando con la etiqueta de su botella.
—Entonces, si yo lo dejo vacío, ¿alguien me lo llena de nuevo?
—No —respondió Lucía, acercándose y rozando su antebrazo con la uña—. El vaso vacío es una invitación. Si lo dejás ahí, alguien puede agarrarlo y ofrecerte una bebida distinta. Pero no es obligatorio. Es un juego. Si no te gusta, lo ponés de lado.
—¿Y qué pasa si alguien lo agarra? —preguntó Mariana, con la ceja alzada.
—Depende —dijo Matías, con una sonrisa que le brillaba en los ojos—. Puede ser una copa de vino otra vez… o una limonada con ron. O puede ser que alguien te invite a ir al baño y cerrar la puerta. O que alguien te invite a la habitación de invitados. El vaso es solo el comienzo. Lo que sigue es consenso, siempre.
Mariana y Daniel se miraron. Ese era el punto. No se trataba de seducción forzada, sino de un lenguaje compartido: una mirada larga, una sonrisa contenida, una mano que se posaba en la espalda baja con cuidado.
Lucía se sentó en el sofá y pidió a Matías que le sirviera otro vaso. No lo terminó de una —lo dejó a medio beber— y lo dejó sobre la mesa baja, junto a una servilleta doblada. Daniel lo vio, y por un segundo, el aire se volvió más denso. No porque algo hubiera sucedido, sino porque ahora todos sabían que algo *podía* suceder.
—¿Querés que te sirva otro? —le preguntó Matías, acercándose a Mariana.
Ella asintió, y él se inclinó, con el cuerpo casi pegado al suyo, pero sin tocar. Sólo su aliento en el cuello, un perfume a bergamota y sal.
—¿Agua tónica? —susurró.
—Sí —respondió ella, con voz baja—. Pero sin hielo. Y… ¿me podés servir en el vaso de Lucía?
Matías se rió suavemente.
—¿Querés que use el vaso vacío?
—Sí. Quiero ver si vos lo agarrás.
Él lo hizo. Tomó el vaso de Lucía con la punta de los dedos, como si fuera una ofrenda. Y lo dejó en la mesa, frente a Mariana. Pero en vez de llenarlo, lo dejó vacío otra vez.
—¿Y ahora? —preguntó Mariana, mirándolo.
—Ahora —dijo él, acercándose otra vez—, si vos lo agarrás, yo te ofrezco una copa… pero de otra cosa.
—¿De qué?
—De lo que vos quieras.
Mariana sonrió, se paró, y tomó el vaso. Lo sostuvo un momento, con los ojos en los de él. Y luego, lentamente, lo pasó a su mano derecha y lo dejó en la mesa de la cocina.
—Está bien —dijo—. Lo dejo ahí.
Daniel, que había estado observando todo desde el sofá, se paró. Caminó hasta la cocina, tomó el vaso vacío y lo miró.
—¿Me lo dejás? —preguntó Mariana.
—Sí —respondió él—. Pero avisá si lo querés de nuevo.
—Lo voy a querer —dijo ella—. Pero no ahora.
Daniel sonrió, se acercó a ella y le acarició el brazo con la palma abierta.
—Entonces, ¿qué querés ahora?
—Quiero saber si vos también lo dejás vacío, o si lo usás para algo más.
—Yo —dijo Daniel, mirando a Matías—, prefiero que me sirvan algo… cuando me lo ofrezcan.
Lucía, que estaba parada junto a la pileta, se giró.
—¿Alguien quiere una limonada? —preguntó—. Con ron.
—Sí —dijeron Mariana y Daniel al mismo tiempo.
Lucía les sirvió en vasos pequeños, con hielo y una rama de tomillo. Se los entregó uno por uno, con la mano que tenía el pulgar y el índice juntos, como formando un anillo invisible.
—El vaso vacío no es una orden —dijo—. Es una invitación. Pero si alguien lo agarra, tiene que aceptar lo que le ofrecen. Sin preguntas. Sólo con confianza.
Mariana tomó su vaso, lo probó. Agrio, dulce, amargo, fresco.
—Está bueno —dijo—. Pero yo quiero algo más fuerte.
—Entonces pedilo —dijo Matías—. Pero usá el vaso.
Ella se paró, caminó hasta la cocina, tomó el vaso vacío que había dejado Daniel y lo sostuvo frente a él.
—¿Me lo dejás llenar? —preguntó.
—Sí —respondió él—. Pero tenés que decírmele a quién.
—A vos —dijo Mariana—. A vos, Matías.
Él asintió, se acercó, y esta vez no la miró a los ojos. Miró su cuello, su pecho, la curva de sus hombros. Luego, con suavidad, le tomó la mano que sostuvo el vaso y se lo pasó.
—Vos lo pediste —dijo—. Yo lo ofrezco.
Y entonces, sin más palabras, lo que sucedió fue simple: él se inclinó, la besó en el cuello, y mientras lo hacía, Daniel se acercó por detrás y le pasó las manos por la cintura, con los pulgares rozando la tela del vestido. Lucía observaba todo, sentada en el sofá, con una sonrisa contenida y un vaso medio lleno en la mano.
Pero nadie se precipitó. Nadie se apresuró. Todo seguía siendo un juego. Y los juegos, en esa casa, eran como el vaso: vacíos hasta que alguien decidía llenarlos.
Cuando Mariana se separó de Matías, sus labios estaban rojos, sus ojos brillaban. Tomó el vaso de nuevo, lo llevó a la boca y lo vació de un trago. Lo dejó en la mesa.
—¿Lo volvés a agarrar? —preguntó Matías.
—No —respondió ella—. Ahora lo agarrá Daniel.
Él lo tomó, lo miró, y luego lo puso frente a Lucía.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Lo usás o lo dejás?
Lucía lo miró. Luego se paró, se acercó a él y le susurró al oído:
—Lo dejo. Pero vos tenés que venir conmigo.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Y Mariana y Daniel?
—Ellos van a seguir acá —dijo Lucía—. Porque ellos también lo dijeron.
Y así fue. Matías y Lucía se fueron al cuarto de invitados, cerrando la puerta suavemente. Mariana y Daniel se quedaron en el sofá, con las manos entrelazadas, mirando el vacío que dejó el vaso en la mesa.
—¿Lo volvés a agarrar? —preguntó Mariana.
—No —respondió Daniel—. Pero quiero saber si vos lo querés.
—Sí —dijo ella—. Pero no de vino.
—¿De qué, entonces?
—De lo que vos querés ofrecerme.
Y entonces, entre risas y miradas largas, Daniel se acercó y le acarició el rostro con la palma de la mano.
—Te ofrezco —dijo—. Una copa de chocolate caliente. Y una manta. Y una noche entera.
Ella sonrió, se levantó y lo tomó de la mano.
—Vamos, pija —dijo—. Vamos a ver si tenés chocolate suficiente.
Y así, sin más palabras, se fueron al cuarto de atrás, dejando el vaso vacío en la mesa, como una promesa que aún no se había cumplido, pero que todos
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